Desperté sobresaltado. A pesar de mis esfuerzos el cansancio me había vencido y me había quedado dormido. Lancé una maldición en silencio. Frente a mí, sentado en el banco metálico del camión, una soldado mascaba chicle y me miraba con curiosidad. Me incorporé un poco y lancé un quejido. El cuerpo me dolía y tenía agujetas en las piernas. Ella sonrió con complicidad.
El uniforme que me habían dado me quedaba algo ajustado y me sentía incómodo con él. Aquél pequeño detalle hizo que me sintiera un poco más desgraciado. Enterré la cabeza entre las manos para que la soldado no me viera sollozar. Hacía un par de horas, quizá mas, no sabía cuanto tiempo había dormido, que habíamos abandonado el campamento de refugiados.
Mis pensamientos volaron de nuevo hacia Helena. ¿Estaría bien (ella)? ¿Estaría viva siquiera? Sacudí la cabeza tratando de espantar ese pensamiento. Ella estaba bien, si el ejército conseguía mantener la disciplina en el campamento es posible que todo fuera bien. El coronel Bejarano había desoído todas mis súplicas para que la llevaran con nosotros, al final, a la fuerza, me habían trasladado en un camión militar con la caja cubierta con la lona verde hacia otro lugar que llamaban "El Laboratorio".
El camión dio otro bandazo y caí del banco.
-¿Estás bien? - dijo la soldado.
-Sí, no te preocupes... me duele más el amor propio. - murmuré.
Ella sonrió y me ayudó a levantarme. Aquél pequeño gesto de amabilidad consiguió que yo sonriera también por un momento.
-¿Cómo te llamas?- me atreví a preguntar.
- Se supone que no debo decírtelo...
-¿Por lo de no intimar con los rehenes o cobayas o lo que quiera que yo sea? - sugerí. Ella torció el gesto. Sacó un paquete de chicles de un bolsillo y me ofreció.
-Me llamo Gema. -dijo mirando hacia otro lado.
-Yo soy José Manuel.
-Lo sé, soy tu "escolta".
-Vaya, soy popular... -dije con sarcasmo mientras desenvolvía un chicle y me lo metía en la boca.
-Para mi eres la esperanza. Si de verdad hay una cura... si de verdad pueden encontrarla...
Desvió la mirada hacia el infinito y yo la imité. Se hizo un silencio algo incómodo y yo volví a echarme en el banco. El hombro aún me dolía bastante pero al menos ya no me ardía ni picaba tanto. Desde luego me encontraba algo mejor. Al menos físicamente. En mi mente seguía bastante hundido y de algún modo buscaba la manera de regresar con Helena. Mi mente se debatía entre lo que pensaba que era lo correcto y lo que de verdad quería hacer.
El coronel me había enseñado fotografías de esas cosas. "Zombies" los llamó. Como en las películas de serie B. Algún tipo de virus que se contagiaba por la sangre y la saliva. Un mordisco y en un par de horas eras uno de ellos. Y no había vuelta atrás. Me contó que las bajas civiles se contaban por centenares de millar, tal vez millones, sólo en territorio nacional. Era el fin del mundo. En apenas unas horas todo lo que conocíamos se derrumbaba.
Y en medio de eso, un pobre informático como yo podría tener en su sangre la clave para una vacuna contra el virus mortal. Era sobrecogedor. Me sentí muy pequeño y egoísta por pensar sólo en mi bienestar y en el de Helena. Me agazapé en el asiento y me abracé a mis rodillas. Antes de darme cuenta estaba llorando.
El camión redujo su velocidad y se detuvo. Escuchamos voces fuera aunque no fui capaz de entender lo que decían. Maniobramos y proseguimos la marcha durante un par de minutos. Hasta que el camión se detuvo y Gema bajó de un salto. Abrió la trampilla de atrás y me hizo una seña para que bajara. Salté a tierra. Estábamos en un aparcamiento subterráneo. Había varios vehículos aparcados en diversas plazas, la mayoría blindados medios del ejército (los populares BMR) y un par de camiones. Otros dos soldados se acercaron junto con un médico (al menos llevaba una bata y un fonendoscopio, debía de ser médico). El médico conducía una silla de ruedas.
-Siéntese, por favor.
-Puedo caminar.- contesté.
-Le han dicho que se siente.- Gruñó un soldado con muy malos modos cogiéndome del brazo con brusquedad.
-¡Eh! Basta, suéltale.-Gema se interpuso y el soldado me soltó.- Por favor, siéntate.
Me senté despacio en la silla y me condujeron por un pasillo hasta un elevador. El lugar me recordaba a un hospital, la amplitud de los pasillos, la pintura blanca con marcas a media altura (hechas al girar una camilla con poco tacto)... De algún modo mi instinto me decía que esos datos eran importantes. Mantuve los ojos bien abiertos tratando de memorizar todo lo que podía.
Bajamos en el elevador hasta el sótano tres y me condujeron por un pasillo largo e interminable. Atravesamos varias puertas de contención que parecían de plástico semitransparente custodiadas por soldados con los trajes bacteriológicos hasta llegar a una gran sala con varios boxes separados con cortinas. No había ninguno ocupado.
-Por favor túmbese en la camilla.- dijo el doctor. Me levanté y me tumbé en la camilla. - Desvístase de cintura para arriba.
Me quité la camisa y la camiseta interior y antes de que me diera cuenta había media docena de médicos a mi alrededor. Me tomaron la tensión, sacaron sangre y tomaron muestras y rastros de la herida. Tras casi una hora de pruebas y de responder preguntas sobre mi salud y sobre las condiciones en las que me mordieron me trasladaron a una habitación cercana. Gema apareció con un petate militar.
-Aquí tienes ropa de repuesto, pijama, un neceser...
-Gema... Quiero saber algo de mi mujer. - la interrumpí. Miró hacia otro lado y negó con la cabeza.
-Por favor... -Ella me miró y pude volver a ver en su rostro aquella sonrisa de complicidad y aquél gesto de compasión.
-Haré lo que pueda.
Salió y cerró la puerta tras de sí. Escuché como cerraba con llave. Guardé el petate sin examinar su contenido dentro de una taquilla y me dejé caer en la cama apesadumbrado. Ahora sólo podía esperar...
El uniforme que me habían dado me quedaba algo ajustado y me sentía incómodo con él. Aquél pequeño detalle hizo que me sintiera un poco más desgraciado. Enterré la cabeza entre las manos para que la soldado no me viera sollozar. Hacía un par de horas, quizá mas, no sabía cuanto tiempo había dormido, que habíamos abandonado el campamento de refugiados.
Mis pensamientos volaron de nuevo hacia Helena. ¿Estaría bien (ella)? ¿Estaría viva siquiera? Sacudí la cabeza tratando de espantar ese pensamiento. Ella estaba bien, si el ejército conseguía mantener la disciplina en el campamento es posible que todo fuera bien. El coronel Bejarano había desoído todas mis súplicas para que la llevaran con nosotros, al final, a la fuerza, me habían trasladado en un camión militar con la caja cubierta con la lona verde hacia otro lugar que llamaban "El Laboratorio".
El camión dio otro bandazo y caí del banco.
-¿Estás bien? - dijo la soldado.
-Sí, no te preocupes... me duele más el amor propio. - murmuré.
Ella sonrió y me ayudó a levantarme. Aquél pequeño gesto de amabilidad consiguió que yo sonriera también por un momento.
-¿Cómo te llamas?- me atreví a preguntar.
- Se supone que no debo decírtelo...
-¿Por lo de no intimar con los rehenes o cobayas o lo que quiera que yo sea? - sugerí. Ella torció el gesto. Sacó un paquete de chicles de un bolsillo y me ofreció.
-Me llamo Gema. -dijo mirando hacia otro lado.
-Yo soy José Manuel.
-Lo sé, soy tu "escolta".
-Vaya, soy popular... -dije con sarcasmo mientras desenvolvía un chicle y me lo metía en la boca.
-Para mi eres la esperanza. Si de verdad hay una cura... si de verdad pueden encontrarla...
Desvió la mirada hacia el infinito y yo la imité. Se hizo un silencio algo incómodo y yo volví a echarme en el banco. El hombro aún me dolía bastante pero al menos ya no me ardía ni picaba tanto. Desde luego me encontraba algo mejor. Al menos físicamente. En mi mente seguía bastante hundido y de algún modo buscaba la manera de regresar con Helena. Mi mente se debatía entre lo que pensaba que era lo correcto y lo que de verdad quería hacer.
El coronel me había enseñado fotografías de esas cosas. "Zombies" los llamó. Como en las películas de serie B. Algún tipo de virus que se contagiaba por la sangre y la saliva. Un mordisco y en un par de horas eras uno de ellos. Y no había vuelta atrás. Me contó que las bajas civiles se contaban por centenares de millar, tal vez millones, sólo en territorio nacional. Era el fin del mundo. En apenas unas horas todo lo que conocíamos se derrumbaba.
Y en medio de eso, un pobre informático como yo podría tener en su sangre la clave para una vacuna contra el virus mortal. Era sobrecogedor. Me sentí muy pequeño y egoísta por pensar sólo en mi bienestar y en el de Helena. Me agazapé en el asiento y me abracé a mis rodillas. Antes de darme cuenta estaba llorando.
El camión redujo su velocidad y se detuvo. Escuchamos voces fuera aunque no fui capaz de entender lo que decían. Maniobramos y proseguimos la marcha durante un par de minutos. Hasta que el camión se detuvo y Gema bajó de un salto. Abrió la trampilla de atrás y me hizo una seña para que bajara. Salté a tierra. Estábamos en un aparcamiento subterráneo. Había varios vehículos aparcados en diversas plazas, la mayoría blindados medios del ejército (los populares BMR) y un par de camiones. Otros dos soldados se acercaron junto con un médico (al menos llevaba una bata y un fonendoscopio, debía de ser médico). El médico conducía una silla de ruedas.
-Siéntese, por favor.
-Puedo caminar.- contesté.
-Le han dicho que se siente.- Gruñó un soldado con muy malos modos cogiéndome del brazo con brusquedad.
-¡Eh! Basta, suéltale.-Gema se interpuso y el soldado me soltó.- Por favor, siéntate.
Me senté despacio en la silla y me condujeron por un pasillo hasta un elevador. El lugar me recordaba a un hospital, la amplitud de los pasillos, la pintura blanca con marcas a media altura (hechas al girar una camilla con poco tacto)... De algún modo mi instinto me decía que esos datos eran importantes. Mantuve los ojos bien abiertos tratando de memorizar todo lo que podía.
Bajamos en el elevador hasta el sótano tres y me condujeron por un pasillo largo e interminable. Atravesamos varias puertas de contención que parecían de plástico semitransparente custodiadas por soldados con los trajes bacteriológicos hasta llegar a una gran sala con varios boxes separados con cortinas. No había ninguno ocupado.
-Por favor túmbese en la camilla.- dijo el doctor. Me levanté y me tumbé en la camilla. - Desvístase de cintura para arriba.
Me quité la camisa y la camiseta interior y antes de que me diera cuenta había media docena de médicos a mi alrededor. Me tomaron la tensión, sacaron sangre y tomaron muestras y rastros de la herida. Tras casi una hora de pruebas y de responder preguntas sobre mi salud y sobre las condiciones en las que me mordieron me trasladaron a una habitación cercana. Gema apareció con un petate militar.
-Aquí tienes ropa de repuesto, pijama, un neceser...
-Gema... Quiero saber algo de mi mujer. - la interrumpí. Miró hacia otro lado y negó con la cabeza.
-Por favor... -Ella me miró y pude volver a ver en su rostro aquella sonrisa de complicidad y aquél gesto de compasión.
-Haré lo que pueda.
Salió y cerró la puerta tras de sí. Escuché como cerraba con llave. Guardé el petate sin examinar su contenido dentro de una taquilla y me dejé caer en la cama apesadumbrado. Ahora sólo podía esperar...