miércoles, 26 de noviembre de 2008

Capítulo 5.

Me acerqué poco a poco a la puerta. Mi mano tembló cuando cogí el picaporte. Respiré profundamente y comprobé el seguro del arma. Me vi allí, apunto de abrir mi puerta con una pistola en la mano y la escena me pareció irreal. ¿Por qué pasaba todo esto? Aún no podía terminar de creerlo. Miré a Helena que se había colocado detrás de mí. Llevaba un cuchillo de cocina en la mano.

-¿Qué haces?-pregunté.

-Esta vez voy contigo...no pienso dejarte solo.

No supe si reír o llorar. No quería decirle que preferiría ir solo, porque así sólo tenía que preocuparme de mi mismo y no tendría que estar pendiente de ella. Pero ella tenía en los ojos una mirada que yo conocía bien, una mirada de resolución que no admitía discusión alguna. A fin de cuentas ése fue uno de los rasgos que hicieron que me enamorase de ella.

-Pégate a mi y ten cuidado con ese cuchillo.

Abrí la puerta con cuidado. Nunca el chirrido de unos goznes me había parecido tan tétrico. No había nadie en el rellano. La puerta del tercero D estaba cerrada a cal y canto, tal y como yo la había dejado para evitarme futuros problemas. Las voces provenían del portal, eran varias personas que discutían sobre algo. Volví a asegurarme de que el seguro del arma estaba puesto y la guardé en la parte de atrás del pantalón, debajo de la camiseta.

Bajamos las escaleras despacio. Tratando de escuchar el tema de la discusión antes de llegar al portal. Cuando llegamos al rellano del primer piso vimos algunas puertas abiertas y el interior de las casas estaba revuelto. Todo quedó claro en mi cabeza súbitamente, se estaban marchando.

El portal parecía el escenario de una carnicería, con sangre seca y negruzca por todas partes. En un rincón, sobre un charco pegajoso, yacían dos cuerpos cubiertos por sábanas sucias de sangre. Nadie debería tener un final así, pensé. La discusión cesó cuando me vieron llegar. Saludé torpemente y comprobé que todos los vecinos que quedaban estaban allí. Un total de 16 personas.

-Nos marchamos -me dijo mi vecino el ecuatoriano.- Vamos a ir a Toledo. Nos quedan un par de sitios en el coche, si nos apretamos.

-Pero en la tele han dicho que no salgamos... -interrumpió Helena.

-Yo no me pienso quedar aquí.-se hizo entender la chica del cuarto, la ucraniana mientras terminaba de empaquetar sus cosas. Su novio y ella se encararon y comenzaron a discutir, me pareció que por el tamaño de las maletas.

-No es seguro salir ahora.-contesté.

-Sea como sea nos vamos. ¿Y vosotros?- me preguntó de nuevo mi vecino.

Miré a Helena y ella negó con la cabeza. No se si fue la decisión mas adecuada, pero la tomamos juntos.

-Nosotros no vamos. No es seguro. -cogí la mano de Helena y retrocedí hasta la escalera.-Tened cuidado.

Desde allí vimos como poco a poco abandonaban el portal y se adentraban en lo desconocido. Me embargó una sensación de soledad y de angustia y temí haberme equivocado. La cálida presencia de Helena a mi lado me sacó de aquellos pensamientos. Me aseguré de que la puerta del portal quedaba bien cerrada y volvimos a subir a nuestro piso.

-¿Qué va a pasar ahora?- me inquirió ella cuando cerramos la puerta.

No supe que responder. Mi mente trataba de anticipar respuestas, pero estaba bloqueada por la sangre y el horror que habíamos vivido aquella noche. La atraje contra mi cuerpo y nos quedamos en abrazados en silencio junto a la puerta. Escuchamos el ruido de los vehículos a lo lejos, las sirenas seguían sonando y a veces se escuchaba algún grito. Y de pronto se hizo la oscuridad.

Helena gritó y yo di un respingo sobresaltado. Aún estábamos en la entrada, junto al cajetín eléctrico. Comprobé los plomos y probé a subir y bajar los fusibles sin resultado. Era un apagón, lo cual complicaba aún más nuestra situación.

Tanteando la pared y procurando no tropezar con los gatos, que ajenos a todo seguían jugando como si nada, llegamos al salón. Encendí una vela tras un par de intentos. La habitación quedó iluminada con un resplandor anaranjado y cálido. Las sombras se alargaban y encogían al ritmo que marcaba la llama. Nos encogimos en el sofá y comprobé nuestra provisión de velas y cerillas.

-Pon la radio del mp3, tiene batería de sobra.-me pidió Helena. Asentí y lo cogí de la estantería. Puse el volumen todo lo bajo que pude para tratar de que la batería durase todo lo posible. La voz de un periodista rompió nuestro silencio.

-...continúan los ataques. Nos acaba de llegar otro informe de emergencias. El hospital de campaña instalado en Plaza de España ha sido atacado, aún no hay datos oficiales, pero parece que ha caído. Repetimos, no vayan al hospital de Plaza de España. Pueden dirigirse al hospital de campaña de Príncipe Pío... esperen... me acaba de llegar un fax. Oh, Dios mío... No se dirijan a Príncipe Pío, aquello es... están todos... oh Dios...

Cambié de emisora, como si el hecho de cambiarla significara borrar de mi mente lo que acababa de escuchar.

-... y Amsterdam ya han sido evacuadas. El gobierno italiano de Berlusconi ha declarado la ley marcial y el cierre de fronteras. Un informe de última hora desde nuestra corresponsal en Londres indica que el gobierno británico ha decidido cerrar su espacio aéreo en un intento de aislarse de la epidemia.

Era el caos, en todas las emisoras los informes hablaban de centenares, de miles de muertos y cada hora que pasaba eran más las ciudades que iniciaban evacuaciones de emergencia y los gobiernos que declaraban la ley marcial. La radio confirmó lo que era ya una realidad cierta para nosotros. Los muertos estaban regresando para atacar a los vivos y cada persona que abatían se levantaba como uno de ellos. Era una marea imparable, un enemigo implacable contra el que nadie estaba preparado. Ningún gobierno tenía planes de contingencia para una situación como esta porque no cabía en la cabeza de nadie que pudiese ocurrir.

Pasamos varias horas junto a la radio, a oscuras para ahorrar velas. Barcelona, A Coruña, Sevilla, Valencia y por último Madrid, las grandes ciudades fueron cayendo. Impotentes, junto a la radio comenzamos a dudar de nuestra decisión de quedarnos.

A eso de las 4 de la madrugada Helena se quedó dormida de puro agotamiento en el sofá. A pesar de ser verano estaba tiritando. La arropé con una manta ligera y me senté a su lado. Poco a poco el cansancio me venció y las voces de la radio, con los informes de las ciudades que iban cayendo y los censos de víctimas se fueron apagando.

Desperté sobresaltado con la imagen de unos ojos dementes y extraviados aún en la retina. La radio sólo emitía estática. Probé varios canales pero ninguno de ellos emitía nada. Estaba amaneciendo y la luz de la mañana se filtraba entre los huecos de la persiana. Un súbito ronroneo comenzó en la distancia y fue creciendo, hasta convertirse en un estruendo. La casa tembló y Helena se despertó con los ojos llenos de legañas.

-¿Qué pasa?

-Son tanques Helena, estamos salvados.-Exclamé. Aquello fue una afirmación demasiado optimista...

7 comentarios:

  1. Te estás aficionando demasiado a los cliffhangers, eh? XDDD

    Me da que los tanques van a pasar de vuestro culo xD, pero en fin. Salvaoooos!! ¡0¡

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  2. Me ha encantado tu relaot... ¡no lo dejes!

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  3. vaya putada...continua asi macho

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  4. MOLA MAZO TIO... A VER QUE PASA CON ESOS TANQUES.
    SIGUE ASI TIO.

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  5. Eso eso, menos cliffies y más capítulos! ;D

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  6. Serás Fangirl! :P pero si tu además te los lees "en exclusiva". Bueno, bueno, intentaré tenerlo listo esta tarde.

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  7. Ya era de que apareciera el ejercito!

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