jueves 8 de abril de 2010

Capítulo 17

Caminé por la carretera con la niña en absoluto silencio hasta que fue evidente que estaba demasiado débil para dar un paso mas. Con un suspiro de resignación la subí sobre mis hombros. Cuando recordé que la habían mordido y que podía convertirse en una de aquellas cosas en cualquier momento me dieron escalofríos y se me erizó el pelo de la nuca. Pero aún así no la bajé y continuamos el camino hacia no sabía muy bien dónde. Cada paso se me hizo eterno bajo el sol abrasador. Seguía la carretera casi por inercia, hastiado, cansado y con el cuerpo molido tras lo ocurrido en la casa. Perdí la noción del tiempo, pensé que llevábamos horas caminando, me sentí agotado y decidí hacer un alto.

Regresé a la acequia para reponer agua en la cantimplora. Mientras esperábamos a que las pastillas hiciesen efecto potabilizando el agua, Natalia se sentó junto a la acequia abrazando sus pequeñas rodillas. No había dicho una palabra desde que salimos de la casa. De alguna forma parecía muerta en vida. Me costó contener las lágrimas, me sentí mas vacío que nunca. En todo aquel viaje de pesadilla no había sido capaz de salvar a nadie. Ni a Helena, ni a Gema y ahora iba a perder a Natalia. Apenas la concía, pero intuía que su vida había sido dura, con un padre criminal en la cárcel al que conoció apenas unos instantes. El poco apego que parecía mostrar por su madre me indicaba que possiblemente se hubiese criado con otra persona, tal vez los abuelos. Una vida dramática que iba a quedar truncada de una forma abrupta. Nadie se mería eso.

-¿Quieres refrescarte un poco? -Pregunté. La niña asintió se quitó el peto vaquero y la camiseta que llevaba y se metió en el agua fresca que a ella casi le llegaba a la cintura. Mientras chapoteaba me di cuenta de la marca de dientes en su brazo que antes tapaba la raída camiseta.-Natalia... ¿Te duele el brazo?

Ella negó con la cabeza. Me senté en el márgen y examiné con cuidado el bracito de la pequeña. La herida estaba curándose y la fiebre había remitido. Volví a examinar el brazo. No podía creerlo. Yo no soy médico pero sabía reconocer una herida que empieza a cicatrizar. Los bordes no estaban enrojecidos, no había infección, ni pus, la zona no tenía una temperatura anormal. Era cierto, aquella herida estaba sanando. Un torrente de sensaciones me embargó que no sabía clasificar. La niña no iba a morir, no iba a convertirse en una de aquellas cosas y yo no iba a tener que presenciarlo y acabar con ella de una manera definitiva para que pudiera descansar en paz. Era inmune, igual que yo. Aquello traía una nueva esperanza. Con dos sujetos inmunes las probabilidades de encontrar una característica común que nos hiciera resistentes a la infección eran mucho mas altas. Reí aliviado y mi risa se contagió a la pequeña que por primera vez, me sonrió.

-¿Sabes? Yo tengo una igual...-le dije señalando la marca. Giró la cabeza con curiosidad y descubrí mi hombro para enseñarle la cicatriz del mordisco.

-Mi padre dijo que a los que les muerden se vuelven como ellos. - Murmuró.

-No siempre. Mira, yo soy bastante normal.

Natalia se rio y me acarició la barba con su mano diminuta.

-Si, pareces normal.

Aquel gesto fue como un revulsivo. Mi ánimo regresó y empecé a tener algo que creía haber perdido en el túmulo donde enterré a Gema... esperanza.  Me levanté e indiqué a Natalia que se vistiera. Compartimos una barrita energética y continuamos hacia el noreste. La niña parecía encontrarse bastante mejor y parecía mas activa y animada. Aún así no se soltaba de mi mano. El sol estaba ya bastante bajo cuando encontré el todoterreno donde lo había dejado. Presentaba un aspecto lamentable. Por suerte había limpiado los cristales y parte de la sangre del asiento del copiloto. Aún así, una oscura mancha era el triste recordatorio de Gema. Montamos en el coche e hice que su pusiera el cinturón de seguridad.

-¿Es tu coche?-preguntó con curiosidad.

-No, es de una amiga.

-¿Dónde está tú amiga?

-Murió.-Lo dije sin pensar, y cuando estaba empezando a arrepentirme, la pequeña me cogió la mano y me sonrió.

-Lo siento.

Nos quedamos así unos instantes. Yo no sabía bien que hacer o que decir. Aquella niña no paraba de sorprenderme. Conduje despacio hacia la carretera y pronto estuvimos de nuevo en camino. Iba deliberadamente lento, tratando de no volver a caer en una emboscada o de pasar por alto algún detalle. Una señal me indicó que estábamos a un par de kilómetros de Torrejón de Ardoz. Yo conocía la población, que había visitado muchas veces de niño cuando mis tíos vivían allí. Sabía que la parte norte de Torrejón daban a la carretera nacional que llevaba al noreste, hacia Barcelona, y que pasaba por Guadalajara. Esa era la ruta que debía tomar.Continué mi camino mientras el sol se ponía y se hacía de noche. Agradecí la brisa fresca en el rostro y hasta la niña reía sin motivo aparente. De pronto la carretera se bifurcó y frené casi en seco. El camino de la derecha llevaba hacia Alcalá de Henares mientras que siguiendo adelante me dirigiría hacia Torrejon. Desde donde estaba ya podía ver algunos de los edificios a pesar de la total oscuridad. El camino de la derecha parecía mucho mas rápido y libre de encuentros que cruzar la ciudad, giré el volante y cuando me disponía a arrancar Natalia señaló hacia la ciudad.

-Hay luz allí. -su manita señalaba un punto de luz entre los edificios. Saqué apresuradamente los prismáticos y distiguí una ventana iluminada por una luz tililante, posiblemente una vela. Se trataba de un cuarto piso en un bloque enorme de ladrillo descubierto. La posibilidad de que allí hubiera otro superviviente me hizo dar un respingo. Tenía que elegir. Miré a Natalia que seguía señalando el punto luminoso.

-Vamos a ver quien es. -Dije. Y enderezando el volante conduje hacia Torrejón. Me aproximé despacio a la ciudad, evitando los coches parados y abandonados en las cunetas. De pronto percibí movimiento y me di cuenta que la ciudad estaba plagada de muertos vivientes atraíados por el ronroneo del motor. Aceleré el paso y embestí a uno de ellos que se puso delante de los faros. El faro quedó oscurecido por la negruzca sangre del hombre. Natalia comenzó a gritar.

-No grites cielo, tápate los ojos y no mires hasta que yo te lo diga. -La niña obedeció llorando y yo pisé el acelerador mientras me internaba de lleno en la ciudad. Maniobré violentamente tratando de esquivar maletas abandonadas, cuerpos en descomposición, y todo tipo de enseres. La huida desesperada y los saqueos habían convertido aquellas calles en una zona de guerra. Golpee a dos zombies que cayeron pesadamente como los bolos. No había farolas y las únicas luces eran las del coche. Di varias vueltas en una zona en la que créia que había visto la luz.

-¡La luz, está ahí!- gritó la niña. Había pasado por delante del portal sin darme cuenta.

-Creía que tenías los ojos tapados...-la regañé cariñosamente. Di marcha atrás despacio atropellando a dos mas de aquellas criaturas. En la penumbra se percibían a decenas de ellos caminando por la calle. Toqué el claxon del coche.

-¡Eh!¡Los de arriba!-Guardé silencio. Los sonidos de arrastrar pies y los gemidos comenzaron a acercarse. Paré el motor, liberé a Natalia del cinturón y bajé del coche. Golpeé a uno que se había llegado demasiado cerca, cogí a la niña en brazos, me cargué el hatillo con mis cosas y disparé hacia los zombies mas cercanos con el fusil. Las detonaciones restallaron contra el bloque de ladrillos y los fogonazos me iluminaron una escena desoladora. Había decenas de ellos avanzando hacia el coche. No podía apuntar con cuidado así que disparé un par de ráfagas bajas. Algunos cayeron al suelo y comenzaron a arrastrarse hacia mi con los restos cercenados de sus piernas. Al menos había ganado tiempo.

-¡Aquí, en el cuarto!- Una voz masculina se alzó en medio del tiroteo. Miré hacia la ventana y distinguí a un hombre que hacía señas. -¡El portal 19!

Corrí todo lo aprisa que pude hasta el portal y me estrellé con una puerta cerrada con llave, no había electricidad, por lo que no podían abrirme con el portero automático. Tenía que pensar con rapidez. Se trataba de una puerta vieja de forja con cristales reforzados. Retrocedí y poniendo a Natalia tras de mí disparé a uno de los cristales de la esquina inferior. Quité los restos con la culata del fusil y me giré hacia la niña.

-Natalia, necesito que hagas una cosa por mi.- Ella me miró llorando. - Tienes que entrar por ese barrote y abrirme la puerta desde dentro.¿Podrás?

-Pero esta muy oscuro... -protestó entre lágrimas. Los muertos avanzaban, Hinqué rodilla en tierra para afianzar mi puntería y conseguí tumbar a dos de ellos en 5 disparos. Pero seguían avanzando inexorablemente. Miré a Natalia una vez mas.

-Natalia, por favor. Tienes que ser valiente ahora. Yo se que eres una niña valiente.

Aún lloriqueando Natalia se introdujo entre los barrotes de forja y se perdió en la oscuridad del portal. Pasaron unos segundos agónicos, me coloqué con la espalda contra la puerta. Disparé hacia los zombies una y otra vez... Algunos caían, otros seguían avanzando como si nada y entonces el fusil hizo clic. Tardé un par de segundos en darme cuenta que me había quedado sin balas. Una mujer a la que faltaba medio rostro se me echó encima, la golpée con la culata y cayó junto a mi. Me agarró la bota y la pateé con fuerza la cabeza. Otro trató de cogerme el brazo. Se me echaron encima, veía sus ojos sin vida, sus fauces abiertas. Era el fin.

La puerta se abrió de golpe y caí de espaldas dentro del portal. Grité de alivio y cerré la puerta de una patada. Natalia estaba allí aún llorando. Corrí hasta ella y la abracé.

-Lo has hecho muy bien, nena. Estoy orgulloso.

Se colgó de mi cuello con sus pequeños bracitos y lloró desconsoladamente. Subí las escaleras con la pistola en la mano y pegado a la pared, revisando con cuidado cada descansillo con la linterna. El bloque estaba vacío. Algunas puertas estaban abiertas de par en par y había ropa y cosas que la gente había tenido que dejar atrás esparcidas por el suelo. Tuve un momento de triste nostalgia de mi casa. Llegamos al cuarto y golpeé todas las puertas con la culata de la pistola.

-¡Eh! ¡Abra!

Una de las puertas se abrió con un chirrido. En el interior había un hombre de unos treinta años sujetando una vela, llevaba el pelo sucio y ensortijado y la barba muy desarreglada, se ajustó las gafas y sonrió ante mi expresión de sorpresa.

-Me llamo Juan de Dios... y si... estoy en silla de ruedas...

5 mordiscos:

  1. Juer, menuda troup se han juntado.

    A ver qué les pasa.

    Enhorabuena!

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  2. ejeeej, genial, y ahora un tio en silla de ruedas, lo k faltaba, aver como sales de esa!!XD

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  3. Gran historia, y como buen fanático de los zombies te diré que no le falta de nada !!
    sigue así !!

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  4. Muy buena la novela! os dejo la dirección de mi blog para que le echéis uno ojo y si os gusta podemos intercambiar enlaces.
    Un saludo!
    http://zombiplanet.wordpress.com/

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  5. Por supuesto, te añado a la lista de enlaces de webs amigas. Si tienes un banner pequeñito como los de los laterales, te pongo también el banner.

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