miércoles 14 de diciembre de 2011

Capítulo 23

El aire en la caja del camión era sofocante y el hedor a fruta podría persistía en el ambiente a pesar de que habíamos arrojado fuera toda la mercancía. Natalia dormitaba en brazos de Sara. Su madre, Laura, lloraba abrazada a sus propias rodillas en una esquina. Julian se mesaba la barba nervioso y negaba con la cabeza, deshecho anímicamente. La mortecina luz de una linterna alargaba las sombras dando un aspecto fantasmal a la escena.

-Hagámoslo fuera. -Dijo con voz entrecortada Juan de Dios.

Julian me miró y yo asentí. Se acercó a la puerta y trasteó con el destornillador para abrir el pestillo. Con un chasquido la puerta se abrió y la brisa nocturna inundó el compartimento. Salté a tierra y mis ojos tardaron unos instantes en adaptarse a la oscuridad. No percibí movimiento alguno entre los coches ni en la distancia. Busque la silla de ruedas ensangrentada y la puse de pie. Julián me ayudó a bajar a Juan de Dios, que ya respiraba de forma acelarada, y a sentarlo en la silla. Hizo amago de bajar del camión y negué con la cabeza.

-No... coge el fusil y monta guardia aquí. No hay que dejarlas solas. -Asintió con un "Si" mudo y entrecerró la puerta del camión. Yo empujé la silla hasta el borde la carretera y después, saliendo del arcén, por una pequeña cuesta de tierra no demasiado empinada, hasta un campo seco y lleno de maleza. Empujar la silla por aquel suelo era difícil y constantemente nos quedábamos atorados. Por mi mente cruzó la idea de que mi regreso no sería así. Volvería solo. Y me sentí enormemente desgraciado. Un poco más adelante había una colina con algunos árboles. Juan de Dios pareció leer mi pensamiento.

-Allí, junto a los árboles... -Cada vez le costaba más hablar. Tenía mucha fiebre y los ojos enrojecidos por los derrames. El vendaje improvisado que cubría su brazo derecho, donde le habían mordido, estaba sucio y supuraba una sustancia negruzca y maloliente. Ya era uno de ellos. Los dos sabíamos lo que había que hacer. Tras un esfuerzo que me pareció titánico llegamos a la pequeña colina y allí me senté en el suelo, en la fría tierra, junto a él.

-Esto es una putada... - dije tratando de contener las lágrimas. Él simplemente me sonrió y me puso la mano sobre el hombro. Pasaron los minutos en silencio. Dos amigos contemplando la luna en un páramo perdido, sin otra que hacer más que esperar la muerte. Aquello me resultó patético. De pronto Juan de Dios comenzó a convulsionar. Me arrojé sobre la silla y lo sujeté como pude. El ataque, de apenas unos segundos, duró horas en mi mente mientras esperaba el fin en cualquier momento. Con la misma rapidez que había empezado el brote cesó, Juan de Dios se relajó y supe entonces que era la hora.

-Cuida de esa gente... eres... buena persona... Si ves a mi mujer... dile... que la perdono... -Fueron sus últimas palabras. Su respiración se apagó, sus ojos se cerraron y la cabeza cayó inerte a un lado.

Cogí la pistola de la parte de atrás de mi cinturón y la puse sobre su frente. La mano tembló sólo unos instantes, mientras encontraba en mi interior la fuerza y convicción necesarias para hacer lo que debía hacerse. ¿Por qué yo? ¿Por qué debía enterrar a otro amigo en una oscura cuneta? No tenía tiempo para hacerme muchas preguntas. Juan de Dios regresaría como no muerto en unos instantes y yo le había prometido que no permitiría que eso sucediese. Me quité las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano.

-Adios, amigo. -Murmuré. Y entonces apreté el gatillo.

Unas horas antes las cosas no parecían ir tan mal...

Me interné por la puerta de servicio del club tras David, maldiciendo y maldiciéndole por estúpido, no sabíamos si había alguna de esas cosas dentro. Atravesé un pasillo angosto y sucio, dejé atrás una puerta cerrada con candado y entré en una cocina sucia y poco iluminada. Los cacharros estaban por el suelo y la sangre seca por todas partes indicaban que en el lugar había tenido lugar una pelea encarnizada. Mala señal, muy mala. Apenas podía ver en la penumbra del lugar y el olor a putrefacción era insoportable.

Una mano me palpó el hombro y estuve a punto de descerrajar un disparo de fusil cuando me percaté que era Rubén, me tendió una pequeña linterna, antigua, de pila de petaca. Tardé un par de segundos en encenderla e iluminar la escena, estaba peor de lo que creía. Había mucha sangre y restos que no sabía decir si eran humanos.

-Empiezo a arrepentirme de haber entrado aquí... -Murmuré. Y Rubén asintió. No había rastro de David en la cocina, así que avancé con cuidado por el resbaladizo suelo hasta una puerta doble al fondo de la cocina. De pronto un estruendo de cacharros tras de mí me hizo girar tenso como una cuerda de guitarra, el grupo estalló en gritos, en medio del caos iluminé con la linterna mientras trataba de hacerme escuchar sobre los gritos.

-¡Tranquilos! - Grité, consiguiendo que se callaran por un instante.

-He sido... yo- dijo Daniel. - Perdonad, he tropezado.

Un murmullo de alivio se escuchó en el grupo. Yo maldije una vez más. Si había alguien en casa, ya sabía que estábamos allí. Les hice una seña para que se mantuviesen en silencio y me dirigí de nuevo a la puerta de la cocina. Escuché ruido al otro lado. Y crucé con velocidad con el fusil por delante, como había visto en las películas.

-¡Tranquilo, Rambo! - Me dijo David cuando entré en la zona del bar, una gran sala llena con una barra sucia rodeada de taburetes, unas mesas con sillas de madera y unos sillones negros al fondo llenos de quemaduras de cigarrillo. El olor a humedad y alcohol me saturó por un momento. Al menos no era olor a muerte. David hizo un movimiento raro y me dio la impresión de que ocultaba algo en la parte de atrás de la camiseta, pero sin estar seguro preferí dejar la cosa estar. - Estaba comprobando las máquinas...

-Querrás decir la caja... -señaló acertadamente Julián.

David se separó de la registradora y se encogió de hombros. Agarró una botella de Johnny Walker y se sirvió una copa en un vaso de tubo.

-¿Y qué? Los dueños están muertos y el dinero está ahí, cada uno hemos cogido lo que hemos necesitado ¿O es que tú no has buscado en los coches? Ahora no nos hagamos los santos...

-Todos hemos tenido que hacer cosas desagradables para seguir vivos, aquí no se ha librado nadie... -Zanjé la cuestión.- No me importa si has cogido el dinero, para mi no vale una mierda. Pero espero que si encontráis comida, agua o medicinas, las compartáis con el grupo y se administren de manera...

-No esperarás que te demos lo que encontremos ¿No? ¿Te crees que por llevar un arma ya estás al mando?- me interrumpió.

-¿Me quieres dejar hablar? - le grité.- Yo no he dicho que lo vaya administrar yo, he dicho que se deberían administrar y racionar.

-¿Acaso crees que alguien va a decidir algo en tu contra mientras lleves ese fusil? - Levantó más la voz.

-David, no digas tonterías... -contestó la novia de Daniel, Mayte, hablando por primera vez.- Nos ha salvado la vida, nos ha dado su agua, nos ha protegido hasta aquí. ¿Qué pasa contigo?

-Si, si hubiese querido hacernos daño o robarnos podría haberlo hecho en la carretera... Al contrario...nos han dado cosas y nos han traído hasta aquí a salvo...- Añadió Sara cogiendo en brazos a Natalia.

-¡Nos ha traído aquí en contra de nuestra voluntad y poniéndonos en peligro a cada paso por traer a ese tullido! -Gritó una vez más David. -¡Ni siquiera tiene un plan! ¡No sabe donde vamos!

-Eres un gilipollas- Dijo Julian. David intentó cogerlo de la pechera y Rubén le sujetó.

-Si no se lo dices tú, se lo diré yo, creo que tienen que saberlo. -Dijo Rubén mirándome fíjamente. Al principio no sabía a qué se refería, hasta que, soltando a David, que parecía haberse calmado, se señaló el hombro. El resto de la gente pareció intuir algo y se apartó de mí. Suspiré con resignación y hubo un pequeño brote de pánico.

-¿Te han mordido? - Prguntó Laura apartándose por reflejo y pegándose a su marido.

-Si, la primera noche de todo esto. - Asentí. Julian dió un brinco hacia atrás y cayó de culo en el suelo derribando un taburete. El resto dieron pasos atrás hasta que Juan de Dios los tranquilizó.

-¡Tranquilos! Es inmune. No puede transformarse en esas cosas. - Dijo él trantando de calmar los ánimos. No lo consiguió. - ¿No os dáis cuenta? Su cuerpo produce anticuerpos, repele la infección o lo que sea...

-Es cierto.- Añadió Rubén tranquilizando a su esposa.- La gente mordida muere en horas de la infección.

-¿Puede... haber una vacuna? - Preguntó Julián mientras Daniel le ayudaba a levantarse del suelo.

-Estaba en un programa de investigación en un hospital militar en la sierra para encontrar una vacuna o una cura... El laboratorio tuvo un problema de seguridad... Algunas de esas cosas se escaparon, cundió el pánico...

-Eso es una bola, no hay vacuna... si te muerden estás jodido.- Exclamó David que se negaba a no tener razón. Me quité la mochila y la camiseta y me iluminé la cicatriz con la linterna. La herida estaba perfectamente sanada, aunque aún se apreciaban las marcas que habían dejado los dientes al desgarrar mi carne. -Eso... eso te lo ha podido hacer cualquiera...

-No seas capullo... -Contestó Julián. - ¿Hay más como tú?

-La niña, dije señalando a Natalia. Su padre también lo era.

-¿Dónde está su padre? -preguntó inocentemente Sara.

-Lo maté. -Concluí la conversación. David tragó de golpe el fondo de su copa y se alejó lo que pudo de mí. Se hizo un incómodo silencio que duró demasiado, hasta que Rubén lo rompió con un carraspeo.

-Bueno... tenemos que terminar de asegurar este sitio ¿No?

-Si, sería mejor que el grupo principal se quedase aquí con una de las armas y que una o dos patrullas registren el sitio...

-Yo quiero hacer algo útil. -Dijo Daniel.

Juan de Dios le entregó la pistola.

-Yo no puedo subir escaleras... me quedaré aquí con el resto.

-Yo me quedaré en la planta de abajo y veré como está esto...- Comentó Rubén mientras se colgaba el fusil a la espalda.

-De acuerdo, Daniel y yo subiremos a la parte de arriba y nos aseguraremos de que el sitio es seguro... Deberíamos ver si hay bebidas isotónicas o refrescos con azucar por aquí. Olvidad el alcohol, deshidrata más.

-Creo que he visto un botiquín en la cocina...- dijo Mayte mordiéndose el labio. - Si alguien viene conmigo podemos mirar si tiene algo útil...

Julián asintió y le hizo una seña para acompañarla.

-Bueno... Natalia... quédate con Sara y haz todo lo que te diga. Volveré en un rato. - la niña hizo un mohín. - ¿Te he mentido alguna vez?

La niña negó con la cabeza y yo la guiñé el ojo.

-Eres el padre del año ¿No? Creía que habías matado a su padre de verdad. - comentó David.

Sin darme cuenta quité el seguro del fusil. El chasquido hizo que todos quedasen en silencio.

-Cuando acabes tu copa... ¿Qué tal si ayudas un poco en vez de tocar los cojones? - Sin darle tiempo a contestar me giré y encaré la escalera que llevaba al piso superior. Respiré hondo y me alejé contando hasta diez.

Daniel me siguió cogiendo torpemente la pistola. De pronto me imaginé muriendo de forma estúpida tiroteado por un chaval inexperto al que yo mismo había dado un arma. De puro ridículo la situación me arrancó una sonrisa. Después me percaté que yo había aprendido a disparar hacía unos días. Mi mundo se había convertido en una carrera por la supervivencia y las armas, algo que antes sólo veía en las películas, eran ahora algo cotidiano. Me había familiarizado con el tacto del gatillo y el olor de la pólvora. Negué con la cabeza, pensando que debería estar en casa jugando con una videoconsola en vez de en un oscuro motel de carretera jugándome la vida frente a una horda de no muertos.

Las escaleras, cubiertas de moqueta oscura que no había sido correctamente limpiada en la vida crujieron mientras subíamos. La escalera era estrecha y me sentí incómodo, si había que luchar cuerpo a cuerpo lo tendría difícil. Me sorprendió que mi mente evaluase así las situaciones, estaba espabilando. La parte superior tenía un pasillo estrecho con tres puertas a cada lado. En el pequeño rellano había una maceta con una planta moribunda que me provocó un repentino golpe de lástima... ¿Las plantas de mi piso? Todo eso quedaba muy lejos.

Las primeras puertas no estaban cerradas con llave, y daban a pequeños cuartos de aspecto sórdido con una cama, un espejo, una pequeña cómoda y un cuarto de baño diminuto. Abrí el agua en uno de ellos pero no obtuve nada. Daniel registró mientras la cómoda, lo vi sonrojarse mientras sacaba de los cajones un buen número de juguetes sexuales, preservativos y lubricantes.

-Coge lo que necesites... -Bromeé.

-Ah... -se sonrojó tanto que pensé que iba a explotar.- Es que Mayte y yo somos católicos...

Me sentí un poco estúpido en ese momento y luego rompí a reír. Me miró y estalló también en una carcajada. Y así pasamos un buen rato riéndonos de un chiste sin gracia.

-Oye... tengo una pregunta... no quiero sonar ofensivo ni nada, es sólo curiosidad. -Asintió enjugándose las lágrimas. - ¿Cómo encaja todo esto de los muertos vivientes con el catolicismo?

-No lo se... llevo días haciéndome esa pregunta. No se si es el Juicio Final... Sólo se que tengo que aferrarme a la idea de que Dios existe, para poder superar toda esta mierda.

Nos miramos en silencio. Sabía perfectamente cómo se sentía... porque yo me aferraba a la imagen de mi mujer, de Helena, para no volverme loco en medio de todo aquello.

-Terminemos de registrar esto y volvamos abajo.

La última habitación era un despacho abarrotado de papeles y carpetas. En la pared del fondo, unos monitores (ahora apagados), servirían para controlar al dueño la actividad del local. Me pregunté si espiaban a los clientes por unos instantes. Eché un vistazo a los papeles, por pura curiosidad sin saber muy bien por qué. Daniel carraspeó impaciente, mientras me esperaba en la puerta echando vistazos rápidos al pasillo. Dejé los papeles y registré los cajones. En uno de los ellos encontré un reluciente revolver. Tras manipularlo durante unos segundos conseguí abrir el tambor y comprobar que estaba cargado.

-Esto nos puede ser útil. No le digas a nadie que tenemos otro arma. Se la daremos a alguien de confianza. - Un leve movimiento de cabeza me indicó que estaba de acuerdo.- Ahora volvamos abajo.

Volvimos a las angostas escaleras y nos anunciamos antes de aparecer por el salón (no me apetecía que confundiesen con un zombie y me pegaran un tiro).

Cuando llegamos abajo comprobé satisfecho que habían hecho un buen trabajo gracias a la supervisión de Juan de Dios y de Laura. En una mesa habían amontonado una gran cantidad de latas de refresco y botellas de agua. En otra cercana habían dejado un botiquín que parecía contener analgésicos, vendajes, pomadas para las quemaduras, yodo y algunos productos que no identifiqué a primera vista. Natalia comía ganchitos de una bolsa pequeña sentada en uno de los sofás. Le hice un gesto con la mano y ella me saludó distraida, concentrada en su golosina.

-¿Hay más de eso? - dije señalando.

-Si, hay un saco entero, están algo rancios, pero son comestibles. Parece que compraban al por mayor. - Me sonrió Laura indicándome la barra. Allí efectivamente encontré algunos sacos de frutos secos, de los que venden en las grandes superficies para mayoristas.

-Los frutos secos nos pueden venir muy bien... - Comentó Daniel. - Son muy energéticos. Cuando hacíamos senderismo siempre llevábamos...

Quedó taciturno un momento, y supe como se sentía. Tan sólo habían pasado unos días desde que todo se había ido a la mierda, pero para nosotros, los supervivientes, nuestras vidas pasadas parecían perdidas en un limbo, borrosas y casi como parte de un sueño extraño. ¿Volveríamos a la normalidad? ¿Cómo se puede, tras sufrir lo que hemos sufrido, retomar el hilo de una vida? ¿Podríamos alguna vez volver a la normalidad? Demasiadas ideas en la cabeza. Me senté junto a Natalía, realmente cansado y entrecerré los ojos.

-Estoy agotado.

Ella dejó los gusanitos y se recostó junto a mi. Juan de Dios me sonrió en la distancia.

-Descansa un poco, te has dado una paliza abriendo paso hasta aquí. Te lo has ganado. Deja que nosotros hagamos guardia por turnos.

Recordé el revolver que había conseguido arriba y se lo tendí a Juan de Dios.

-No te quedes desarmado... No me fío de ese capullo. - Lo cogió y lo guardó bajo la camiseta en silencio sin preguntar de dónde lo había sacado.

El calor y el cansancio hicieron efecto, poco a poco cerré los ojos y antes de darme cuenta me había quedado dormido. Una vez más me despertaron los gritos...

jueves 28 de abril de 2011

Capítulo 22

Nos abrimos paso a golpes los primeros metros. El calor me hacía sudar por cada poro. La camiseta empapada se pegaba a mi cuerpo y las correas de la mochila se me clavaran en las axilas y me irritaban la piel. Cada golpe era un suplicio. Me sentía obligado a abrir la marcha. Por mi inmunidad y corpulencia era el indicado para este tipo de tarea. Así que iba a la cabeza, abriendo paso, buscando bajo los coches para evitar sorpresas desagradables, derribando a los que podía atacando sus piernas para después pisar las cabezas hasta que se rompían. Inmisericorde, impasible. Al menos era la imagen que quería transmitir, aunque mi corazón se encogía con cada pisotón y la nausea me asaltaba con cada cuerpo decapitado. Apreté el paso, forcé la marcha todo lo que pude a través de aquel laberinto de coches detenidos y maletas abandonadas.

-Baja el ritmo... no podemos seguir así. -Me dijo Rubén tras un pequeño esprint para alcanzarme.

-Si nos paramos estamos muertos. Mira a toda esa gente, cometió el error de sentarse a esperar. - Respondí jadeando. El panorama era desolador. Cientos de coches detenidos y abandonados, algunos con cadáveres dentro pudriéndose al sol. Eso los que tuvieron suerte. Los que no eran ahora muertos vivientes que avanzaban con ese falso lento caminar hacia nosotros con las fauces abiertas y las manos extendidas, buscando alimentarse de nosotros.

-Esto es una pesadilla... -Murmuró secándose el sudor. - ¿Estás seguro de dónde vamos?

Me encogí de hombros por toda contestación y me adelante para golpear con saña a dos de aquellos zombies que se interponían en nuestro camino. De uno en uno, obligados a pasar por un corredor estrecho, no eran un problema. Eran torpes, lentos de reflejos y faltos de equilibrio. Derribarlos era fácil. Lo que me preocupaba era que esos mismos recovecos se podían convertir al momento en una ratonera, no podíamos quedarnos quietos en ninguna parte. El arcen y los lindes de la carretera estaban también plagados de coches abandonados que habían roto el quitamiedos y salido al campo tratando de escapar del atasco. Y posiblemente habían provocado otro mayor. Y más allá, el campo a través reduciría mucho nuestra marcha y sería casi impracticable para la silla de ruedas. Yo lo sabía, y todos lo sabían. Juan de Dios nos estaba restrasando y nos ponía en peligro a todos.

-Eh, Rambo, deberíamos salir de la carretera e ir por el campo...- por supuesto, David fue el primero en hacérmelo notar.

-Iríamos muy lentos, además de que la silla sería un estorbo.- Respondí sin mirarlo.

-Ya, pero es que así vamos a morir todos. -Lo miré con desprecio.- Si, tú quieres mucho a tu amigo, no se si es que sois maricones o que, pero por ir por la puta carretera nos pueden joder a todos y yo no estoy dispuesto.

Resoplé tratando de mantener la calma. Toda la furía de aquellos días comenzó a bombear de nuevo en mi cabeza, no me dejaba pensar.

-Mira pedazo de gilipollas. Yo hago las cosas a mi manera, nadie te ha pedido que vengas. Si te gusta bien, si no, te jodes. Si te quieres ir, el campo es muy ancho. Pero no me toques los huevos porque no dudaré en desperdiciar una bala para callarte la bocaza.

Su cara de sorpresa casi me provocó una carcajada, levantó las manos y se alejó murmurando. Miré de reojo y vi como hablaba con la pareja joven. Aquel bastardo estaba malmetiendo todo lo que podía. Rubén se puso a mi altura.

-Es un gilipollas. Oye, no te hemos dado las gracias. No tenías por qué haber parado ni por qué haber compartido el agua ni nada.

-Menos las armas, todo es de Juan de Dios. Sin él, estaríamos jodidos.- respondí malhumorado.

-Vale, vale, yo no soy partidario de abandonar a nadie. No somos bestias ¿No? - Me miró con amabilidad y volví a estrechar su mano.

-Se que parece una locura, pero tengo que encontrar a mi esposa y llegar hasta los militares.

-¿Crees que estaremos más seguros con ellos?- Preguntó mientras me alejaba.

-No, ellos estarán mejor con nosotros. -Rubén me miró con una expresión atónita, como si estuviese loco. Retrocedí sobre mis pasos y le enseñé mi cicatriz. - Esa niña y yo somos inmunes. No podemos convertirnos en esas cosas.

La expresión de Rubén cambió del pánico al ver la marca al asombro total y luego a la esperanza.

-¡Inmunes!- gritó.

-Baja la voz. -indiqué.- No se lo digas a los demás. La última vez me encerraron en un laboratorio durante días, me separaron de mi esposa y me hicieron todo tipo de pruebas.

-¿Para encontrar una vacuna o algo?¿No lo consiguieron?

-No hubo tiempo, los muertos con los que experimentaban se escaparon. Aquello... fue una masacre.

Me alejé camino arriba y continué con mi rutina de buscar la mejor ruta y despejarla. Fueron dos horas largas y agotadoras hasta que pudimos abandonar la autopista y coger una carretera secundaria bastante despejada. Era media tarde y el sol nos estaba abrasando. Un poco más adelante vimos las luces de un club de carretera. Siempre me había hecho gracia el eufemismo de club para referirse a un prostíbulo. Este en concreto de llamaba Club Casablanca, como si aquel antro de mala muerte de fachada rosa chicle tuviese la elegancia del café de Rick. Las persianas estaban parcialmente bajadas y no se veía ni un alma. Hice un alto y el resto se reagruparon tras de mí, sudando y resollando.

-¿Qué pasa? -Me preguntó Juan de Dios que también mostraba signos de fatiga.

-Están demasiado cansados, hace demasiado calor para continuar. Y yo tampoco estoy bien...-confensé.

-¿Quieres que nos escondamos ahí? - dijo señalando el edificio.

-¿Se te ocurre un sitio mejor?

-Así a bote pronto, no. -Sonrió.

Me giré hacia el resto del grupo.

-No podemos seguir a este paso bajo la solanera. Propongo que nos refugiemos en aquel edificio hasta que caiga un poco la tarde.

-¿Propones? ¿Ahora es esto una democracia? - Me increpó David.

-Te recuerdo que puedes hacer lo que te salga de... - Miré a Natalia y no acabé la frase. - A ver, hace mucho calor, y estamos cansados. Cuando caiga un poco el sol deberíamos poder avanzar más rápido.

-¿A oscuras? - Preguntó Julián secándose el sudor de la frente con el antebrazo.

-Si es necesario si. - Se escuchó un murmullo de desaprobación y tuve que levantar la voz para hacerme escuchar. - No se si os habéis percatado que el mayor peligro de esas cosas es cuando vienen en grupo. Quedarse quieto en un mismo sitio es lo verdaderamente peligroso, mientras nos mantengamos en movimiento podemos esquivarlos.

-Eso es cierto.- Dijo Juan de Dios reforzando mi teoría.

Natalia se soltó de la mano de Sara y me tiró del pantalón hasta que la cogí en brazos. Se abrazó a mi cuello con sus bracitos. Me sentí de nuevo conmovido y casi rompo a llorar sin motivo. El resto de aquella gente me seguía mirando confusa.

-Al menos descansaremos un rato a cubierto, comeremos y beberemos. Tenemos tres armas, podemos defender un sitio tan pequeño. - Esto último no me lo creía ni yo. Con la poca munición que teníamos y siendo todos tiradores inexpertos, si esas cosas se proponían entrar lo harían, y no podríamos hacer nada para evitarlo. Mi plan seguía siendo movernos en cuanto el sol cayera un poco y continuar la marcha por el arcén de la carretera. Mantenernos en movimiento me parecía la mejor solución.

Sin añadir nada más me dirigí al Club Casablanca. Se trataba como he dicho de un edificio pequeño en medio de ninguna parte. Tenía tres pisos con ventanas cuadradas y en la parte delantera un gran cartel luminoso que ahora permanecía apagado como el resto de luces del local. El aparcamiento era de tierra apisonada, con barriles viejos u oxidados marcando las esquinas. Era grande y cabrían varios camiones. En este momento estaba tarnquilo. El resto del grupo me siguió a regañadientes.

La puerta principal tenía bajada la persiana metálica. Dejé a Natalia en brazos de Juan de Dios y traté de levantarla sin éxito.

-Podéis ayudar cuando queráis.- Escupí con sarcasmo.

-Hay... hay otra puerta por la parte de atrás es una puerta de incendios, pero creo que puede abrirse desde fuera. -Dijo avergonzado Julián.

-¿Cómo lo...? -Fuí a preguntar. Interrumpí mi pregunta al recordar que Julián era camionero. Si hacía esta ruta es posible que hubiese sido cliente. No iba a juzgarlo. A estas alturas, yo que había asesinado a sangre fría a varios hombres no era ya nadie para juzgar.

Rodeamos el edificio y encontramos la salida de incendios de la que Julián nos había hablado. La examiné de cerca.

-Si tuviésemos una palanca creo que podríamos forzarla. - Concluí.

-Espera - me detuvo Rubén.- ¿Qué pasa con la alarma?

-Joder, si...-dijo Juan de Dios, ante la mirada malhumorada de Natalia.- Si salta la alarma será como agitar una campanilla para esos cabrones y decir "¡Eh chicos, la comida!".

-¿Pero la alarma funciona sin electricidad? - Pregunté.

-Se supone que si se corta la corriente tiene una pequeña batería y además llama a la central de alarmas. - Me dijo el chico de la pareja joven acercándose.

-¿Estás seguro, eh... eras? - hice un gesto para incicarle que no recordaba su nombre. 

-Daniel Castillo. - Le animé a contiuar.- Si, bueno... yo trabajé de vigilante hace tiempo para sacarme un dinero.

-De acuerdo... hagámoslo. ¿Qué podemos usar? - Registramos las mochilas con cuidado y decidimos intentar forzar la puerta con ayuda de unos gruesos destornilladores que Juan de Dios había cogido del todoterreno.

Aquello nos llevó casi media hora larga de forcejeo, hasta que logramos desencajar ligeramente el pestillo y meter un destornillador en la rendija. A una señal abrimos la puerta esperando que saltase la alarma en cualquier momento. Pero no lo hizo. Suspiramos de alivio y David se abalanzó al interior.

-¡Espera! - Traté de detenerlo. Pero ya estaba en el interior. Cogí una linterna, y la encendí para iluminar. Lo vi cruzar una puerta y perderse en el interior. - Espero que no haya ninguna de esas cosas dentro... maldito capullo.

El resto del grupo me miró como esperando confirmación. Por un momento me sentí furioso, no deseaba ser responsable de aquella gente. Suspiré.

-Si, vale, iré primero.

Empuñé el fusil y también entré en el edificio.

lunes 21 de febrero de 2011

Un libro, un euro

Maravillosa iniciativa a la que se ha sumado Manuel Loureiro con el genial Apocalipsis Z. Si no lo habéis leído, esta es vuestra oportunidad de adquirirlo legalmente y de colaborar con una buena causa.





Podéis conseguirlo gratis... ¿Pero no es mejor donar un euro por el libro y echar una mano a los que menos tienen?





1 Libro = 1 Euro ~ Save The Children

domingo 30 de enero de 2011

Capítulo 21

Apenas dejamos atrás la ciudad detuve el coche y abrí la guantera.

-¿Qué necesitas?-Preguntó Juan de Dios.

-Un mapa, quiero ver la ruta hacia Azuqueca, no debe estar demasiado lejos de aquí.

-¿Has probado a encender el GPS?

Miré la pantalla táctil en el salpicadero y tórpemente busqué el GPS pulsando un icono tras otro. Tras un rato que se hizo eterno encontré el navegador GPS y lo inicié. Natalia se había tranquilizado y jugaba con cochecito de plástico que movía por carreteras imaginarias. Para mi sorpresa el mapa apareció y nuestra posición quedó marcada en la pantalla con un triángulo parpadeante.

-Anda... si funciona. -Murmuré.

-Hombre, las cosas aquí abajo están mal, pero supongo que los satélites seguirán funcionando un tiempo con las órdenes automatizadas.

-Ayúdame a buscar una ruta. - Le dije apartándome un poco para que pudiese ver bien la pantalla.

Seguí sus instrucciones y al poco teníamos dos rutas, una de ellas, directa a través de la autopista, de apenas 21 kilómetros hasta nuestro destino, y otra que nos alejaba hacia el pueblo de Loeches para luego bajar la carretera del monte Gurugú hasta el sur de Alcalá de Henares que sumaba 41 kilómetros. En circunstancias normales, no habríamos invertido más de media hora de reloj en ninguna de ellas, pero estas no eran circunstancias normales.

-La carretera del Gurugú es bastante mala, tiene mucha curva, y es incluso peligrosa. - Comentó Juan de Dios.

-Ya... Pero no termino de fiarme de la autopista. ¿Y si está colapsada?

-Siempre podemos dar la vuelta. -dijo encogiéndose de hombros.

Miré el depósito y comprobé que estaba mucho mas bajo que cuando habíamos salido.

-¿Pero qué coño...? -Exclamé en voz alta.

-Has dicho una palabrota. -Me amonestó Natalia. Juan de Dios se rió entre dientes.

-Si, perdona. ¿Me perdonas?- Ella asintió y me dio un beso en la mejilla. Aquello me hizo sonreír un poco. -Creo que perdemos gasolina, voy a mirar el depósito.

-No me jodas... - farfulló Juan de Dios tratando de taparse la boca al darse cuenta de lo que decía.

-Otra palabrota y os voy a lavar la boca con jabón. - dijo Natalia. Nos echamos todos a reír y por unos instantes volví a sentir algo parecido a la alegría. Alegría de no estar solo, alegría de que en medio de todo lo que nos estaba ocurriendo, aún hubiese algo de inocencia. Y entonces, me permití recuperar algo de mi aprecio por la raza humana.

Bajé del coche y comprobé que junto al depósito había un agujero de bala en medio de una abolladura. El impacto era demasiado recto y demasiado ancho para que lo hubiese hecho Eduardo con la pistola... Cerré los ojos maldiciendo mi suerte. El agujero lo había hecho yo mismo al disparar a ciegas en el garaje. Abrí el maletero y busqué trapos. Encontré uno sucio de grasa y lo apelmacé en el agujero.

-Tenemos una fuga, un balazo. - Comenté. Juan de Dios me miró consternado.- He tapado como he podido el agujero, pero hemos perdido mucha gasolina. Tendremos que arriesgarnos en la autopista.

-¿Y si está colapsada?

-Pues nos tocará volver andando...-me mordí la lengua tras decirlo.- Quiero decir... Sin coche.

-No te disculpes, al menos yo voy a ir sentado todo el camino.- Me puso la mano en el hombro con solidaridad e hizo una mueca. 

Entré en una rotonda esquivando coches a bastante velocidad, no quería aminorar bajo ninguna circunstancia, subí la rampa de acceso a la autopista sorteando coches parados. Golpeé a un zombie solitario que cayó con un sonido sordo. Natalia cerraba los ojos mientras yo daba volantazos.

-¿Sabes alguna canción? -Pregunté mientras me afanaba en esquivar maletas y otros efectos personales. - Vamos, seguro que sabes alguna. Cántame algo, por favor...

La niña vaciló y después empezó cantar con voz temblorosa, tanto que la letra apenas se entendía. Juan de Dios tarareaba de fondo, tratando de mantener a Natalia ocupada mientras yo esquivaba un grupo de zombies solitarios que avanzaban entre hileras de coches detenidos. El sol era ya un horno que abrasaba la autopista emborronando el horizonte. Los destellos de los cristales y el metal de los vehículos me hacían entrecerrar los ojos. Si hubiese podido los hubiera cerrado del todo para no ver aquello.

La luz de reserva se encendió y supe que no llegaríamos con el todo terreno. Tal vez  el depósito tenía otro agujero, o simplemente era el orificio de salida del que había tapado, pero seguíamos perdiendo combustible. Continuamos por el arcén, a veces empujando con el poderoso todo terreno otros coches para hacernos hueco. Alguna criatura solitaria se tambaleaba entre los coches, llenos de cadáveres secos y quemados por el sol. Juan de Dios entretenía a Natalia en la parte de atrás para que no viese el espectáculo. Y entonces lo que había supuesto que era un grupo de esas cosas se giró y comenzaron a saltar agitando los brazos.

-La madre de... -No terminé la blasfemia. A unos doscientos metros un grupo de personas saltaba y gritaba.

-¿Qué hacemos? - Preguntó Juan de Dios.

-Están haciendo demasiado ruido y atrayendo a esas cosas... - Detuve el coche.- Cúbreme.

Bajé del coche cubriéndome con la puerta y el fusil en la mano. Me acordé entonces de que no estaba cargado. En la bolsa quedaban dos cargadores más, 64 cartuchos que tendría que aprovechar al máximo. Recargué el arma y salí despacio del coche. El grupo de gente comenzó a correr hacia mí gritando y haciendo aspavientos. Pude contar ocho, tres mujeres, cuatro hombres y una chica de unos 16 años.

-¡Eh! ¡Aquí! - gritaban desde la distancia mientras corrían hacia mi.

-¡Quietos!¡No avancen más!- respondí tras encañonarlos.-Hemos tenido problemas con ladrones y asaltantes...

-Nosotros no somos ladrones. -Contesto uno de ellos, un hombre de mi edad, rubio, que llevaba una camiseta negra y unos vaqueros. No se di fue el tono de su voz o el modo en que lo dijo, pero supe en ese momento que me iba a dar problemas.

-¿Alguno de ustedes está herido? ¿Lo han mordido o arañado? -Pregunté mientras llegaban a una veintena de metros de donde yo estaba.

-No, no... estamos bien. -Me contestó una mujer cincuentona que abrazaba con fuerza a la chica joven.

No sabía que hacer, ni que pensar. Bajé el arma. Y me acerque con cuidado, estreché la mano de los hombres que parecieron aliviados. A parte del rubio, había un hombre mayor pero en forma, calvo y de aspecto resuelto. El otro era un tipo delgaducho con barba canosa. Las mujeres esperaban un poco rezagadas. La mujer que protegía a la adolescente, una cría bastante guapa de pelo negro y ojos azules, se acercó a mi y me abrazó.

-Gracias por parar. ¿Eres policía o soldado?

-No, no señora. Estaba con ellos, en una base en la sierra, pero... - No terminé la frase. Todos bajamos la cabeza.

El rubio avanzó hacia el coche a grandes zancadas.

-¡Vamos, al coche!

-¡Eh!¡Espera!- Traté de advertir.

Abrió la puerta lateral ignorando mis palabras. Levantó las manos y retrocedió con una extraña expresión, mezcla de sorpresa y miedo. Juan de Dios lo encañonaba con la pistola desde el interior del coche.

-Baja la pistola, Juan de Dios... -Juan de Dios bajó el arma resignado y  el rubio mudó su expresión de miedo por una mueca burlona. Retrocedió riendo.

-¿Pero qué broma es esta? ¿Un tullido y una niña?

-¡Cállate David! - le gritó el hombre calvo. - Me llamo Rubén, y estas son mi mujer, Laura, y mi hija Sara.

Hice una inclinación de cabeza como saludo.

-El coche ya no irá mucho más lejos...- Expliqué.

-¿Qué le pasa?- Me interrogó el tal David con insolencia.

-Nos han disparado...-hice una pausa para que comprendieran bien mis palabras.- Y han dado al depósito, no le queda gasolina.

-Pues menuda mierda.- dijo David.

-Me dirijo a Azuqueca, allí hay una base...- Dije ignorando el comentario.

-Creo que ya no... -Me interrumpió el hombre delgado. Se acercó y me estrechó la mano. - Me llamo Julián Torres... Y soy camionero... escuché por la radio que los de la base de Azuqueca se retiraban...

Mi cara debió cambiar de color, las rodillas me temblaron y temí caer en cualquier momento. Juan de Dios bajó la plataforma especial y se deslizó fuera del coche. Natalia corrió tras él y me cogió la mano.

-¿Estás bien?- Me preguntó Juan de Dios. - Su mujer estaba en Azuqueca...

Un murmullo de lástima salió de los labios de aquella gente. Los más rezagados, una pareja de treintañeros que parecían bastante asustados y otra mujer joven en la veintena, se acercaron despacio.

-Los estamos atrayendo... -dijo él . Eso me hizo salir de mi enajenación. Tenía que comprobar lo que había ocurrido. No iba a abandonar estando tan cerca.

Regresé al coche y me cargué una mochila. Le dí otra a Juan de Dios que la pudo en su regazo.

-¿Tienes comida?-Preguntó la mujer más joven observando las mochilas. Yo miré a Juan de Dios y él asintió.

-Si, y agua también. Pero no ahora, nos están rodeando. -Efectivamente cada vez había más zombies y cada vez más cerca, quedarse quietos tanto tiempo había sido un error. Me acerqué a la chica que seguía con su madre. -¿Te llamas Sara, verdad?

Tardó unos segundos en reaccionar. Me miró un poco confusa.

-Si, si...

-Sara, ¿Te importa coger de la mano a Natalia y ayudarme a cuidar de ella? - La chica miró a sus padres y luego a la pequeña Natalia que devolvía su mirada con ojos curiosos. Luego asintió y separándose de su madre se acercó a Natalia y sonriendo la cogió de la mano.

-Oye, ¿Me das un arma?-preguntó David.

-No.-Contesté tajante.

-Pero le has dado una pistola al tullido.

-Y el tullido te la va a meter por el culo como no te calles.- Contestó agraviado Juan de Dios. La situación quedó tensa por unos instantes. Yo desempaqueté el fusil de Gema de una de las mochilas, cogí uno de los cargadores y se lo extendí a Rubén.

-¿Hizo usted "la mili"?

-Eh... si, en El Goloso, en el 74.

-Pues vuelve a ser un soldado. Tiene 32 cartuchos, y no hay más. Así que no los desperdicie. -Me alejé carretera arriba, me colgué el fusil al hombro y recogí del suelo lo que parecía una muleta. La descargué encima del primer zombie que apareció y su cabeza se quebró con un sonido sordo. -Si se le acercan, los despacha así. Moveos, llegaremos hasta Azuqueca a pie.

El grupo comenzó a moverse rápidamente, con Rubén empujando la silla de Juan de Dios.

-¿Y qué piensas hacer allí? Ya no hay soldados.- Protestó Julián.

-Averiguar a donde han ido. Y seguirlos.

miércoles 22 de diciembre de 2010

Capítulo 20

No tenía demasiado tiempo para pensar. Los zombies proseguían con su lento caminar al interior del aparcamiento y pronto no tendría margen de maniobra para escapar. Un par de disparos me obligaron a agachar la cabeza. Necesitaba una oportunidad. Entonces Eduardo fue asaltado por algunas de aquellas criaturas y mientras forcejeaba intentando apartarlas a base de golpes, una chispa de iluminación cruzó por mi cerebro. Llamémosle destino, suerte, o simple adaptación traumática, en aquel momento de duda supe exactamente lo que tenía que hacer. Salté hacia el zombie que me había atacado y que se levantaba torpemente después de caer bajo los disparos de Eduardo. Cargué con el hombro bajo su cintura y con mi peso lo derribé nuevamente. A la desesperada, jugándome todo a aquella carta, palpé el suelo en todas direcciones tratando de recobrar el fusil antes de que la criatura se incorporase o de que Eduardo se zafara de sus atacantes. Toqué la correa del fusil y tiré de él hasta recuperarlo. El zombie ya se había levantado casi del todo. En mis oídos restallaba mi propia respiración acelerada. Antes de que el no muerto se girase para encararme me coloqué a su espalda, pasando la correa del fusil por su cuello para inmovilizarlo. Apoyando el fusil en su hombro, encendí la linterna buscando a mi enemigo.

La respuesta de Eduardo no se hizo esperar y realizó varios disparos hacia la luz que impactaron en mi escudo humano. El fogonazo de su arma lo delató y yo apreté el gatillo en una ráfaga algo descontrolada. Un grito de dolor me indicó que había hecho blanco. No tendría otra oportunidad. De un tirón hacia arriba saqué la correa del fusil del cuello del cadáver y lo empuje al suelo. Trató de incorporarse pero lo pisé con fuerza en la espalda y disparé una ráfaga corta a quemarropa. Uno de los disparos desparramó sus sesos por el suelo del garaje y dejó mis botas empapadas de sangre negruzca. Me giré para disparar a un zombie silencioso que había conseguido llegar muy cerca de mi espalda. No le di en la cabeza pero la fuerza del impacto lo hizo retroceder, tambalearse y caer pesadamente. Salté por encima de él buscando el BMW con la mirada. No había un momento que perder. Todas las criaturas de la ciudad debían estar en este momento tras de mí.

Entonces se me ocurrió otra idea. Me enfadé conmigo mismo por no haberlo pensado antes. Saqué las llaves del coche, con su mando a distancia y oprimí el botón de abrir. A unos 20 metros se iluminaron las luces del todoterreno y se escuchó el clásico pitido que indicaba que el vehículo estaba abierto. También fue como anunciar con una campanilla la hora de la comida, porque todos los zombies del garaje comenzaron a avanzar hacia el coche. No fueron muchos metros pero mis pulmones ardían por el esfuerzo mientras me precipitaba sobre el capó para saltar al otro lado.

Me deshice de una patada de otro muerto que se había acercado demasiado. Abrí la puerta, y lancé el fusil la mochila al asiento del copiloto. El zombie se levantó y lo golpeé con la puerta del coche, un golpe seco que lo hizo caer de culo. Pateé su cabeza con todas mis fuerzas (haciéndome polvo el pie en el proceso) y monté en el coche. El pie me dolía bastante, a pesar de las botas reforzadas el impacto había sido terrible. Arranqué el coche en el botón de arranque, que lo activó por proximidad con las llaves que llevaba en el bolsillo y metí la primera marcha. Las luces se encendieron automáticamente y vi que estaba en apuros. Había decenas de ellos. Quité el freno de mano justo cuando varios zombies se echaban encima del coche. Salí despacio, empujándolos con el paragolpes hasta que cayeron y pude maniobrar para esquivarlos. Enfilé la rampa mientras las ruedas chirriaban sobre el suelo del garaje. Aceleré hacia la luz, hacia la salvación.

Una figura se interpuso en mi camino. Reconocí la silueta, la barba desarrapada, los ojos inyectados en odio. Estaba herido pero no muerto, cubierto de sangre y lleno de mordiscos. Su brazo izquierdo colgaba inerte de su costado, goteando sangre desde el muñón donde antes estaba la mano. Con la derecha sostenía con ferocidad la pistola. Apuntó hacia el coche y disparó. La bala atravesó el parabrisas dejando un extraño agujero, por instinto bajé la cabeza, golpeándome con el volante. A pesar de todo conseguí mantener la dirección sin dar un volantazo. Pisé el acelerador sin levantar la cabeza. Eduardo gritó. El impacto de su cuerpo contra el vehículo resonó como una explosión. El todoterreno pasó literalmente por encima mientras me precipitaba hacia la salida. Grité. No se si aquello fue un grito de alivio o de victoria.

Esquivé los no muertos como pude hasta la rampa, recé para no calar el coche en la subida. Aceleré lo que pude y el coche ascendió con fuerza. La luz del sol me cegó unos instantes y pisé el freno, clavando el coche. Centenares de muertos vivientes avanzaban como una marea humana hacia el edificio. El plan de ganar tiempo alejándolos se había esfumado. Aceleré el coche y giré a la izquierda, atravesé un callejón lleno de cadáveres a medio devorar, empujando con el paragolpes todo lo que se interponía en mi camino. Comencé a tocar el claxon, esperando que Juan de Dios lo escuchase e intuyese que algo iba mal, muy mal. En la parte de delante de la casa quedarían un par de docenas de aquellas cosas. Pasé por encima de varias de ellas y metí marcha atrás para golpear a todas las que pude. Había tanta sangre oscura y medio coagulada, que el limpiaparabrisas no daba abasto y apenas veía. Frené lo más cerca que pude del portal. Me bajé de un salto y abrí el portón lateral, preparado para la silla de ruedas. No había tiempo para desplegar la rampa. Disparé a los muertos mas cercanos hasta que el fusil hizo clic. Juan de Dios y Natalia aparecieron por la puerta. La niña lloraba, corrió hasta mí y se abrazó a mi pierna.

-¡Entra en el coche Natalia! ¡Ahora! - grité.

Me obedeció justo a tiempo. Un zombie se me echó encima, conseguí poner el fusil entre su cuerpo y el mío y su boca, se cerró cerca de mi cara. Podía oler su aliento fétido y ver los trozos de carne humana que colgaban entre sus dientes. Grité de furia. Sonó un disparo y parte de la cabeza de aquella cosa se rompió. Juan de Dios miraba el arma humeante en su mano. Corrí hasta él y subí la silla al coche. Cerré el portón y usando el fusil como una porra me abrí camino hasta el otro lado del coche entre un mar de manos que me arañaban y trataban de apresarme. Llegué hasta la puerta y la cerré, cortando un par de dedos que quedaron junto a mi asiento. Tenía la ropa destrozada de los tirones de las criaturas y estaba cubierto de sangre y arañazos, pero estábamos todos a bordo. Pisé el acelerador y me abrí paso entre las criaturas antes de que hubiese demasiadas para salir. Sus huesos crujían al ser atropellados y el motor del coche sufría en el avance, Natalia gritaba y lloraba mientras Juan de Dios trataba de calmarla.

De pronto todo cesó y salimos de la masa de despojos humanos y atravesamos velozmente las calles hacia el sur.

-¿No vas por la autopista?-Preguntó.

-No, iremos por carreteras secundarias, menos sorpresas.

-¿Qué ha pasado ahí abajo? Hemos oído muchos disparos y voces.

Miré a Juan de Dios y luego a Natalia y él comprendió que no quería hablar de ello delante de la niña. Asintió con complicidad y suspiró.

-Me muero por un cigarrillo... -comentó.

Nos alejamos en silencio de la ciudad. Volvíamos a estar en ruta. Mi mente volvió a Helena. Tenía que estar viva, para que todo tuviese sentido. Si no, me volvería loco, si es que no lo estaba ya.