martes 16 de marzo de 2010

Capítulo 16

Como en un extraño sueño escuchaba voces desconocidas en la lejanía, sin poder ubicar exactamente su procedencia. No reconocí a las personas que hablaban, pero estaba claro que hablaban sobre mí.
Mi mente, aún aturdida por el golpe, pareció recuperar de pronto parte de sus facultades, supongo que el instinto de auto conservación es así de fuerte, cuando comprendí que estaban discutiendo acerca de qué hacer conmigo.
Mi cabeza ardía de dolor y notaba el pelo pegajoso, probablemente de mi propia sangre. Estaba atado con las manos a la espalda y tendido en el suelo. Fingí que seguía inconsciente y tan sólo entreabrí los ojos lo suficiente para constatar que estaba en el salón de la casa que había visto a través de la ventana. Mis cosas estaban desparramadas por el suelo, menos las armas, que no localicé en ese vistazo. La estancia olía fatal y si hubiera tenido algo en el estómago seguro que hubiera vomitado. Mis captores hablaban desde el otro lado de la habitación, donde debía estar la mesa con el cuerpo. Desde mi posición no podía verlos.

-Me da igual lo que digas Eduardo, voy a matar a ese 'hijoputa'.- escuché la voz ronca de un primero.

-A ver si te enteras, que no vamos a matarlo aún. Es un soldado... - contestó quien supuse sería Eduardo.

-¿Y qué? -Le interrumpió una tercera voz.

-Tenemos que saber si hay más soldados por aquí y si nos están buscando. ¿Qué hacía solo?

-¿Y si es un desertor? Yo creo que es uno de los que iban en el todo terreno de anoche, ese es el desgraciado que mató a mi hermano.

-Vale, si es él te aseguro que le sacamos las tripas, pero antes tenemos que saber qué hacía por aquí. -Sentenció Eduardo.

De pronto escuché abrirse una puerta y las voces cesaron. Una voz rompió el silencio. Me quedé helado al escucharla.

-Papá... ¿puedo ver a mamá?- la voz procedía de una niña, tendría 6 ó 7 años.

-No, Natalia. Ya te he dicho que está enferma y no puedes molestarla. Y ahora vuelve a tu cuarto. -contestó el que identifiqué como Eduardo.Volví a escuchar la puerta y los adultos retomaron su conversación.

-Eduardo tío... ya se que era tu mujer... pero tenerla ahí... así... no se... joder.

-¿Y qué quieres que haga, que la pegue un tiro? ¿Se lo darías tú?

-No tío, joder, no te encabrones, sólo digo que no es normal. Además... ¿Qué vamos a hacer con la cría?

-No lo se...

-Edu, la han mordido... En unas horas va a estar igual que la madre...

-Es mi hija...

-Pero si no las has visto en 6 años, en el trullo no la mencionaste ni una sola vez.

-¡Déjame! ¡Coño! ¡Ya lo pensaré! Además, aquí mando yo ahora, ¿no? Pues sal de una puta vez a ver si nos van a haber oído los putos muertos o vamos a tener soldados en la puerta, coño... que si no llego a aparecer el pringao ese os empapela.

Se escucharon ruidos de pasos y la puerta cerrarse. Me atreví a abrir un poco más los ojos y a mover ligeramente la cabeza. Eduardo estaba sentado en el sofá fumando. Se trataba de un tipo desgreñado, con barba tupida, muy delgado. Su expresión era arisca. Llevaba una camisa de franela arremangada y unos vaqueros. En los brazos, delgados y con las venas muy marcadas, se apreciaban tatuajes descoloridos hechos probablemente con tinta de bolígrafo en una celda. Se trataba sin duda de presidiarios fugados. Hasta aquel momento no lo había pensado. ¿Qué habría ocurrido con todas aquellas personas? ¿Habrían dejado morir a toda esa gente dentro de sus celdas? Sólo pensarlo me hacía sentir vértigo.

-¿Ya estás despierto, soldadito? - Me miró fijamente a los ojos. Una mirada fría, carente de emoción, una mirada de depredador. Se levantó, cogió una pistola de una mesita cercana y se acercó a mí.

Sabía que tenía que pensar rápido.

-Mi pelotón me estará buscando.

-Que busquen, ya nos arreglaremos con ellos. Ahora tú y yo vamos a jugar a un juego... yo te pregunto... y tú me dices la verdad. Porque quieres decirme la verdad, ¿verdad soldadito? - Me limité a mirarle fijamente. Trataba de no mostrar miedo, aunque por dentro estaba aterrado. - ¿Cuantos sois?

-Una compañía entera. -Mentí tratando de no desviar la mirada. Mi voz no sonó tan convincente como esperaba. Me golpeó con la culata del arma en el hombro, el dolor terminó de despertarme. - Unos 50, más o menos.

-¿Nos estáis buscando?

-Estamos buscando un grupo de presos fugados...- traté de asociar una prisión cercana a la zona en mi mentira - de Alcalá-Meco.

-Hijos de puta... ¿Tú crees que a los muertos de ahí fuera les importa ya lo que hayamos hecho? ¿Es que ni en el puto fin del mundo nos vais a dejar en paz? - Había dado en el clavo. Me pateó con saña y yo me retorcí tratando de amortiguar un poco el golpe. Una patada en la boca del estómago me dejó sin respiración. Se abrió la puerta y entraron los otros dos.

-¿Te estás divirtiendo, Edu? -dijo uno con sorna.

-Deja algo para mí - pidió el otro.

-Tengo una idea mejor. Ayudadme a levantarlo.

Sin mucho miramiento me levantaron entre los tres y me arrastraron junto a una puerta que tenían cerrada y bloqueada con una silla.

-¿No irás a...?

-Quita la silla y abre cuando yo te diga. -Dijo Eduardo con calma.

Al otro lado de la puerta se escuchaban quejidos lastimeros. Yo ya sabía lo que había dentro. Su esposa, o al menos la que una vez lo fue, convertida en un muerto viviente. Tenía que mantenerme firme. Aún tenía alguna posibilidad.

-¡Ya!

La puerta se abrió apenas una fracción de segundo y fui arrojado hacia el interior de aquella habitación. En mi camino tropecé con un cuerpo que olía ya a descomposición y ambos caímos al suelo estrepitosamente. La puerta se cerró tras de mí. Las persianas estaban completamente bajadas y la oscuridad de la habitación era total. Mi corazón se aceleró, estaba encerrado en una habitación oscura con un zombie, con las manos atadas a la espalda y sin posibilidad aparente de escapar. Me enfrentaba a la peor situación imaginable. Sin embargo esta vez no perdí los nervios. Llamémoslo evolución traumática, pero estaba dispuesto a luchar hasta el final, estaba dispuesto a sobrevivir. No sabía si aquella cosa podía verme en aquella negrura así que tenía que moverme con rapidez.

Rodé por el suelo y me incorporé como pude retrocediendo hasta tener la espalda contra algo sólido. Por la textura de madera supuse que sería un armario. Escuché un gemido y un crujido y supuse que la cosa se estaba levantando. Me agazapé y traté de avanzar pegado a la pared hacia mi derecha, palpando con las manos a mi espalda buscando algo con lo que cortar las cuerdas. La cosa se me echó encima, noté sus manos buscando mi cuello y el olor fétido que provenía de su boca. Salté hacia delante dando un cabezazo y noté como aplastaba hueso con el impacto. El golpe me aturdió, y caí de lado. Noté los pies del zombie arrastrándose cerca de los míos y patee un tobillo con todas mis fuerzas. Surtió efecto y el cadáver cayó estrepitosamente de espaldas. Me incorporé de nuevo y retrocedí hasta tropezar con lo que parecía un escritorio. Palpé como pude la mesa buscando algo útil. Y la fortuna, que parecía haberme esquivado tanto tiempo, me sonrió.

Toqué algo de cristal, un vaso. Lo cogí con las puntas de los dedos y traté de romperlo. Mi vista se había habituado un poco a la penumbra y aunque no veía nada, distinguía contornos. Y pude distinguir el de aquella mujer avanzando una vez más hacia mí. Cargué con el hombro, bajando el centro de gravedad y esta vez la derribé sin perder yo el equilibrio. El vaso se me escapó y cayó al suelo en un estallido de cristales rotos. Maldije mientras me arrodillaba con cuidado, me dejé caer de culo y noté como un fragmento de cristal se clavaba en mi pierna. Grité, mas movido por la desesperación que por el dolor, y palpé con las manos. Encontré un trozo de cristal y comencé a arañar las cuerdas con él. El zombie volvió a la carga de pronto y se arrojó sobre mí. Me eché a un lado por los pelos y apenas alcanzó a arañarme la cara.

Noté como se deslizaba un goterón caliente por mi mejilla y el ardor del corte. Estaba cansado y aturdido, pero debía continuar. El cristal había debilitado la cuerda y con un fuerte tirón conseguí aflojarla. Con un grito de triunfo liberé mis manos justo a tiempo para sujetar la cabeza de aquella cosa e impedir que me mordiese en la cara. Yo era considerablemente más grande, así que hice fuerza con mi peso y conseguí rodar hasta colocarme encima, forcejeamos durante unos momentos que se hicieron agónicos y eternos hasta que conseguí zafarme de su abrazo lo suficiente para levantarme. Me moví hacia la izquierda y topé con una cama. Me golpeé en la espinilla y aullé de dolor. Percibí al cadáver, que se levantaba una vez más, implacable. Aquella era una pelea que no podía ganar, no de este modo.

No me lo pensé, levanté de un tirón el colchón de la cama y me lancé con él por delante a modo de escudo contra aquella cosa. El impacto fue brutal y caí encima, aplastándola. Seguía moviéndose. Me levanté con rapidez y volqué el armario sobre ella. Quedó atrapada debajo, aún se movía, pero parecía incapaz de liberarse de aquello. Grité de triunfo.

-¡Eh, cara culo! Me he cargado a tu señora.

La reacción no se hizo esperar y la puerta se abrió de golpe. Entraron los tres en tropel, yo tenía ventaja, ya que con la poca luz que entraba por la puerta yo les veía perfectamente mientras que ellos estarían cegados durante unos segundos. Esa ventaja me iba a durar poco así que tenía que actuar. Cargué contra el primero de ellos y hundí mi cabeza en su estómago, lo que le hizo doblarse. Me levante entonces de golpe y mi cabeza impacto con su barbilla. El eco del golpe me dejó atontado. El tipo cayó al suelo con la boca borboteando sangre, se había mordido la lengua. Un golpe desde la derecha me derribó. Y caí junto al armario. Esquivé por los pelos la garra del zombie que aún bajo el armario luchaba por atraparme. Gatee hacia atrás y cogí otro trozo de cristal. El segundo de aquellos tipos cargó hacia mí y tropezó con la mano, que lo agarró por el tobillo.

Se paró un segundo, con cara de sorpresa, dándome una ventaja que tenía que aprovechar, salté hacia adelante y le clavé el trozo de cristal en el cuello. Noté sangre caliente en la mano, era mía. El cristal me había hecho un corte profundo. El tipo me miró con cara de estúpido, con aquel cristal clavado en el cuello. Después cayó de rodillas y se desplomó sobre su estómago en el suelo. Un disparo tronó en la habitación. Y astillas de madera saltaron cerca de mi cuerpo. Eduardo había disparado desde el otro lado de la habitación. Había fallado por unos centímetros. Patee con fuerza el armario, y se desplazó lo suficiente para golpearle en las piernas, trastabilló y erró el segundo disparo, que se estrelló cerca de mi cabeza. Recuperó el equilibrio apoyándose en la cama. Apuntó hacia mí y se quedó helado.

Al mover el armario había liberado a su esposa de su cautiverio. El zombie se empezó a levantar despacio. Eduardo dudó. Yo no. Corrí hacia la puerta y salté al otro lado. Un tercer disparo impactó en el marco. Corrió tras de mí, pero yo le estaba esperando, agarré la silla que usaban para bloquear la puerta y mientras cruzaba a toda prisa el umbral se la estampé en la cara. El golpe lo dejó sentado de culo y el arma salió despedida hasta caer en el otro lado de la habitación. Traté de llegar a ella pero me hizo la zancadilla. Se arrojó sobre mí y luchamos en el suelo. Rodamos por el suelo golpeándonos con saña, mordiéndonos, arañándonos. Y quedó sobre mí. Sus manos rodeaban mi cuello. Traté de liberarme y no pude. Manotee en el aire buscando una salida y topé con la fría mano del cadáver sobre la mesa.

Agarré aquella mano y con las fuerzas que me quedaban tiré. El cadáver de la mesa volcó y cayó sobre nosotros, el golpe desplazó a Eduardo lo suficiente para que pudiera quitármelo de encima. Lo pateé para alejarlo y cogí la pistola. Corrí hacia la puerta abierta, donde el zombie comenzaba a salir y de un empellón lo empujé nuevamente dentro. Cerré la puerta y me giré hacia Eduardo, que trataba de alcanzar una escopeta que había cerca del sofá. Disparé al aire y se quedó quieto como una estatua.

-Mírame a la cara, cabronazo.-Le dije. Se giró y retrocedió hasta la pared. Avancé hacia él apuntando a su cabeza. -Mírame a la cara para que sepas quién va a mandarte al Infierno.

Y allí estaba, mirándome a un espejo sin reconocerme decidiendo si apretar el gatillo, o no. Se escuchó una puerta abrirse y vi a una niña pequeña, de unos 6 años, el pelo castaño y los ojos azules, llena de pecas. Me miró asustada. Aquella mirada me hizo recordar quién era.

-Natalia, coge tus cosas, nos vamos. -La niña no hizo preguntas ni se extrañó de que supiese su nombre, volvió a su cuarto y comenzó a meter sus escasas pertenencias en una mochila con la imagen del pato Donald.

-¿Qué crees que haces? - me dijo Eduardo desde el suelo.

-Se viene conmigo. - Sin dejar de apuntarle con una mano recogí mi equipo y todas las armas, lo envolví todo en una manta sucia e hice un petate. La niña salió de su cuarto y me cogió la mano.

-¿Y mamá?-Me preguntó la pequeña. La cogí en brazos y me dirigí a la puerta de salida. La dejé allí un segundo. Entré, abrí la puerta donde el zombie seguía arañando y gimiendo y salí de la casa cerrando tras de mí.

-Mamá se queda... tiene algo que discutir con tu padre.

4 mordiscos:

  1. Weeeeeeeeee!!! a la mierda ese cabrón!!! jejejej

    Qué chulo, ahora ya tienes a 2 a quien salvar...

    ResponderSuprimir
  2. Me ha gustado el detalle de Natalia.

    La verdad es que da un poco de miedín el capi, parece que te van a rajar, luego que te come el zombie.... OMG ha sido emocionante!

    ResponderSuprimir
  3. jajaajaj, muy bueno, pero amos, yo soy tu, y lo primero k hago, es encerrarle en una habitacion con su mujer zombie para ver quien sobrevive, y dependiendo de quien salga, pegarle un tiro.XDDDDDD

    ResponderSuprimir
  4. Participa en nuestro concurso de minirrelatos apocalipticos.

    ResponderSuprimir

Mándanos un "mordisco" con tu opinión. Por favor se respetuoso con los demás lectores. Cualquier comentario con contenido no apropiado será borrado sin previo aviso.