Nos abrimos paso a golpes los primeros metros. El calor me hacía sudar por cada poro. La camiseta empapada se pegaba a mi cuerpo y las correas de la mochila se me clavaran en las axilas y me irritaban la piel. Cada golpe era un suplicio. Me sentía obligado a abrir la marcha. Por mi inmunidad y corpulencia era el indicado para este tipo de tarea. Así que iba a la cabeza, abriendo paso, buscando bajo los coches para evitar sorpresas desagradables, derribando a los que podía atacando sus piernas para después pisar las cabezas hasta que se rompían. Inmisericorde, impasible. Al menos era la imagen que quería transmitir, aunque mi corazón se encogía con cada pisotón y la nausea me asaltaba con cada cuerpo decapitado. Apreté el paso, forcé la marcha todo lo que pude a través de aquel laberinto de coches detenidos y maletas abandonadas.
-Baja el ritmo... no podemos seguir así. -Me dijo Rubén tras un pequeño esprint para alcanzarme.
-Si nos paramos estamos muertos. Mira a toda esa gente, cometió el error de sentarse a esperar. - Respondí jadeando. El panorama era desolador. Cientos de coches detenidos y abandonados, algunos con cadáveres dentro pudriéndose al sol. Eso los que tuvieron suerte. Los que no eran ahora muertos vivientes que avanzaban con ese falso lento caminar hacia nosotros con las fauces abiertas y las manos extendidas, buscando alimentarse de nosotros.
-Esto es una pesadilla... -Murmuró secándose el sudor. - ¿Estás seguro de dónde vamos?
Me encogí de hombros por toda contestación y me adelante para golpear con saña a dos de aquellos zombies que se interponían en nuestro camino. De uno en uno, obligados a pasar por un corredor estrecho, no eran un problema. Eran torpes, lentos de reflejos y faltos de equilibrio. Derribarlos era fácil. Lo que me preocupaba era que esos mismos recovecos se podían convertir al momento en una ratonera, no podíamos quedarnos quietos en ninguna parte. El arcen y los lindes de la carretera estaban también plagados de coches abandonados que habían roto el quitamiedos y salido al campo tratando de escapar del atasco. Y posiblemente habían provocado otro mayor. Y más allá, el campo a través reduciría mucho nuestra marcha y sería casi impracticable para la silla de ruedas. Yo lo sabía, y todos lo sabían. Juan de Dios nos estaba restrasando y nos ponía en peligro a todos.
-Eh, Rambo, deberíamos salir de la carretera e ir por el campo...- por supuesto, David fue el primero en hacérmelo notar.
-Iríamos muy lentos, además de que la silla sería un estorbo.- Respondí sin mirarlo.
-Ya, pero es que así vamos a morir todos. -Lo miré con desprecio.- Si, tú quieres mucho a tu amigo, no se si es que sois maricones o que, pero por ir por la puta carretera nos pueden joder a todos y yo no estoy dispuesto.
Resoplé tratando de mantener la calma. Toda la furía de aquellos días comenzó a bombear de nuevo en mi cabeza, no me dejaba pensar.
-Mira pedazo de gilipollas. Yo hago las cosas a mi manera, nadie te ha pedido que vengas. Si te gusta bien, si no, te jodes. Si te quieres ir, el campo es muy ancho. Pero no me toques los huevos porque no dudaré en desperdiciar una bala para callarte la bocaza.
Su cara de sorpresa casi me provocó una carcajada, levantó las manos y se alejó murmurando. Miré de reojo y vi como hablaba con la pareja joven. Aquel bastardo estaba malmetiendo todo lo que podía. Rubén se puso a mi altura.
-Es un gilipollas. Oye, no te hemos dado las gracias. No tenías por qué haber parado ni por qué haber compartido el agua ni nada.
-Menos las armas, todo es de Juan de Dios. Sin él, estaríamos jodidos.- respondí malhumorado.
-Vale, vale, yo no soy partidario de abandonar a nadie. No somos bestias ¿No? - Me miró con amabilidad y volví a estrechar su mano.
-Se que parece una locura, pero tengo que encontrar a mi esposa y llegar hasta los militares.
-¿Crees que estaremos más seguros con ellos?- Preguntó mientras me alejaba.
-No, ellos estarán mejor con nosotros. -Rubén me miró con una expresión atónita, como si estuviese loco. Retrocedí sobre mis pasos y le enseñé mi cicatriz. - Esa niña y yo somos inmunes. No podemos convertirnos en esas cosas.
La expresión de Rubén cambió del pánico al ver la marca al asombro total y luego a la esperanza.
-¡Inmunes!- gritó.
-Baja la voz. -indiqué.- No se lo digas a los demás. La última vez me encerraron en un laboratorio durante días, me separaron de mi esposa y me hicieron todo tipo de pruebas.
-¿Para encontrar una vacuna o algo?¿No lo consiguieron?
-No hubo tiempo, los muertos con los que experimentaban se escaparon. Aquello... fue una masacre.
Me alejé camino arriba y continué con mi rutina de buscar la mejor ruta y despejarla. Fueron dos horas largas y agotadoras hasta que pudimos abandonar la autopista y coger una carretera secundaria bastante despejada. Era media tarde y el sol nos estaba abrasando. Un poco más adelante vimos las luces de un club de carretera. Siempre me había hecho gracia el eufemismo de club para referirse a un prostíbulo. Este en concreto de llamaba Club Casablanca, como si aquel antro de mala muerte de fachada rosa chicle tuviese la elegancia del café de Rick. Las persianas estaban parcialmente bajadas y no se veía ni un alma. Hice un alto y el resto se reagruparon tras de mí, sudando y resollando.
-¿Qué pasa? -Me preguntó Juan de Dios que también mostraba signos de fatiga.
-Están demasiado cansados, hace demasiado calor para continuar. Y yo tampoco estoy bien...-confensé.
-¿Quieres que nos escondamos ahí? - dijo señalando el edificio.
-¿Se te ocurre un sitio mejor?
-Así a bote pronto, no. -Sonrió.
Me giré hacia el resto del grupo.
-No podemos seguir a este paso bajo la solanera. Propongo que nos refugiemos en aquel edificio hasta que caiga un poco la tarde.
-¿Propones? ¿Ahora es esto una democracia? - Me increpó David.
-Te recuerdo que puedes hacer lo que te salga de... - Miré a Natalia y no acabé la frase. - A ver, hace mucho calor, y estamos cansados. Cuando caiga un poco el sol deberíamos poder avanzar más rápido.
-¿A oscuras? - Preguntó Julián secándose el sudor de la frente con el antebrazo.
-Si es necesario si. - Se escuchó un murmullo de desaprobación y tuve que levantar la voz para hacerme escuchar. - No se si os habéis percatado que el mayor peligro de esas cosas es cuando vienen en grupo. Quedarse quieto en un mismo sitio es lo verdaderamente peligroso, mientras nos mantengamos en movimiento podemos esquivarlos.
-Eso es cierto.- Dijo Juan de Dios reforzando mi teoría.
Natalia se soltó de la mano de Sara y me tiró del pantalón hasta que la cogí en brazos. Se abrazó a mi cuello con sus bracitos. Me sentí de nuevo conmovido y casi rompo a llorar sin motivo. El resto de aquella gente me seguía mirando confusa.
-Al menos descansaremos un rato a cubierto, comeremos y beberemos. Tenemos tres armas, podemos defender un sitio tan pequeño. - Esto último no me lo creía ni yo. Con la poca munición que teníamos y siendo todos tiradores inexpertos, si esas cosas se proponían entrar lo harían, y no podríamos hacer nada para evitarlo. Mi plan seguía siendo movernos en cuanto el sol cayera un poco y continuar la marcha por el arcén de la carretera. Mantenernos en movimiento me parecía la mejor solución.
Sin añadir nada más me dirigí al Club Casablanca. Se trataba como he dicho de un edificio pequeño en medio de ninguna parte. Tenía tres pisos con ventanas cuadradas y en la parte delantera un gran cartel luminoso que ahora permanecía apagado como el resto de luces del local. El aparcamiento era de tierra apisonada, con barriles viejos u oxidados marcando las esquinas. Era grande y cabrían varios camiones. En este momento estaba tarnquilo. El resto del grupo me siguió a regañadientes.
La puerta principal tenía bajada la persiana metálica. Dejé a Natalia en brazos de Juan de Dios y traté de levantarla sin éxito.
-Podéis ayudar cuando queráis.- Escupí con sarcasmo.
-Hay... hay otra puerta por la parte de atrás es una puerta de incendios, pero creo que puede abrirse desde fuera. -Dijo avergonzado Julián.
-¿Cómo lo...? -Fuí a preguntar. Interrumpí mi pregunta al recordar que Julián era camionero. Si hacía esta ruta es posible que hubiese sido cliente. No iba a juzgarlo. A estas alturas, yo que había asesinado a sangre fría a varios hombres no era ya nadie para juzgar.
Rodeamos el edificio y encontramos la salida de incendios de la que Julián nos había hablado. La examiné de cerca.
-Si tuviésemos una palanca creo que podríamos forzarla. - Concluí.
-Espera - me detuvo Rubén.- ¿Qué pasa con la alarma?
-Joder, si...-dijo Juan de Dios, ante la mirada malhumorada de Natalia.- Si salta la alarma será como agitar una campanilla para esos cabrones y decir "¡Eh chicos, la comida!".
-¿Pero la alarma funciona sin electricidad? - Pregunté.
-Se supone que si se corta la corriente tiene una pequeña batería y además llama a la central de alarmas. - Me dijo el chico de la pareja joven acercándose.
-¿Estás seguro, eh... eras? - hice un gesto para incicarle que no recordaba su nombre.
-Daniel Castillo. - Le animé a contiuar.- Si, bueno... yo trabajé de vigilante hace tiempo para sacarme un dinero.
-De acuerdo... hagámoslo. ¿Qué podemos usar? - Registramos las mochilas con cuidado y decidimos intentar forzar la puerta con ayuda de unos gruesos destornilladores que Juan de Dios había cogido del todoterreno.
Aquello nos llevó casi media hora larga de forcejeo, hasta que logramos desencajar ligeramente el pestillo y meter un destornillador en la rendija. A una señal abrimos la puerta esperando que saltase la alarma en cualquier momento. Pero no lo hizo. Suspiramos de alivio y David se abalanzó al interior.
-¡Espera! - Traté de detenerlo. Pero ya estaba en el interior. Cogí una linterna, y la encendí para iluminar. Lo vi cruzar una puerta y perderse en el interior. - Espero que no haya ninguna de esas cosas dentro... maldito capullo.
El resto del grupo me miró como esperando confirmación. Por un momento me sentí furioso, no deseaba ser responsable de aquella gente. Suspiré.
-Si, vale, iré primero.
Empuñé el fusil y también entré en el edificio.
-Baja el ritmo... no podemos seguir así. -Me dijo Rubén tras un pequeño esprint para alcanzarme.
-Si nos paramos estamos muertos. Mira a toda esa gente, cometió el error de sentarse a esperar. - Respondí jadeando. El panorama era desolador. Cientos de coches detenidos y abandonados, algunos con cadáveres dentro pudriéndose al sol. Eso los que tuvieron suerte. Los que no eran ahora muertos vivientes que avanzaban con ese falso lento caminar hacia nosotros con las fauces abiertas y las manos extendidas, buscando alimentarse de nosotros.
-Esto es una pesadilla... -Murmuró secándose el sudor. - ¿Estás seguro de dónde vamos?
Me encogí de hombros por toda contestación y me adelante para golpear con saña a dos de aquellos zombies que se interponían en nuestro camino. De uno en uno, obligados a pasar por un corredor estrecho, no eran un problema. Eran torpes, lentos de reflejos y faltos de equilibrio. Derribarlos era fácil. Lo que me preocupaba era que esos mismos recovecos se podían convertir al momento en una ratonera, no podíamos quedarnos quietos en ninguna parte. El arcen y los lindes de la carretera estaban también plagados de coches abandonados que habían roto el quitamiedos y salido al campo tratando de escapar del atasco. Y posiblemente habían provocado otro mayor. Y más allá, el campo a través reduciría mucho nuestra marcha y sería casi impracticable para la silla de ruedas. Yo lo sabía, y todos lo sabían. Juan de Dios nos estaba restrasando y nos ponía en peligro a todos.
-Eh, Rambo, deberíamos salir de la carretera e ir por el campo...- por supuesto, David fue el primero en hacérmelo notar.
-Iríamos muy lentos, además de que la silla sería un estorbo.- Respondí sin mirarlo.
-Ya, pero es que así vamos a morir todos. -Lo miré con desprecio.- Si, tú quieres mucho a tu amigo, no se si es que sois maricones o que, pero por ir por la puta carretera nos pueden joder a todos y yo no estoy dispuesto.
Resoplé tratando de mantener la calma. Toda la furía de aquellos días comenzó a bombear de nuevo en mi cabeza, no me dejaba pensar.
-Mira pedazo de gilipollas. Yo hago las cosas a mi manera, nadie te ha pedido que vengas. Si te gusta bien, si no, te jodes. Si te quieres ir, el campo es muy ancho. Pero no me toques los huevos porque no dudaré en desperdiciar una bala para callarte la bocaza.
Su cara de sorpresa casi me provocó una carcajada, levantó las manos y se alejó murmurando. Miré de reojo y vi como hablaba con la pareja joven. Aquel bastardo estaba malmetiendo todo lo que podía. Rubén se puso a mi altura.
-Es un gilipollas. Oye, no te hemos dado las gracias. No tenías por qué haber parado ni por qué haber compartido el agua ni nada.
-Menos las armas, todo es de Juan de Dios. Sin él, estaríamos jodidos.- respondí malhumorado.
-Vale, vale, yo no soy partidario de abandonar a nadie. No somos bestias ¿No? - Me miró con amabilidad y volví a estrechar su mano.
-Se que parece una locura, pero tengo que encontrar a mi esposa y llegar hasta los militares.
-¿Crees que estaremos más seguros con ellos?- Preguntó mientras me alejaba.
-No, ellos estarán mejor con nosotros. -Rubén me miró con una expresión atónita, como si estuviese loco. Retrocedí sobre mis pasos y le enseñé mi cicatriz. - Esa niña y yo somos inmunes. No podemos convertirnos en esas cosas.
La expresión de Rubén cambió del pánico al ver la marca al asombro total y luego a la esperanza.
-¡Inmunes!- gritó.
-Baja la voz. -indiqué.- No se lo digas a los demás. La última vez me encerraron en un laboratorio durante días, me separaron de mi esposa y me hicieron todo tipo de pruebas.
-¿Para encontrar una vacuna o algo?¿No lo consiguieron?
-No hubo tiempo, los muertos con los que experimentaban se escaparon. Aquello... fue una masacre.
Me alejé camino arriba y continué con mi rutina de buscar la mejor ruta y despejarla. Fueron dos horas largas y agotadoras hasta que pudimos abandonar la autopista y coger una carretera secundaria bastante despejada. Era media tarde y el sol nos estaba abrasando. Un poco más adelante vimos las luces de un club de carretera. Siempre me había hecho gracia el eufemismo de club para referirse a un prostíbulo. Este en concreto de llamaba Club Casablanca, como si aquel antro de mala muerte de fachada rosa chicle tuviese la elegancia del café de Rick. Las persianas estaban parcialmente bajadas y no se veía ni un alma. Hice un alto y el resto se reagruparon tras de mí, sudando y resollando.
-¿Qué pasa? -Me preguntó Juan de Dios que también mostraba signos de fatiga.
-Están demasiado cansados, hace demasiado calor para continuar. Y yo tampoco estoy bien...-confensé.
-¿Quieres que nos escondamos ahí? - dijo señalando el edificio.
-¿Se te ocurre un sitio mejor?
-Así a bote pronto, no. -Sonrió.
Me giré hacia el resto del grupo.
-No podemos seguir a este paso bajo la solanera. Propongo que nos refugiemos en aquel edificio hasta que caiga un poco la tarde.
-¿Propones? ¿Ahora es esto una democracia? - Me increpó David.
-Te recuerdo que puedes hacer lo que te salga de... - Miré a Natalia y no acabé la frase. - A ver, hace mucho calor, y estamos cansados. Cuando caiga un poco el sol deberíamos poder avanzar más rápido.
-¿A oscuras? - Preguntó Julián secándose el sudor de la frente con el antebrazo.
-Si es necesario si. - Se escuchó un murmullo de desaprobación y tuve que levantar la voz para hacerme escuchar. - No se si os habéis percatado que el mayor peligro de esas cosas es cuando vienen en grupo. Quedarse quieto en un mismo sitio es lo verdaderamente peligroso, mientras nos mantengamos en movimiento podemos esquivarlos.
-Eso es cierto.- Dijo Juan de Dios reforzando mi teoría.
Natalia se soltó de la mano de Sara y me tiró del pantalón hasta que la cogí en brazos. Se abrazó a mi cuello con sus bracitos. Me sentí de nuevo conmovido y casi rompo a llorar sin motivo. El resto de aquella gente me seguía mirando confusa.
-Al menos descansaremos un rato a cubierto, comeremos y beberemos. Tenemos tres armas, podemos defender un sitio tan pequeño. - Esto último no me lo creía ni yo. Con la poca munición que teníamos y siendo todos tiradores inexpertos, si esas cosas se proponían entrar lo harían, y no podríamos hacer nada para evitarlo. Mi plan seguía siendo movernos en cuanto el sol cayera un poco y continuar la marcha por el arcén de la carretera. Mantenernos en movimiento me parecía la mejor solución.
Sin añadir nada más me dirigí al Club Casablanca. Se trataba como he dicho de un edificio pequeño en medio de ninguna parte. Tenía tres pisos con ventanas cuadradas y en la parte delantera un gran cartel luminoso que ahora permanecía apagado como el resto de luces del local. El aparcamiento era de tierra apisonada, con barriles viejos u oxidados marcando las esquinas. Era grande y cabrían varios camiones. En este momento estaba tarnquilo. El resto del grupo me siguió a regañadientes.
La puerta principal tenía bajada la persiana metálica. Dejé a Natalia en brazos de Juan de Dios y traté de levantarla sin éxito.
-Podéis ayudar cuando queráis.- Escupí con sarcasmo.
-Hay... hay otra puerta por la parte de atrás es una puerta de incendios, pero creo que puede abrirse desde fuera. -Dijo avergonzado Julián.
-¿Cómo lo...? -Fuí a preguntar. Interrumpí mi pregunta al recordar que Julián era camionero. Si hacía esta ruta es posible que hubiese sido cliente. No iba a juzgarlo. A estas alturas, yo que había asesinado a sangre fría a varios hombres no era ya nadie para juzgar.
Rodeamos el edificio y encontramos la salida de incendios de la que Julián nos había hablado. La examiné de cerca.
-Si tuviésemos una palanca creo que podríamos forzarla. - Concluí.
-Espera - me detuvo Rubén.- ¿Qué pasa con la alarma?
-Joder, si...-dijo Juan de Dios, ante la mirada malhumorada de Natalia.- Si salta la alarma será como agitar una campanilla para esos cabrones y decir "¡Eh chicos, la comida!".
-¿Pero la alarma funciona sin electricidad? - Pregunté.
-Se supone que si se corta la corriente tiene una pequeña batería y además llama a la central de alarmas. - Me dijo el chico de la pareja joven acercándose.
-¿Estás seguro, eh... eras? - hice un gesto para incicarle que no recordaba su nombre.
-Daniel Castillo. - Le animé a contiuar.- Si, bueno... yo trabajé de vigilante hace tiempo para sacarme un dinero.
-De acuerdo... hagámoslo. ¿Qué podemos usar? - Registramos las mochilas con cuidado y decidimos intentar forzar la puerta con ayuda de unos gruesos destornilladores que Juan de Dios había cogido del todoterreno.
Aquello nos llevó casi media hora larga de forcejeo, hasta que logramos desencajar ligeramente el pestillo y meter un destornillador en la rendija. A una señal abrimos la puerta esperando que saltase la alarma en cualquier momento. Pero no lo hizo. Suspiramos de alivio y David se abalanzó al interior.
-¡Espera! - Traté de detenerlo. Pero ya estaba en el interior. Cogí una linterna, y la encendí para iluminar. Lo vi cruzar una puerta y perderse en el interior. - Espero que no haya ninguna de esas cosas dentro... maldito capullo.
El resto del grupo me miró como esperando confirmación. Por un momento me sentí furioso, no deseaba ser responsable de aquella gente. Suspiré.
-Si, vale, iré primero.
Empuñé el fusil y también entré en el edificio.
Ya tenía ganas de retomar esta historia. Un saludo!
ResponderEliminarEstimado caballero:
ResponderEliminarEs mi ilusión invitarle a seguir en el blog Arcana Mundi la película eslava; La fortaleza de Brest.
No sólo se trata de mostrar al visitante esta apasionante película extranjera, si no viajar a través de sus artículos anexos por una parte de la historia europea desconocida para la mayoría de nosotros.
Espero que sea de su agrado esta batería de entradas.
Se agradece una nueva entrada de esta magnífica historia.
ResponderEliminarGracias.
Tio, una historia genial, me la he leido de un tirón, pero ahora ¿como continua la historia? ¿sigues escribiendola? Necesito más :)
ResponderEliminarSaludos y gran trabajo.
lo cierto es que ya empiezo a tener mono: mi organismo me pide Suspense, intriga, y por supuesto, ZOMBIS
ResponderEliminarHan pasado más de seis meses. Es posible que el autor de este diario haya muerto a manos de esa plaga.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminar