jueves 15 de octubre de 2009

Capítulo 13

Hacía frío. A pesar de ser pleno verano hacía frío. Aún no había amanecido, pero el horizonte comenzaba a colorearse de rosa pálido y el sol no tardaría en hacer acto de presencia. Me pregunté si no sería mejor que el mundo quedase en la penumbra, para no ver en lo que se había convertido. Sacudí la cabeza para librarme de aquellos pensamientos pesimistas y me acerqué al capó del coche, donde el motor aún caliente me ofreció un poco de consuelo. Gema se movió nerviosa junto a mi observando la gasolinera abandonada con los prismáticos. El paisaje era desolador. Había muchos vehículos abandonados y desde donde estábamos podía ver las manchas de sangre y los restos de cadáveres sin necesidad de las lentes. Agradecí que la brisa soplara en dirección contraria para no tener que oler aquello.

-Ni un alma.

-Que no los veamos no significa que no estén ahí.-respondí. Yo ya había pagado mi ingenuidad con un mordisco en el hombro, así que sabía bien de qué hablaba.

-Tenemos dos opciones, jugárnosla aquí en la gasolinera, o tratar de continuar hasta otra... que no sabemos si estará igual o peor. Sea como sea tenemos que repostar. No llegaremos a Azuqueca con la gasolina que nos queda. -Su expresión era sombría. El cansancio, mas el mental que el físico, comenzaba a mostrarse en su rostro. La miré por un instante, apenas una cría, delgada y espigada. El uniforme comenzaba a quedarle grande y holgado. Puse una mano en su hombro.

-Vamos a conseguirlo. Llegaremos hasta Azuqueca, recogeremos a Helena y...

-¿Y luego qué? ¿Y si ya no está allí? ¿Y si no está viva? - me interrumpió enfadada. Bajé la cabeza y suspiré. - ¿No  has pensado en el plan mas allá de encontrar a Helena?

-¡No, maldita sea! -grité- He pensado únicamente en permanecer vivo, en recoger a todos los supervivientes que pueda y mantenerlos vivos y a salvo. Ese es mi plan maestro... ¿Te sirve? - escupí la última pregunta con lágrimas en los ojos. La expresión de Gema se dulcificó un instante.

-Me vale, José, me vale... perdona... - nos abrazamos en silencio un momento y Gema se derrumbó y lloró amargamente durante un rato. Yo la abracé y la susurré para calmarla. Allí en aquella carretera perdida rodeados de coches abandonados éramos dos náufragos en una tempestad de muerte tratando de aferrarnos a lo único que nos daba un poco de esperanza, la presencia de otro ser humano. Cuando se tranquilizó se separó de mí con un pequeño empujón, destinado sin duda a recomponer su pose de chica dura, y se enjugó las lágrimas. - ¿Vamos a por esa gasolina o qué?

-Vamos... pero hay un problema.

-¿Cual?- preguntó mientras ajustaba las correas del fusil y comprobaba la munición.

-Las bombas de los surtidores son eléctricas, así que no funcionarán. Los tanques suelen estar cerrados con llave y tener bastante profundidad. No creo que podamos forzar la cerradura y sin una bomba, sacar gasolina de ellos sería demasiado complicado...

-¿Entonces? ¿Es imposible repostar aquí?... -preguntó con desesperación en la voz.

-No he dicho eso. -Señalé un gran camión cisterna atravesado en la salida de la gasolinera. - Los depósitos de esos bichos son muy grandes. Si el conductor no murió con el motor en marcha debería quedarle algo de combustible.

-Tal vez podríamos probar con varios coches...

-Si, pero cuanto mas tiempo estemos allí mas probabilidad hay de que aparezca una de esas cosas y de que resultemos heridos. Tiene que ser una operación rápida...

-Veo que empiezas a pensar con la cabeza...-se rió. -Vale, yo miraré en el camión y...

-No... iré yo. -Gema pareció sorprenderse de que yo tomara la iniciativa. De alguna manera yo también. Carraspeé para aclararme la garganta.- Hay varias razones...

-Te escucho, Rambo.

-Gema... yo puedo cargar mejor con la garrafa de combustible...

-Eso lo dudo...

-No es momento de discutirlo... que carajo... yo soy inmune y tú no. Punto.-Su expresión cambió de repente.

-Pero pueden herirte igual... -protestó.

-Por eso tú me cubrirás desde el coche. Confío en ti.

Me miró con ojos de perrito. Sabía que ella buscaba un argumento con el que rebatirme y yo ya tenía varios en la cabeza. No la dí tiempo a encontrarlos y abrí con rapidez la caja de herramientas del coche. Cogí una cizalla, un par de destornilladores grandes, una garrafa de agua vacía que había tras el asiento y una navaja. También encontré un trozo de tubo de goma elástico. Soplé a través para comprobar que no estuviera obstruido y pensé que serviría para sacar la gasolina.Cuando me giré Gema me dio una pistola.

-Llévate esto.

-No tengo buena puntería...-suspiré resignado.

-No admito una negativa. O la coges, o no vas a ninguna parte. -Su voz volvía a ser firme. De nuevo era el soldado, y no la mujer, quien hablaba. Cogí la pistola y la afiancé en la parte de atrás del pantalón. Me giré para despedirme.- Ten cuidado...

-Lo tendré... -respiré hondo y me dirigí a paso rápido hacia el camión.

Rodeé todos los coches a suficiente distancia, tratando de no pasar cerca de ninguna esquina o hueco oscuro donde pudiera acecharme el peligro. Cuando llegué al camión miré en todas direcciones antes de buscar la tapa del depósito. El olor era nauseabundo y me dieron arcadas. Si hubiera tenido algo en el estómago lo hubiera vomitado. Conseguí reponerme y me abalancé sobre la tapa del depósito del camión. Me costó casi un minuto de intensa lucha forzarla con el destornillador. Cuando lo conseguí metí el tubo de goma tan profundo como pude y aspiré con ganas. El sabor a la gasolina me inundó la boca y las fosas nasales de pronto. Escupí el líquido tosiendo asqueado y rápidamente puse la garrafa en el extremo del tubo. Mientras se llenaba observé algo por el rabillo del ojo y noté como se me erizaba el vello de los brazos. Mis oídos captaron en ya familiar sonido de unos pies arrastrándose. Desde detrás de un coche apareció uno de aquellos cadáveres, vestido con un mono azul ensangrentado. Le faltaba parte del maxilar y tenía abrasiones y heridas por todas partes. Pensé en Gema y esperé escuchar un disparo y ver a la cosa caer.

Pero no sucedió. Aquel instante se me hizo agónico, giré la cabeza tratando de averiguar por qué Gema no había disparado ya al zombie y me dí cuenta de que varios coches bloqueaban la línea de tiro. Desde mi posición no podía ver el todo terreno ni a Gema. Por supuesto, ella tampoco podía ver a aquel ser que se acercaba con los brazos extendidos hacia mí dispuesto a acabar con mi vida. No tuve demasiado tiempo para pensar. Esta vez no iba a echarme atrás, no podíamos permitírnoslo. Sujeté las cizallas con ambas manos y con un rápido impulso golpeé en la cabeza de aquel desgraciado con todas mis fuerzas. Sonó un crujido y se desplomó como una muñeca de trapo en el suelo. Me enjugué el sudor y me giré rápidamente para recoger la garrafa. Al hacerlo me encontré de frente con otra de aquellas cosas. Una mujer mayor cubierta de sangre coagulada y casi completamente desnuda. La impresión me hizo dar un respingo y retroceder. Estuve a punto de caer al suelo enredado en el cuerpo del otro. Mantuve el equilibrio a duras penas mientras manoteaba para librarme de las manos huesudas del muerto viviente. Levanté la cizalla con la izquierda tratando de golpearla con fuerza en la sien cuando sonó un disparo y la cabeza de aquel ser reventó como un melón arrojado al suelo. Cayó de rodillas y después al suelo junto a mi. Un icor negro denso y maloliente brotaba a borbotones de aquella cabeza literalmente reventada.

No me paré a pensarlo dos veces, cogí la garrafa y corrí de vuelta a toda prisa hacia el todo terreno tratando de hacerlo por una zona donde Gema pudiera verme. La localicé subida de pie sobre el techo del coche, desde allí había disparado. Me hizo gestos para que me apresurara y por el terror que pude ver en su rostro supe que varios de aquellos seres iban tras de mi. Llegué junto al coche y lancé la cizalla, la garrafa y las herramientas a la parte de atrás del coche. Gema hizo dos disparos más que restallaron en aquel páramo. Saltó al capó, de ahí hábilmente al suelo y se metió en el asiento del copiloto justo cuando yo arrancaba el motor y metía la primera marcha.

El motor rugió y pisando fuerte el acelerador esquivé la horda de muertos vivientes que se habían congregado junto a nosotros. Habría casi una veintena de ellos, con la ropa hecha jirones y cubiertos de heridas y sangre. Habían aparecido casi de la nada, ocultos tras los coches, o junto al edificio principal de la gasolinera. Si hubiera tardado un poco mas en conseguir la gasolina no habría podido regresar al coche. 

-Pararé dentro de un par de kilómetros y repostaremos... -Ella asintió mientras veíamos por el retrovisor hacerse pequeña en la distancia la multitud. -Hemos tenido mucha suerte...


-¿Por qué no has usado la pistola?

-Tenía las cizallas en la mano, no se... no se me ha ocurrido. No estoy acostumbrado a ir armado.

-Lo has hecho muy bien.- Se acercó y me besó la mejilla, o mas bien besó la barba espesa que ya cubría mi rostro. Yo sonreí un poco y seguí conduciendo. Un poco a mas adelante un desvío nos sacaba de aquella carretera y nos indiciaba la autopista.

-No salgas a la autopista, no es buena idea. Las autopistas están colapsadas. - Dijo mientras reponía munición en el cargador del fusil. - Lo escuché en los últimos partes de noticias. Tendremos que dar un rodeo y seguir por carreteras secundarias.

-Y tener un poco mas de suerte para que no estén cortadas...

miércoles 4 de marzo de 2009

Capítulo 12

-Jaque…- la voz de Gema pareció despertarme un poco.

El calor era sofocante y me había quedado un poco amodorrado. El ajedrez estaba sobre la cama pero hacía rato que yo no le prestaba atención a la partida. Mi mente divagaba sobre el tiempo. 6 días. Llevaba allí 6 días, encerrado en aquella habitación de la que sólo salía para mi hora de ejercicio diario en un patio interior y las pruebas médicas, analíticas y entrevistas de la mañana. Gema pasaba allí varias horas conmigo, compartiendo de algún modo mi cautiverio. El ajedrez, las cartas y un viejo Monopoly (que Gema había cogido “prestados” de la sala de oficiales) eran nuestro principal pasatiempo. Aislados en nuestro pequeño mundo habíamos formado un extraño vínculo, podríamos llamarlo amistad, en el que los silencios hacía tiempo que habían dejado de ser incómodos. Había un pacto tácito entre nosotros, yo no hacía preguntas sobre temas comprometidos y ella me daba la información que podía. Aquello era mejor que nada. Gracias a ella conocía el estado del campamento Azuqueca, donde se encontraba Helena. Aunque desde luego la información no era mucha…

Observé a Gema mientras colocaba un mechón del negro cabello tras la oreja en un gesto que me resultó curiosamente familiar. Aquel recuerdo inesperado de Helena me hizo sonreír. No se parecían físicamente, pero algunos gestos me traían recuerdos que trataba de mantener bajo la superficie, para poder mantener mi cordura. Ella pareció darse cuenta y se sonrojó un poco.

-Vamos, mueve de una vez y deja de mirarme.-murmuró mientras me daba un puñetazo cariñoso en el hombro.

-Odio el ajedrez. Mi padre me obligaba a jugar cuando era pequeño. A él le encantaba, pero yo lo odiaba.

-Dices eso porque vas perdiendo...-se levantó y se estiró. - De todas formas tengo que irme.

-Vale, yo creo que me quedaré un rato mas.- contesté con ironía.

Recogió el cinto con el equipo y se lo puso. Se giró y me guiñó un ojo.

-Trata de descansar, lo de mañana va a ser duro.

Odiaba los ciclos de pruebas. Analítica, examen corporal, electrocardiograma, escáner… Me habían pinchado, cortado, auscultado, radiografiado, escaneado y realizado tandas de pruebas cuyos nombres desconocía y que me dejaban agotado, mareado y dolorido. Ella estaba siempre allí, para ofrecerme la mano cuando me encontraba peor. Era la única que se comportaba de manera humana conmigo. La única que me trataba como una persona y no como un conejillo de indias.

La puerta se cerró tras ella y escuché como daba novedades a los guardias de fuera. Acerca de mi estado de ánimo y de salud externa. El ritual habitual de cada tarde. Sus pasos se alejaron en la distancia y me quedé solo en aquella habitación de hospital, aquella celda en medio de la nada, sumido en mis propios pensamientos.

Gracias a los informes de Gema sabía que nos encontrábamos en un antiguo hospital militar en alguna parte de la Sierra de Guadarrama. Una zona relativamente segura. Aquellas cosas eran lentas y torpes y les costaba alcanzar las cotas elevadas. Las instalaciones y pueblos de montaña se habían convertido de golpe en los principales refugios de una población diezmada y sin apenas recursos. En tan sólo una semana habíamos retrocedido casi hasta el medievo. Nuestra extrema dependencia de las nuevas tecnologías y los combustibles fósiles nos había dejado prácticamente derrotados al interrumpirse los suministros de petróleo y de corriente eléctrica. Sin embargo, aquellas poblaciones no podían asumir la enorme cantidad de refugiados que escapaban de las ciudades. Sin alimentos ni medicinas, en algunos campamentos habían estallado disturbios y otros habían desaparecido tras aparecer infectados en el interior. El gobierno se había trasladado fuera de la península, a las islas, donde era mucho más fácil contener a esas cosas. El ejército de había retirado a proteger los campamentos y puntos seguros, dejando atrás a cientos de miles de ciudadanos a su suerte. Los afortunados que habían podido escapar de las ciudades se enfrentaban ahora al hambre, la enfermedad y a los salteadores. El hombre seguía siendo a pesar de todo, un lobo para el hombre. Y sobre todo… se enfrentaban a los zombies.

Mis pensamientos volaron de nuevo hacia Helena. No sabía nada específico de ella sólo que su campamento seguía a flote en medio de aquella marea de muerte y caos. Disponían de pocos recursos y cada vez estaban más aislados. Era sólo una cuestión de tiempo que aquel campamento corriera la suerte de los otros. Traté de apartar esos oscuros pensamientos de mi cabeza. Me sequé el sudor una vez más y cambié el ajedrez a la mesita junto a la cama. Con un chisporroteo las luces parpadearon y se apagaron. Desde hacía un par de días funcionábamos con los generadores, por lo que el suministro de luz estaba limitado a determinadas horas del día y todos los sistemas auxiliares, como el aire acondicionado, habían sido desconectados.

Una vez se apagaban las luces había poco que hacer en aquella habitación salvo dormir y pensar. Y pensar, en aquellas circunstancias, no era bueno. Me sentía enjaulado y furioso por estar encerrado sin poder ayudar a Helena. No sabía nada de mis hermanos, ni de mis padres ni de ningún amigo. ¿Estarían todos muertos? ¿Serían ahora una de esas cosas? En mi mente planeaba cada día una fuga de aquel lugar, pero fallaban demasiadas cosas, había demasiados interrogantes en mi plan. Estaba harto de las pruebas, odiaba los pinchazos, las baterías de las mismas preguntas día tras día. Golpeé la pared, furioso. Tenía que salir de allí...

Un sonido estridente me despertó unas horas mas tarde. Había conseguido dormirme hacía apenas hacía unos minutos, de puro aburrimiento. Tardé unos segundos en orientarme y en confirmar que aquel sonido era una sirena de alerta. Los altavoces chisporrotearon y se escuchó la voz del coronel Bejarano.

- A todo el personal, se ha producido una brecha de seguridad en el bloque “D”. Repito, se ha producido una brecha de seguridad en el bloque “D”. Desde este momento estamos en alerta naranja, todo el personal debe presentarse en sus puestos y prepararse para los protocolos de contención. Esto no es simulacro.

Me acerqué a la puerta y grité con todas mis fuerzas.

-¡¿Eh?! ¿Qué está pasando? – No hubo respuesta. Pegué la oreja a la puerta y escuché ruido de pasos a la carrera. Grité de nuevo pero nadie respondió. Me quedé allí clavado, tenso. Brecha de seguridad... eso sólo podía significar una cosa. Aquellas cosas estaban dentro del edificio. ¿Cómo habían entrado? Me sorprendí por no haber llegado antes a la única conclusión lógica. Si estaban ensayando una vacuna, debían de tener gente infectada para probarla, posiblemente en el bloque “D”. Traté de hacer memoria de mis paseos al patio pero no recordé indicación ninguna en los pasillos de la posible localización de esa zona. Me pareció escuchar disparos y me agazapé tratando de contener la respiración. Los disparos se escucharon entonces con claridad. El tableteo de los fusiles de asalto y los gritos sonaron amortiguados en la distancia. Aporreé la puerta con impotencia. El suelo tembló con una explosión y las luces de emergencia se encendieron. El aullido de la sirena de impuso al sonido de la batalla que se libraba en los pasillos. El altavoz volvió a cobrar vida.

- A todo el personal, les habla el coronel Bejarano...- se hizo una pausa tensa interrumpida por las detonaciones de las armas retumbando en los pasillos. – Diríjanse a la zona de evacuación, todo el personal debe evacuar el campamento inmediatamente... Que Dios nos ayude...

Traté de abrir la puerta varias veces, cargué contra ella con el hombro, pero la puerta no cedió ni un milímetro. Salté varias veces contra ella, la pateé, insulté y maldije de varias formas. Pero no cedió. No se cuanto tiempo pasé allí, gritando hasta que me despellejé la garganta y la boca me supo a sangre. Aporreando la puerta hasta que me desollé los nudillos. Agotado caí al suelo sollozando. ¿Iba a acabar todo así? No podían abandonarme allí a mi suerte, no podían... Pero para ellos yo era solo un sujeto de experimento, no muy diferente de aquellas cosas que habían escapado del bloque “D”. Me aparté de la puerta y me senté en el suelo con la espalda contra la pared. Enterré el rostro entre las manos y perdí la noción del tiempo. A lo lejos los disparos se apagaron y el edificio quedó en silencio.

El cerrojo de la puerta chasqueó al abrirse. Me levanté de un salto sin poder asimilar que pasaba exactamente, busqué por instinto algo con lo que de defenderme y agarré por las patas la mesilla que había junto la cama. En la oscuridad, la puerta se abrió poco a poco y una silueta se recortó en el umbral. De pronto la luz de una linterna me deslumbró y alcé una mano para protegerme.

-Si me golpeas con eso dejaremos de ser amigos.- Aunque reconocí la voz no podía creerlo.

-¿Gema?- Pregunté sorprendido.- ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te has ido?

Ella dudó un poco antes de contestar. Entró en la habitación y dejó un fusil de asalto sobre la cama. Descolgó otro que llevaba al hombro y lo cargó con un sonido sordo.

-No podía dejarte aquí... – escupió las palabras como si le costara decirlas. Me acerqué a ella y la abracé. No duro mucho, se separó de mí de un empujón. – En otro momento. No tenemos tiempo. Vístete y coge tus cosas.

Asentí y me puse manos a la obra. Cogí el petate del armario y eché dentro mis cosas, una botella de agua y los analgésicos que me habían dado para el dolor de cabeza. Mientras yo me calzaba ella vigilaba con preocupación el pasillo.

-Date prisa, no tardarán en llegar.

Terminé de calzarme y me coloqué el petate cruzado a la espalda. Ella me miró y me pasó el fusil que había sobre la cama. Me sorprendió lo pesado que era y me pregunté que aspecto tendría vestido de soldado y con aquel fusil. Me ajusté la correa y quité el seguro.

-Trata de no dispararme a mí. – Bromeó para rebajar la tensión.

-Estoy listo. – Asentí y respiré profundamente para despejarme. Noté el olor dulzón y almizclado de la podredumbre en el aire. – Ya llegan...

-Vamos al parking, trataremos de conseguir un coche... tú conduces…

-Eh... no tengo carné... –la interrumpí.

-¿Qué? ¡Pero si tienes 30 años! – exclamó.

-Me examinaba esta semana... antes no me había hecho falta... –me disculpé mientras salía de la habitación.

-Si te examinabas esta semana ya sabes conducir, no creo que aparezca la guardia civil a pedirte el carné. –dijo mientras echábamos a andar.

-Visto así... –Me indicó un pasillo y avanzamos por él con rapidez dejando atrás la zona de laboratorios que conocía.

Escuchamos mas adelante un gemido y pies que se arrastraban en el frío suelo. Nos detuvimos y nos preparamos para disparar. De la oscuridad del corredor surgieron varias siluetas tambaleándose. No los vimos con claridad en aquella penumbra hasta que estuvieron muy cerca. Eran tres hombres y una mujer. Uno de ellos era un soldado al que le faltaba un brazo, el resto iban desnudos y a uno de ellos le colgaba aún un gotero que arrastraba tras él.

-A la cabeza, tiro a tiro. Apunta despacio y apoya bien el fusil en el hombro.

Yo asentí y apunté al soldado. Tragué saliva… y apreté el gatillo. El fusil me golpeó el hombro con fuerza pero conseguí estabilizarlo. Levanté un momento la vista, le había dado en el cuello haciendo un terrible agujero por el que manaba un espeso icor negruzco. Gema comenzó a disparar también y la lucha duró sólo unos segundos. Los cuerpos ya totalmente inertes yacían en un suelo ensangrentado. A la luz de la linterna nos acercamos con cuidado. Con un tirón Gema quitó el chaleco al soldado muerto y me lo lanzó.

- No pongas esa cara de asco, no puedes infectarte. Comprueba si tiene munición en los bolsillos.

Abrí un bolsillo en el pecho y encontré una tarjeta de seguridad. La comprobé por inercia.

-Se llamaba Marcos. –Murmuré.

-Lo se, era de mi compañía.

La observé un momento, mordiéndose el labio superior y tratando de parecer indiferente. Aquello la afectaba tanto como a mi, pero trataba de mantenerse fuerte. Puse una mano en su hombro y asentí.

-Vámonos. Creo que vienen mas. –Me hizo un gesto de complicidad y se incorporó.

Corrimos hasta otro pasillo y esquivamos a tres de aquellas cosas sin luchar, ahorrando munición, hasta llegar a un ascensor. Gema me explicó que no había otro camino, las escaleras estaban llenas de zombies que habían seguido a los soldados en la evacuación. Aporreamos el botón repetidamente hasta que en la lejanía comenzó a escucharse el motor arrancar y el botón de llamada se iluminó. El ascensor pareció tardar una eternidad. Mientras tanto, algunos de aquellos seres aparecieron en el pasillo. Eran muchos, casi una veintena. Aún no los veíamos con claridad, en la penumbra de las luces de emergencia eran realmente espeluznantes. Sus gemidos helaban la sangre en las venas. Estábamos a punto de correr cuando desde el otro lado del pasillo se escucharon gemidos. Estábamos rodeados.

-Joder, maldito ascensor... ¡Vamos! –gritó enfurecida. Pateó la puerta repetidas veces maldiciendo. Yo comprobé el cargador y apoyé el fusil en el hombro, listo para disparar y vender caros nuestros pellejos.

Poco a poco se acercaron hacia nosotros, hasta que pudimos verlos claramente. La mitad eran soldados que habrían muerto durante la evacuación, algunos con terribles heridas y mordiscos. Cuando estaban tan solo a un par de metros las puertas del ascensor se abrieron y saltamos dentro. Pero ellos no se detuvieron. Pulsé a toda prisa el botón de cerrado de puertas. Se cerraron como a cámara lenta mientras ellos trataban de introducir sus manos dentro. Con un chasquido las puertas cerraron del todo, dejando a nuestros perseguidores fuera. Escuchamos sus uñas arañar las puertas exteriores y sus gemidos mientras el ascensor comenzaba a bajar.

-Jodeos, cabrones...-murmuró Gema apoyándose contra la pared. El momento había sido muy intenso y ambos respiramos profundamente.

-Huele a quemado... –dije. Ella asintió. El humo comenzó a filtrarse por las rendijas del ascensor.

La puerta se abrió y nos quedamos parcialmente cegados por el resplandor de las llamas. Una terrible bofetada de calor nos golpeó. El aparcamiento era un infierno. Varios vehículos ardían y el humo negruzco flotaba por todas partes impidiéndonos respirar. Recortados sobre las llamas, varios zombies arrastraban los pies de un lado a otro... De pronto giraron hacia nosotros y comenzaron a andar en nuestra dirección levantando los brazos y gimoteando. Habíamos salido de la sartén para caer en las brasas, literalmente. Busqué un coche que no estuviera ardiendo y encontré uno al final del aparcamiento, lejos de la salida. Se trataba de un todo terreno viejo, un Nissan antiguo con la capota de atrás de lona. Se lo señalé y ella asintió. Saltamos a la carrera usando los fusiles como garrotes para abrirnos paso.

-Las llaves... no tenemos las llaves... –Grite al llegar junto al coche.

-Están puestas, tienen que estar puestas... –Jadeó mientras llegaba junto el asiento del conductor.

Me subí al coche y para mi alivio las llaves estaban puestas donde debían. Arranqué el motor, metí la primera marcha y traté de salir disparado. Los nervios me traicionaron y el vehículo se caló con un tirón.

-No, no... ahora no... – Los zombies se acercaban cada vez mas. Me agaché y arranqué el motor por segunda vez. De pronto uno de aquellos seres saltó contra el cristal, golpeándolo con fuerza y dejando una horrible mancha negruza. Se preparó para golpear de nuevo cuando conseguí arrancar y lanzar el coche hacia adelante. Apuré la primera marcha y cambié antes de enfilar la cuesta de subida. Había un vehículo ardiendo a mitad de pista y varios zombies, alguno también en llamas, me cerraban el paso.

-Pasa por encima, mete segunda y no pases de 40, si no el golpe puede dañar el coche.

Solté el embrague y pisé con fuerza el acelerador para subir, golpeé al primero de refilón y el golpe lo lanzó girando hacia un lado. Embestí uno tras otro a los zombies a poca velocidad, apartándolos del camino con las defensas del todo terreno. Giré a la derecha y enfilé la puerta hacia la salida, hacia la libertad y la salvación. El coche salió a toda velocidad de la rampa, saltando chispas cuando volvimos a tocar el suelo violentamente.

-Aminora, vas a destrozarlo... –Me dijo Gema poniendo una mano sobre la mía. Esquivé algunos muertos vivientes que estaban en la carretera y dando las luces enfilé la vía de servicio que cruzaba un pequeño bosque. Bajé un poco la ventanilla y aspiré el aire de la noche. Olía a pinos y a resina. Conduje en silencio hasta llegar a la autovía. Detuve el vehículo en la incorporación.

-¿Dónde está Azuqueca?- pregunté.

-¿Qué?-Se extrañó ella.

-Azuqueca, Gema... ¿Derecha o izquierda?

-José... no sabes si ese campamento sigue en pie... ¿Y si ha caído? ¿Y si está...? – Dejó la pregunta en el aire.

-No está muerta. Ella está viva... y yo voy a buscarla.

martes 3 de febrero de 2009

Capítulo 11.

Desperté sobresaltado. A pesar de mis esfuerzos el cansancio me había vencido y me había quedado dormido. Lancé una maldición en silencio. Frente a mí, sentado en el banco metálico del camión, una soldado mascaba chicle y me miraba con curiosidad. Me incorporé un poco y lancé un quejido. El cuerpo me dolía y tenía agujetas en las piernas. Ella sonrió con complicidad.

El uniforme que me habían dado me quedaba algo ajustado y me sentía incómodo con él. Aquél pequeño detalle hizo que me sintiera un poco más desgraciado. Enterré la cabeza entre las manos para que la soldado no me viera sollozar. Hacía un par de horas, quizá mas, no sabía cuanto tiempo había dormido, que habíamos abandonado el campamento de refugiados.

Mis pensamientos volaron de nuevo hacia Helena. ¿Estaría bien (ella)? ¿Estaría viva siquiera? Sacudí la cabeza tratando de espantar ese pensamiento. Ella estaba bien, si el ejército conseguía mantener la disciplina en el campamento es posible que todo fuera bien. El coronel Bejarano había desoído todas mis súplicas para que la llevaran con nosotros, al final, a la fuerza, me habían trasladado en un camión militar con la caja cubierta con la lona verde hacia otro lugar que llamaban "El Laboratorio".

El camión dio otro bandazo y caí del banco.

-¿Estás bien? - dijo la soldado.

-Sí, no te preocupes... me duele más el amor propio. - murmuré.
Ella sonrió y me ayudó a levantarme. Aquél pequeño gesto de amabilidad consiguió que yo sonriera también por un momento.

-¿Cómo te llamas?- me atreví a preguntar.

- Se supone que no debo decírtelo...

-¿Por lo de no intimar con los rehenes o cobayas o lo que quiera que yo sea? - sugerí. Ella torció el gesto. Sacó un paquete de chicles de un bolsillo y me ofreció.

-Me llamo Gema. -dijo mirando hacia otro lado.

-Yo soy José Manuel.

-Lo sé, soy tu "escolta".

-Vaya, soy popular... -dije con sarcasmo mientras desenvolvía un chicle y me lo metía en la boca.

-Para mi eres la esperanza. Si de verdad hay una cura... si de verdad pueden encontrarla...

Desvió la mirada hacia el infinito y yo la imité. Se hizo un silencio algo incómodo y yo volví a echarme en el banco. El hombro aún me dolía bastante pero al menos ya no me ardía ni picaba tanto. Desde luego me encontraba algo mejor. Al menos físicamente. En mi mente seguía bastante hundido y de algún modo buscaba la manera de regresar con Helena. Mi mente se debatía entre lo que pensaba que era lo correcto y lo que de verdad quería hacer.

El coronel me había enseñado fotografías de esas cosas. "Zombies" los llamó. Como en las películas de serie B. Algún tipo de virus que se contagiaba por la sangre y la saliva. Un mordisco y en un par de horas eras uno de ellos. Y no había vuelta atrás. Me contó que las bajas civiles se contaban por centenares de millar, tal vez millones, sólo en territorio nacional. Era el fin del mundo. En apenas unas horas todo lo que conocíamos se derrumbaba.

Y en medio de eso, un pobre informático como yo podría tener en su sangre la clave para una vacuna contra el virus mortal. Era sobrecogedor. Me sentí muy pequeño y egoísta por pensar sólo en mi bienestar y en el de Helena. Me agazapé en el asiento y me abracé a mis rodillas. Antes de darme cuenta estaba llorando.

El camión redujo su velocidad y se detuvo. Escuchamos voces fuera aunque no fui capaz de entender lo que decían. Maniobramos y proseguimos la marcha durante un par de minutos. Hasta que el camión se detuvo y Gema bajó de un salto. Abrió la trampilla de atrás y me hizo una seña para que bajara. Salté a tierra. Estábamos en un aparcamiento subterráneo. Había varios vehículos aparcados en diversas plazas, la mayoría blindados medios del ejército (los populares BMR) y un par de camiones. Otros dos soldados se acercaron junto con un médico (al menos llevaba una bata y un fonendoscopio, debía de ser médico). El médico conducía una silla de ruedas.

-Siéntese, por favor.

-Puedo caminar.- contesté.

-Le han dicho que se siente.- Gruñó un soldado con muy malos modos cogiéndome del brazo con brusquedad.

-¡Eh! Basta, suéltale.-Gema se interpuso y el soldado me soltó.- Por favor, siéntate.

Me senté despacio en la silla y me condujeron por un pasillo hasta un elevador. El lugar me recordaba a un hospital, la amplitud de los pasillos, la pintura blanca con marcas a media altura (hechas al girar una camilla con poco tacto)... De algún modo mi instinto me decía que esos datos eran importantes. Mantuve los ojos bien abiertos tratando de memorizar todo lo que podía.

Bajamos en el elevador hasta el sótano tres y me condujeron por un pasillo largo e interminable. Atravesamos varias puertas de contención que parecían de plástico semitransparente custodiadas por soldados con los trajes bacteriológicos hasta llegar a una gran sala con varios boxes separados con cortinas. No había ninguno ocupado.

-Por favor túmbese en la camilla.- dijo el doctor. Me levanté y me tumbé en la camilla. - Desvístase de cintura para arriba.

Me quité la camisa y la camiseta interior y antes de que me diera cuenta había media docena de médicos a mi alrededor. Me tomaron la tensión, sacaron sangre y tomaron muestras y rastros de la herida. Tras casi una hora de pruebas y de responder preguntas sobre mi salud y sobre las condiciones en las que me mordieron me trasladaron a una habitación cercana. Gema apareció con un petate militar.

-Aquí tienes ropa de repuesto, pijama, un neceser...

-Gema... Quiero saber algo de mi mujer. - la interrumpí. Miró hacia otro lado y negó con la cabeza.

-Por favor... -Ella me miró y pude volver a ver en su rostro aquella sonrisa de complicidad y aquél gesto de compasión.

-Haré lo que pueda.

Salió y cerró la puerta tras de sí. Escuché como cerraba con llave. Guardé el petate sin examinar su contenido dentro de una taquilla y me dejé caer en la cama apesadumbrado. Ahora sólo podía esperar...

viernes 23 de enero de 2009

Capítulo 10

Escoltados por un gran número de guardias armados, nuestra comitiva se dirigió hacia el edificio principal. Se trataba de un edificio antiguo con tres naves en forma de “T” de tres plantas cada una. La fachada de la principal, a donde nos dirigíamos a buen ritmo, tenía pintado en letras rojas y doradas el lema del ejército sobre la puerta: “Todo por la patria”. Había mucho movimiento y no paraban de entrar y salir soldados que parecían muy ocupados y con mucha prisa.

-No se detengan.- Un leve golpe con la culata del arma sobre mi hombro reforzó la orden. Aunque me dolió mas el orgullo que el golpe en sí, no protesté. No estaba en posición de hacerlo.

La nave oeste tenía una gran puerta metálica que daba a un garaje o almacén, se nos hizo entrar por ahí, en dos filas. Yo trataba de seguir la pista de Helena en la fila opuesta, pero no conseguí verla. Me sentía perdido, como un naufrago a la deriva a merced de una tormenta, sin un salvavidas al que aferrarme. Arrastré los pies por un pasillo, detrás de un hombre de unos 40 años que no paraba de rezar.

Aquel lugar rezumaba decadencia y abandono. Había una gruesa capa de polvo en la que se marcaban las huellas de los que habían pasado por allí antes que nosotros. Las paredes estaban plagadas de desconchones y la pintura, que antaño fuera blanco, había adquirido un tono gris malsano. El lugar provocaba que a uno se le encogiera el corazón y se le hiciese un nudo en la garganta.

De pronto separaron las filas. Las mujeres tomaron un pasillo lateral mientras que a nosotros nos llevaron por unas escaleras hacia los sótanos, que eran mucho más grandes de lo que parecía el edificio a simple vista. Nos detuvimos en un pasillo donde se amontonaban cajas de cartón con bandejas y al fondo un carro metálico de los que se usaban en los autoservicios para dejar las bandejas usadas. Un soldado nos entregó una bandeja al pasar.

-Depositen sus objetos personales en la bandeja, se les devolverán a la salida. Cuando sea su turno entren por la puerta y dejen la bandeja en el carrito. –algunos quisieron protestar o preguntar pero no sirvió de nada. Con bastante contundencia nos ordenaron permanecer quietos y en silencio. Nadie nos explicó nada.

Hicimos cola frente a una puerta metálica que parecía la entrada a una morgue. Toqué la herida de mi hombro y sonreí ante la ironía. De alguna manera yo ya estaba muerto pero iba a entrar en la morgue por mi propio pie. La puerta se abrió de pronto y todos contuvimos el aliento. Un soldado con el traje de protección salió del interior:

-El siguiente. –Su voz sonó distorsionada por la máscara.

Y el siguiente entró en aquella sala. Los demás permanecimos en la cola, vigilados atentamente por varios soldados fuertemente armados. Ellos estaban al menos tan nerviosos como nosotros. Pasaron más de 10 minutos antes de que llamaran al siguiente, y para el tercero lo mismo. Y así, pasé casi una hora esperando en aquella fila hasta que llegué junto a la puerta y dejé mi bandeja en el carro. Me despedí de mis efectos personales. En todo aquel tiempo que había permanecido allí, nadie había vuelto a recoger sus cosas.

-El siguiente - dijo una voz fria que resonó implacable en mis oídos.

Mareado, con dificultad para respirar y conteniendo las lágrimas, arrastré los pies y abrí la pesada puerta.

Dentro había una gran sala dividida en compartimentos con sábanas y cortinas. Parecía un hospital de campaña de los que había visto en las películas. Había guantes de látex por el suelo y otro soldado, que parecía un astronauta con el traje, limpiaba una mancha que parecía sangre con una fregona. Otro de aquellos astronautas me hizo una seña desde una mesa. Me acerqué despacio.

-Desnúdese.-Su voz, sin ningún atisbo de humanidad, me puso los pelos de punta. Miré atrás buscando una salida, pero un soldado se había colocado tras de mi cortándome el paso. Asentí y comencé a descalzarme.

-Me llamo José Manuel...

-Guarde silencio y dese prisa.- Me interrumpió. Estaba bien entrenado, no podría apelar a su humanidad ni a su compasión. Suspiré y continué. Aquello era sin duda el fin.

Cuando terminé de desvestirme el soldado tras de mí dió un respingo asustado. El que tenía delante cogió un transmisor y gritó:

-¡Tenemos un positivo! ¡Tenemos un positivo!

Antes de darme cuenta me vi zarandeado por tres hombres con los trajes de protección. Me arrastraron fuera de la sala por la salida de atrás y me condujeron casi en volandas por un pasillo. De nada sirvieron mis gritos y mis protestas. Un rodillazo en el pecho me hizo guardar silencio. Entramos en otra gran sala con puerta metálica y me arrojaron allí. Caí en el suelo junto a una chica joven también desnuda. Su expresión era de absoluto terror. Frente a nosotros había un enorme horno encendido y junto a él se apilaban varios cuerpos cubiertos con sábanas. Dos soldados se aproximaron cargando sus armas. Pese al calor del día y del horno, la muchacha tiritaba.

El resto de aquella escena se ha grabado en mi cerebro a fuego. Aún puedo ver el rostro de aquella joven cuando cierro los ojos. Aún me despierto con sus súplicas. Uno de los soldados puso el cañón del fusil sobre su cabeza... y disparó.

El estampido del disparo resonó entre las paredes de aquel lugar y la chica cayó muerta en mis brazos. Miré a los ojos de su ejecutor y vi como movía el cañón hasta situarlo frente a mi.

-Hazlo de una vez, cabrón...

Afianzó el fusil en su hombro y apuntó entre mis ojos.

-¡Espera! -Entró otro soldado con el traje de astronauta, y los cinco que había en la sala se cuadraron. Debía tratarse de un alto mando.

El recién llegado me miró e hizo una señal a los soldados que me habían escoltado hasta allí. Me sujetaron con fuerza y uno de ellos me agarró firmemente la cabeza por debajo del cuello. Me hizo doblar el cuello en un ángulo en el que me costaba respirar.

-Que no te muerda.- Le dijo el oficial.

Se acercó a mi y examinó mi hombro. Pasaron unos segundos tensos.

-¡Coronel!¡Coronel!-gritó de repente.

Un sexto hombre, sin uniforme de contención, entró en la sala. Se trataba de un hombre de unos 60 años con el pelo cano y barba, vestía con el uniforme de camuflaje del ejército de tierra, en el pecho llevaba las insignias del cuerpo médico sobre la etiqueta con su apellido: “Bejarano”.

-¿Alguna novedad, capitán?

-Si, a este lo han mordido... pero la herida está curando... no hay infección exterior, ni pus ni eccemas.

Mientras yo forcejeaba por respirar el coronel examinó mi herida. Su expresión pasó del excepticismo al asombro.

-Usted - dijo mirándome a los ojos.- ¿Quiere vivir?

Asentí levemente con la cabeza, lo poco que pude mientras me sujetaban.

-Entonces pórtese bien y saldrá de esta. Es un posible "Alfa", nos lo llevamos al laboratorio.-dijo al capitán.

En aquellos pocos segundos mi mente trabajaba muy rápido, tal vez me espoleaba el miedo, pero todo comenzó a cobrar sentido. Fuera lo que fuera lo que provocaba el contagio, yo era inmune. Y mi sangre podría contener los anticuerpos para fabricar la vacuna. Me necesitaban vivo, al menos de momento.

-Le puede decir a sus gorilas que me suelten.- me atreví a murmurar.

Se giró sorprendido. Y se rió.

-Soltadlo. Me cae bien este tipo. Tiene cojones.Traedle un uniforme de su talla.

-¿Mi mujer?

-No tientes la suerte, hijo...

Se marchó y me dejó allí con aquellos hombres. Miré el cuerpo de la chica en el suelo. Me acerqué a la pila de sábanas viejas y cogí una para cubrirla. Aquel era un gesto que iba a repetir mucho en el futuro.

miércoles 14 de enero de 2009

Capítulo 9.

Tras cruzar varios controles de seguridad, el camión se detuvo dentro de un amplio recinto. Por todas partes se alzaban Carpas y tiendas de campaña militares y de Cruz Roja atestadas de gente.

"Refugiados como nosotros", pensé.

Un soldado nos ordenó que bajásemos del camión tratando de hacerse entender por encima del griterío general y caos reinante en aquel lugar. Antes de descender, me permití una última mirada desde mi posición elevada en lo alto del camión. Había dos grupos de edificios antiguos que debieron ser un acuartelamiento en algún momento del siglo pasado. Partes del tejado se caían a pedazos y en general se veían abandonados hacía mucho tiempo. Contrastaba esa decadencia con las antenas de conexión por satélite instaladas en los edificios más elevados y los generadores adyacentes a lo que debía ser el cuartel general.

Docenas de soldados uniformados cargaban paquetes, montaban defensas, tiendas y barreras con sacos terreros frente a puertas y ventanas. Algunos de ellos llevaban máscaras y trajes de protección bacteriológicos. Verlos me hizo sentir una punzada de pánico en el corazón. En cuanto a los civiles, habría por lo menos unas tres mil personas, quizá más, hacinados en la explanada. Gente de todo tipo, de diferentes nacionalidades y origen cargando lo poco que habían podido salvar de sus anteriores vidas. Niños pequeños que lloraban, ancianos encorvados, solos y silenciosos, hombres y mujeres que desesperados gritaban y pedían ayuda...

-¿José?- La voz de Helena me devolvió a la realidad.

Bajé de un salto y la ayudé a bajar como pude. Mi hombro ardía de dolor, pero apreté los dientes y me obligué a sonreír. Dnombele saltó ágilmente a mi lado. Le hice una seña y ayudamos a bajar al resto de los pasajeros. Descargamos las maletas y a los gatos, que aún lloriqueaban débilmente en sus cestas. Miré a mi gato y lo tranquilicé con palabras amables. No podía enfadarme con él por lo sucedido, a fin de cuentas, tan sólo había actuado como su instinto le marcaba, igual que yo.

-¡Por favor, un poco de silencio! - Gritó un oficial militar cerca de mí.

Lo escoltaban dos soldados armados que pretendían mostrar aspecto fiero y disciplinado. Eran muy jóvenes, y se notaba que tenían más miedo incluso que el pobre gato que tenía delante. Miedo, caos, y muchas armas. Una peligrosa combinación. Traté de desechar mis temores y me coloqué cerca de Helena en un círculo alrededor de aquel hombre.

Cuando al fin consiguió que se guardase silencio, comenzó a preguntar uno por uno los nombres, apellidos y otros datos y a apuntarlos en un listado. Constantemente lo interrumpían para pedirle información sobre tal o cual familia, como si él pudiese acordarse de las casi 3000 personas que debían estar alojadas en aquel campamento. El oficial no paraba de repetir que él no respondía preguntas, que su cometido era hacer los listados de las personas que llegaban. Las cosas se pusieron tensas y un señor de unos 40 años comenzó una fuerte discusión con el oficial, protestando por la situación y exigiendo ver al responsable. Uno de los soldados tuvo que reducirlo, lo que provocó mas protestas que un disparo al aire aplacó. Tanto Helena como yo permanecíamos boquiabiertos. Aquello era un polvorín que podía estallar en cualquier momento... con nosotros dentro. Por un momento pensé que tal vez hubiéramos estado más seguros en nuestra casa.

Una vez que hubimos dado nuestros datos, el oficial nos condujo hasta una cola donde otros soldados habían instalado unas mesas. Se nos entregaron paquetes con raciones del ejército, un neceser, un par de toallas y una manta. Todo en medio de un absoluto caos de gritos, preguntas sin respuesta y malos modos. Hecho eso se nos condujo a otra cola donde se nos asignó una tienda común con otras 40 personas con literas de campaña como camas. Una soldado nos entregó un pequeño mapa o esquema, indicando donde estaban las duchas comunes, los servicios, y el comedor, y los horarios entre los que podíamos hacer uso de los mismos. Y entonces pudimos descansar.

Dejé caer pesadamente nuestras bolsas. Por suerte habíamos preparado muy bien nuestras mochilas y teníamos ropas, una manta térmica de refuerzo y más artículos de aseo, a parte de las pilas, linternas y la comida.

-Helena, esconde bien las raciones y las pilas, cuando las cosas comiencen a escasear tendrán mucho valor y la gente es posible que pierda el control.- Traté de hablar en voz baja.

-Es terrible, ya he visto gente pelearse por una manta...-sollozó. Pasé un brazo por encima suyo y la consolé.

-Al menos aquí estamos a salvo...-no soné todo lo convincente que quería y ella sonrió a pesar de todo. Siempre me sorprendía, su capacidad para sobreponerse a los problemas, aunque la situación fuera abrumadora.Traté de sonreír yo también, aunque tampoco quedé muy convincente.

De pronto un grupo de gente corrió en dirección al edificio principal. Por un momento nos temimos lo peor. La gente gritaba a punto de entrar en pánico.

-¿Qué pasa? - preguntó una mujer.

-Las listas de los refugiados de este campamento... van a publicarlas.

-Helena, quédate aquí...

-No me dejes sola, por favor...

-Cielo, sólo iré más rápido y volveré enseguida, tú tienes que vigilar que no nos quiten nada. - Me acerqué mucho a ella y cubriéndonos de las miradas con mi cuerpo, le di la pistola. -El seguro está puesto... ten cuidado.

Corrí hacia allí con todas mis fuerzas, pero ya había una gran multitud delante de los improvisados tablones donde unos soldados ya colgaban las listas. Comenzaron los empujones y los gritos y al final un oficial mandó hacer una fila y guardar turno. Un par de personas intentaron saltarse la fila y fueron devueltos a ella a rastras. Yo guardé mi puesto pacientemente, tratando de reordenar mis ideas, y de recordar todos los nombre que quería buscar en esas listas. No recordaba los apellidos de todos mis amigos y eso me puso nervioso. En aquella situación era incapaz de pensar con claridad.

Por un momento volví a sentir miedo. ¿Sería aquel mordisco lo que me afectaba? ¿Estaba empezando a convertirme ya en una de aquellas cosas? Otro pensamiento aún mas terrible me asaltó de pronto ¿Y si había más personas como yo? Más personas mordidas, infectadas... ¿Cuantos habría? ¿Y cuando cambiarían? Todos estos temores me asaltaron de golpe. Yo había dejado a Helena sola...

Traté de darme la vuelta en la fila pero era imposible. Así, hecho un manojo de nervios, caminé los últimos metros hasta las listas y comencé a buscar nombres de familiares y conocidos. Las letras parecían diminutas y bailaban delante mío, cada letra que terminaba sin resultados hacía más penoso consultar la siguiente. Constantemente tenía la sensación de no haber leído bien un nombre, de haberme saltado un apellido, y era terrible. Una tras otra pasé las páginas tratando de mantener viva la esperanza. Fue inútil y mi desesperación creció aún más. Si es que aquello era posible.

Regresé cabizbajo a la tienda que teníamos asignada. Negué con la cabeza al llegar y no hizo falta ninguna palabra. Nos abrazamos en silencio. Como si no hubiera nada a nuestro alrededor, como si el resto del mundo hubiese dejado de existir. Permanecimos así bastante tiempo. En silencio. Hasta que de pronto, varios soldados con trajes de protección biológica aparecieron en la tienda.

-Por favor, hombres y mujeres que formen dos filas separadas, vamos a la tienda médica. Debemos realizar un control sanitario.

La gente protestó, pero los soldados comenzaron a ordenar violentamente a la gente en las filas. Helena me miró con desesperación, yo sabía leer esa mirada perfectamente, no quería que nos separásemos. Por instinto llevé mi mano a la herida del hombro. Estaba convencido que en cuanto la descubrieran estaría perdido. Una vez más, la vida pareció pasar delante de mis ojos como una película. Arrastrando los pies, me puse en movimiento con la fila de los hombres, mientras que trataba de no perder de vista a Helena en medio de la multitud. Intenté memorizar cada rasgo, cada detalle. Tal vez fuera la última vez que la veía antes del final.

jueves 18 de diciembre de 2008

Capítulo 8.

El camión avanzaba con rapidez hacia el sur mientras el sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte. Aunque su cálida luz nos reconfortaba, la imagen que iluminaba ante nosotros era la de la completa desolación. Nos sobrecogimos al ver el terrible paisaje, más propio de una guerra, que recorríamos en nuestro camino a quién sabía dónde. Los tanques iban abriendo paso en una autopista colapsada. Los coches estaban vacíos en su mayoría, pero en otros, cadáveres atados aún por el cinturón de seguridad alzaban sus manos hacia nosotros tratando de atraparnos. Varios de ellos caminaban distraídos entre los coches, arrastrando los pies por el asfalto caliente y lleno de sangre coagulada. Todo tipo de enseres y efectos personales estaban abandonados en el suelo, algunos teléfonos móviles seguían sonando sin sentido. ¿Hacia dónde habría huido aquella gente? ¿Estarían todos muertos o serían parte de aquellas cosas? Mis ojos se posaron en una gran furgoneta blanca con el logotipo de una empresa de transportes. Tenía las puertas abiertas de par en par y había mucha sangre en su interior. Un brazo colgaba lánguidamente por una ventana. Reconocí la furgoneta al instante, era la de mi vecino.

-No se asomen demasiado ni saquen los brazos por fuera.- me increpó un soldado que estaba sentado en el fondo del camión.

Volví a sentarme. El dolor del hombro me había mareado un poco pero al menos no era tan intenso como antes. Miré las caras de la gente que iba en el camión con nosotros, buscando algún rostro familiar, alguna cara amiga. Pero no conocía a ninguno. Sus rostros estaban marcados por el miedo y la desesperación. Me pregunté si el mío se vería igual.

-Tienes mala cara. - Helena pareció leerme la mente. Siempre lo hacía.

-Estoy un poco cansado, ha sido una noche dura. - Busqué en la mochila pequeña una botella de agua, que aún se mantenía fría. Vi el rostro del hombre que me había salvado y le ofrecí un poco. Sonrió de nuevo y me hizo un gesto de agradecimiento llevando la mano al corazón. Fue a beber, pero paró y ofreció la botella antes a Helena. Ella le sonrió y le hizo una indicación para que bebiera. Bebió con avidez un buen trago y me devolvió la botella con el mismo gesto. Helena y yo bebimos también.

-Dnombele. - Me dijo señalándose al pecho. Comprendí que ese era su nombre y le ofrecí la mano. La estrechó con mucha fuerza.

-Ella es Helena.- Dnombele asintió.- y yo soy José Manuel.

-Tú mucho valiente. Gente no corre tras gato. -no pude evitar reír. Mi risa sonó extraña y ronca, pero era una risa a fin de cuentas. Fue contagiosa y los tres nos relajamos un poco. Los gatos, más tranquilos, nos miraban con curiosidad desde sus cestos.

-Ahí abajo... me has salvado la vida... - Su sonrisa se volvió extraña y miró al horizonte.

-Yo mucho malo que corregir.

No quise preguntarle más, pero volví a estrechar su mano. Todos los hombres tenemos algún demonio y los suyos parecían seguir al acecho. Sus manos, su postura disciplinada, su ausencia de miedo, estaba claro que este hombre había visto guerra y muerte suficiente para inmunizarle de todo lo que estábamos viviendo. Me pregunté si alguna vez podría acostumbrarme a algo similar.

Los camiones siguieron rodando por la autovía unos kilómetros y de pronto salieron por un camino privado de tierra. Tras un buen rato distinguimos unas instalaciones que parecían un viejo cuartel medio abandonado. Tiendas de campaña por todas partes, y un gran número de soldados afanados en construir defensas con sacos terreros y alambradas. Era obvio que aquel era nuestro destino.

Sentí una punzada de dolor. El hombro me seguía molestando mucho, y a veces me mareaba un poco. Helena me miró preocupada y me puso la mano en la frente.

-Cielo, tienes fiebre.

Entonces comencé a preocuparme. Sentado en aquel camión comencé a asociar la cadena de eventos desde la noche anterior. La señora del piso de enfrente, cuando llamó a mi puerta tenía sangre en las manos. El médico de urgencias, el policía... les habían mordido a todos. Saqué la cabeza y vomité lo poco que tenía que en el estómago.

-¿Qué le pasa? - quiso saber el soldado.

-Me mareo en los coches. -mentí. No se por qué lo hice, tal vez mi instinto de conservación me decía que anunciar a bombo y platillo que posiblemente me iba a convertir en una de esas cosas no era una buena idea. Mi cerebro pareció colapsarse. Iba a morir. Todo iba a acabar. Miré el rostro de Helena y me mordí un labio para evitar llorar. No volvería a estar con ella, no tendríamos los hijos de los habíamos hablado, no nos haríamos viejos cuidando el uno del otro, todos esos momentos que aún no habían llegado serían tan sólo un espejismo, una ilusión, un castillo de humo en el horizonte. Todas las cosas que debían haber sido, ya nunca existirían. Volví a mirar su rostro, aún pálida y con aquellas horribles ojeras me parecía la mujer más hermosa del mundo.

Y ¿Qué sería de ella? Sola en medio de esta guerra, de esta invasión. Pensé en lo que me había dicho Dnombele. Yo no era valiente, tan sólo me había dejado llevar por los acontecimientos, había sido un mero espectador mientras el mundo se derrumbaba. No había sido valiente, pero pensaba serlo las horas que me faltaban. No tenía nada que perder. Mientras me quedara algo de aliento, mientras quedara una sola gota de vida en mí, iba a cuidar de Helena, iba a proteger a mi familia. Y aquella era una promesa que pensaba cumplir...

jueves 11 de diciembre de 2008

Capítulo 7.

Cuando me quise dar cuenta de lo que estaba ocurriendo y del lío en que me había metido, ya había recorrido unos 300 metros. Sin ni siquiera pensarlo, había entrado en una calle perpendicular, una zona de chalets que ahora presentaba un paisaje desolado. Coches abandonados, algunos accidentados y con las puertas abiertas, maletas y ropa desperdigadas por el suelo, y sangre... mucha sangre.

Algunas de esas cosas rondaban el lugar arrastrando los pies y se dirigían sin duda al punto seguro, que es donde yo debería haber estado. Sin embargo un par de ellos parecieron darse cuenta de mi presencia y cambiaron de dirección, cerrándome el paso y la vía de escape.

Escuché entonces los gritos angustiados de Helena y los disparos a lo lejos. Estaba tan concentrado en perseguir al gato que yo mismo había anulado mi percepción. Solté un gemido ahogado de rabia y confusión. Y para colmo había perdido el rastro del animal. Comencé a llamarlo por su nombre mientras buscaba a toda prisa bajo los coches.

Por el rabillo del ojo trataba de controlar el movimiento a mi espalda del grupo que ya se había congregado en la bocacalle por la que yo había entrado. Se movían mas rápido de lo que parecía y los tenía ya muy cerca. Las sienes me latían con fuerza, y la sensación era como tener un tambor en la cabeza. Y el maldito gato seguía sin aparecer. Me di cuenta de que estaba gritando.

-Maldita sea Kyril, maldita sea.... -lloriquee sin control.

Me percaté de movimiento bajo un Renault rojo y sin tomar ninguna precaución, fruto sin duda de la desesperación que ya me embargaba, me asomé. Ese fue sin duda el segundo error garrafal del día. Surgiendo de debajo del coche, una de aquellas cosas, un chico, me agarró del brazo y trató de arrastrarme con él. Grité histérico y tiré con todas mis fuerzas hacia atrás. Sonó un horrible crujido y caí al suelo boca arriba con algo grande y pesado encima. Aquel ser había caído encima de mí. No tenía piernas, sólo era un torso del que colgaban restos arrancados y vísceras a medio devorar. Me invadieron las náuseas y por un momento el peso me venció. Traté de liberarme, le golpee varias veces pero seguía sobre mi. Sus manos se cerraron sobre mis muñecas inmovilizándome como dos garras de hielo.

Y me mordió. Su mandíbula se cerró sobre mi hombro izquierdo. El dolor fue como un latigazo que me hizo reaccionar. Liberé la mano derecha y agarré a aquella cosa del pelo tiré con fuerza hasta liberarme de su mordisco. Grité de rabia y de triunfo al liberar mi otra mano. Conseguí cogerlo bajo el mentón. Hice palanca con ambas manos, sacando fuerzas de la desesperación. El crujido del cuello me heló la sangre en las venas. Lancé aquel torso lejos y me puse de pie justo a tiempo para esquivar la embestida de otro.

Saque el arma y disparé sin pensar dos veces. El retroceso del arma me sorprendió, pero por suerte, los dos disparos impactaron en su cuerpo. A esa distancia era imposible fallar. Pero no cayó. Siguió avanzando hacia donde yo estaba. Salté por encima del coche y lo puse como barrera entre los dos. Entonces noté algo agudo y afilado que se me clavaba en la pierna. Me giré dispuesto a disparar.

El gato trataba de trepar por mi pantalón hacia la seguridad de mis brazos.

-¡Kyril!- chillé. Guardé el arma en la parte de atrás del pantalón, bajo la camiseta y me sobresalté al sentir el calor del cañón en la espalda. Me costó desenganchar al gato de mi pantalón y cogerlo en brazos. El pobre animal maullaba de terror. Lo acuné como pude y me di cuenta de que el hombro me dolía muchísimo. Aunque la camiseta no tenía sangre apenas, eso me hizo albergar la esperanza de que fuera una herida leve. Aún no sabía lo que acarrearía mas adelante...

Pero en aquel momento estaba concentrado en sobrevivir y en llevar al maldito gato al punto seguro. Miré a mi alrededor y por un momento me sentí como un jugador de rugby. Solo tenía que desmarcarme y marcar. Entonces la sangre me sacó de aquella ensoñación. Supongo que el cerebro trata por todos los medios de salvaguardar nuestra cordura.

Desesperado grité otra vez, como si eso fuera a espantarlos o algo. Por supuesto no lo hizo. Se acercaron más y más. Busqué el arma otra vez...

Con un crack, el cráneo del que estaba mas cerca se partió y cayó al suelo. Dos golpes más abrieron una vía de escape.

-¡Corre amigo!- escuché una voz con un marcado acento africano.

Entonces pude ver a mi rescatador. Se trataba de un hombre negro de unos 30 años, grande y fuerte, con una camiseta verde cubierta de sangre y unos vaqueros rotos. Iba descalzo y su arma, con la que había abatido a tres de aquellas cosas, era una pitón de una moto, una de esas cadenas reforzadas y protegidas de más de 3 centímetros de grosor. La blandía sobre su cabeza y descargó un poderoso golpe sobre otro de aquellos seres que también cayó al suelo con un sonido sordo y seco.

Corrí hacia él y me volví para esperarle.

-¡Por aquí!- le indiqué.

Juntos rodeamos la manzana de chalets y salimos al Bulevar mas abajo. Los soldados nos vieron y comenzaron a gritarnos indicaciones. Se estaban retirando, la mayoría de ellos estaba montada ya en los vehículos y los refugiados, unas 100 personas, estaban repartidas en 4 camiones militares cargados hasta arriba de equipaje y maletas de los civiles. Desde uno de ellos Helena agitaba los brazos y saltaba llorando de alegría.

Corrimos como diablos hacia la salvación. Casi saltando cruzamos los separadores de cemento mientras yo apretaba al pobre gato sobre mi hombro, tratando de que no lo separaran de mí. Encontré el camión de Helena y le di al gato que no paraba de llorar. Me paré y ayudé a mi anónimo salvador a subir al camión.

-Tú primero.- su mirada destiló agradecimiento.

Me sonrió con unos dientes blancos como perlas y subió con agilidad. Después me ayudó a subir y Helena se lanzó sobre mí llorando. El resto del mundo a mí alrededor se desvaneció. Me fundí en su abrazo y apenas me di cuenta de como los camiones se alejaban del punto seguro rodando en dirección sur.

Me dejé caer como pude en el suelo del camión junto a Helena y ella se percató de la herida de mi hombro. Miró con cara de preocupación.

-Es superficial, no me duele ni nada – mentí. Y mentí porque el hombro comenzaba a dolerme horrores.