El aire en la caja del camión era sofocante y el hedor a fruta podría persistía en el ambiente a pesar de que habíamos arrojado fuera toda la mercancía. Natalia dormitaba en brazos de Sara. Su madre, Laura, lloraba abrazada a sus propias rodillas en una esquina. Julian se mesaba la barba nervioso y negaba con la cabeza, deshecho anímicamente. La mortecina luz de una linterna alargaba las sombras dando un aspecto fantasmal a la escena.
-Hagámoslo fuera. -Dijo con voz entrecortada Juan de Dios.
Julian me miró y yo asentí. Se acercó a la puerta y trasteó con el destornillador para abrir el pestillo. Con un chasquido la puerta se abrió y la brisa nocturna inundó el compartimento. Salté a tierra y mis ojos tardaron unos instantes en adaptarse a la oscuridad. No percibí movimiento alguno entre los coches ni en la distancia. Busque la silla de ruedas ensangrentada y la puse de pie. Julián me ayudó a bajar a Juan de Dios, que ya respiraba de forma acelarada, y a sentarlo en la silla. Hizo amago de bajar del camión y negué con la cabeza.
-No... coge el fusil y monta guardia aquí. No hay que dejarlas solas. -Asintió con un "Si" mudo y entrecerró la puerta del camión. Yo empujé la silla hasta el borde la carretera y después, saliendo del arcén, por una pequeña cuesta de tierra no demasiado empinada, hasta un campo seco y lleno de maleza. Empujar la silla por aquel suelo era difícil y constantemente nos quedábamos atorados. Por mi mente cruzó la idea de que mi regreso no sería así. Volvería solo. Y me sentí enormemente desgraciado. Un poco más adelante había una colina con algunos árboles. Juan de Dios pareció leer mi pensamiento.
-Allí, junto a los árboles... -Cada vez le costaba más hablar. Tenía mucha fiebre y los ojos enrojecidos por los derrames. El vendaje improvisado que cubría su brazo derecho, donde le habían mordido, estaba sucio y supuraba una sustancia negruzca y maloliente. Ya era uno de ellos. Los dos sabíamos lo que había que hacer. Tras un esfuerzo que me pareció titánico llegamos a la pequeña colina y allí me senté en el suelo, en la fría tierra, junto a él.
-Esto es una putada... - dije tratando de contener las lágrimas. Él simplemente me sonrió y me puso la mano sobre el hombro. Pasaron los minutos en silencio. Dos amigos contemplando la luna en un páramo perdido, sin otra que hacer más que esperar la muerte. Aquello me resultó patético. De pronto Juan de Dios comenzó a convulsionar. Me arrojé sobre la silla y lo sujeté como pude. El ataque, de apenas unos segundos, duró horas en mi mente mientras esperaba el fin en cualquier momento. Con la misma rapidez que había empezado el brote cesó, Juan de Dios se relajó y supe entonces que era la hora.
-Cuida de esa gente... eres... buena persona... Si ves a mi mujer... dile... que la perdono... -Fueron sus últimas palabras. Su respiración se apagó, sus ojos se cerraron y la cabeza cayó inerte a un lado.
Cogí la pistola de la parte de atrás de mi cinturón y la puse sobre su frente. La mano tembló sólo unos instantes, mientras encontraba en mi interior la fuerza y convicción necesarias para hacer lo que debía hacerse. ¿Por qué yo? ¿Por qué debía enterrar a otro amigo en una oscura cuneta? No tenía tiempo para hacerme muchas preguntas. Juan de Dios regresaría como no muerto en unos instantes y yo le había prometido que no permitiría que eso sucediese. Me quité las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano.
-Adios, amigo. -Murmuré. Y entonces apreté el gatillo.
Unas horas antes las cosas no parecían ir tan mal...
Me interné por la puerta de servicio del club tras David, maldiciendo y maldiciéndole por estúpido, no sabíamos si había alguna de esas cosas dentro. Atravesé un pasillo angosto y sucio, dejé atrás una puerta cerrada con candado y entré en una cocina sucia y poco iluminada. Los cacharros estaban por el suelo y la sangre seca por todas partes indicaban que en el lugar había tenido lugar una pelea encarnizada. Mala señal, muy mala. Apenas podía ver en la penumbra del lugar y el olor a putrefacción era insoportable.
Una mano me palpó el hombro y estuve a punto de descerrajar un disparo de fusil cuando me percaté que era Rubén, me tendió una pequeña linterna, antigua, de pila de petaca. Tardé un par de segundos en encenderla e iluminar la escena, estaba peor de lo que creía. Había mucha sangre y restos que no sabía decir si eran humanos.
-Empiezo a arrepentirme de haber entrado aquí... -Murmuré. Y Rubén asintió. No había rastro de David en la cocina, así que avancé con cuidado por el resbaladizo suelo hasta una puerta doble al fondo de la cocina. De pronto un estruendo de cacharros tras de mí me hizo girar tenso como una cuerda de guitarra, el grupo estalló en gritos, en medio del caos iluminé con la linterna mientras trataba de hacerme escuchar sobre los gritos.
-¡Tranquilos! - Grité, consiguiendo que se callaran por un instante.
-He sido... yo- dijo Daniel. - Perdonad, he tropezado.
Un murmullo de alivio se escuchó en el grupo. Yo maldije una vez más. Si había alguien en casa, ya sabía que estábamos allí. Les hice una seña para que se mantuviesen en silencio y me dirigí de nuevo a la puerta de la cocina. Escuché ruido al otro lado. Y crucé con velocidad con el fusil por delante, como había visto en las películas.
-¡Tranquilo, Rambo! - Me dijo David cuando entré en la zona del bar, una gran sala llena con una barra sucia rodeada de taburetes, unas mesas con sillas de madera y unos sillones negros al fondo llenos de quemaduras de cigarrillo. El olor a humedad y alcohol me saturó por un momento. Al menos no era olor a muerte. David hizo un movimiento raro y me dio la impresión de que ocultaba algo en la parte de atrás de la camiseta, pero sin estar seguro preferí dejar la cosa estar. - Estaba comprobando las máquinas...
-Querrás decir la caja... -señaló acertadamente Julián.
David se separó de la registradora y se encogió de hombros. Agarró una botella de Johnny Walker y se sirvió una copa en un vaso de tubo.
-¿Y qué? Los dueños están muertos y el dinero está ahí, cada uno hemos cogido lo que hemos necesitado ¿O es que tú no has buscado en los coches? Ahora no nos hagamos los santos...
-Todos hemos tenido que hacer cosas desagradables para seguir vivos, aquí no se ha librado nadie... -Zanjé la cuestión.- No me importa si has cogido el dinero, para mi no vale una mierda. Pero espero que si encontráis comida, agua o medicinas, las compartáis con el grupo y se administren de manera...
-No esperarás que te demos lo que encontremos ¿No? ¿Te crees que por llevar un arma ya estás al mando?- me interrumpió.
-¿Me quieres dejar hablar? - le grité.- Yo no he dicho que lo vaya administrar yo, he dicho que se deberían administrar y racionar.
-¿Acaso crees que alguien va a decidir algo en tu contra mientras lleves ese fusil? - Levantó más la voz.
-David, no digas tonterías... -contestó la novia de Daniel, Mayte, hablando por primera vez.- Nos ha salvado la vida, nos ha dado su agua, nos ha protegido hasta aquí. ¿Qué pasa contigo?
-Si, si hubiese querido hacernos daño o robarnos podría haberlo hecho en la carretera... Al contrario...nos han dado cosas y nos han traído hasta aquí a salvo...- Añadió Sara cogiendo en brazos a Natalia.
-¡Nos ha traído aquí en contra de nuestra voluntad y poniéndonos en peligro a cada paso por traer a ese tullido! -Gritó una vez más David. -¡Ni siquiera tiene un plan! ¡No sabe donde vamos!
-Eres un gilipollas- Dijo Julian. David intentó cogerlo de la pechera y Rubén le sujetó.
-Si no se lo dices tú, se lo diré yo, creo que tienen que saberlo. -Dijo Rubén mirándome fíjamente. Al principio no sabía a qué se refería, hasta que, soltando a David, que parecía haberse calmado, se señaló el hombro. El resto de la gente pareció intuir algo y se apartó de mí. Suspiré con resignación y hubo un pequeño brote de pánico.
-¿Te han mordido? - Prguntó Laura apartándose por reflejo y pegándose a su marido.
-Si, la primera noche de todo esto. - Asentí. Julian dió un brinco hacia atrás y cayó de culo en el suelo derribando un taburete. El resto dieron pasos atrás hasta que Juan de Dios los tranquilizó.
-¡Tranquilos! Es inmune. No puede transformarse en esas cosas. - Dijo él trantando de calmar los ánimos. No lo consiguió. - ¿No os dáis cuenta? Su cuerpo produce anticuerpos, repele la infección o lo que sea...
-Es cierto.- Añadió Rubén tranquilizando a su esposa.- La gente mordida muere en horas de la infección.
-¿Puede... haber una vacuna? - Preguntó Julián mientras Daniel le ayudaba a levantarse del suelo.
-Estaba en un programa de investigación en un hospital militar en la sierra para encontrar una vacuna o una cura... El laboratorio tuvo un problema de seguridad... Algunas de esas cosas se escaparon, cundió el pánico...
-Eso es una bola, no hay vacuna... si te muerden estás jodido.- Exclamó David que se negaba a no tener razón. Me quité la mochila y la camiseta y me iluminé la cicatriz con la linterna. La herida estaba perfectamente sanada, aunque aún se apreciaban las marcas que habían dejado los dientes al desgarrar mi carne. -Eso... eso te lo ha podido hacer cualquiera...
-No seas capullo... -Contestó Julián. - ¿Hay más como tú?
-La niña, dije señalando a Natalia. Su padre también lo era.
-¿Dónde está su padre? -preguntó inocentemente Sara.
-Lo maté. -Concluí la conversación. David tragó de golpe el fondo de su copa y se alejó lo que pudo de mí. Se hizo un incómodo silencio que duró demasiado, hasta que Rubén lo rompió con un carraspeo.
-Bueno... tenemos que terminar de asegurar este sitio ¿No?
-Si, sería mejor que el grupo principal se quedase aquí con una de las armas y que una o dos patrullas registren el sitio...
-Yo quiero hacer algo útil. -Dijo Daniel.
Juan de Dios le entregó la pistola.
-Yo no puedo subir escaleras... me quedaré aquí con el resto.
-Yo me quedaré en la planta de abajo y veré como está esto...- Comentó Rubén mientras se colgaba el fusil a la espalda.
-De acuerdo, Daniel y yo subiremos a la parte de arriba y nos aseguraremos de que el sitio es seguro... Deberíamos ver si hay bebidas isotónicas o refrescos con azucar por aquí. Olvidad el alcohol, deshidrata más.
-Creo que he visto un botiquín en la cocina...- dijo Mayte mordiéndose el labio. - Si alguien viene conmigo podemos mirar si tiene algo útil...
Julián asintió y le hizo una seña para acompañarla.
-Bueno... Natalia... quédate con Sara y haz todo lo que te diga. Volveré en un rato. - la niña hizo un mohín. - ¿Te he mentido alguna vez?
La niña negó con la cabeza y yo la guiñé el ojo.
-Eres el padre del año ¿No? Creía que habías matado a su padre de verdad. - comentó David.
Sin darme cuenta quité el seguro del fusil. El chasquido hizo que todos quedasen en silencio.
-Cuando acabes tu copa... ¿Qué tal si ayudas un poco en vez de tocar los cojones? - Sin darle tiempo a contestar me giré y encaré la escalera que llevaba al piso superior. Respiré hondo y me alejé contando hasta diez.
Daniel me siguió cogiendo torpemente la pistola. De pronto me imaginé muriendo de forma estúpida tiroteado por un chaval inexperto al que yo mismo había dado un arma. De puro ridículo la situación me arrancó una sonrisa. Después me percaté que yo había aprendido a disparar hacía unos días. Mi mundo se había convertido en una carrera por la supervivencia y las armas, algo que antes sólo veía en las películas, eran ahora algo cotidiano. Me había familiarizado con el tacto del gatillo y el olor de la pólvora. Negué con la cabeza, pensando que debería estar en casa jugando con una videoconsola en vez de en un oscuro motel de carretera jugándome la vida frente a una horda de no muertos.
Las escaleras, cubiertas de moqueta oscura que no había sido correctamente limpiada en la vida crujieron mientras subíamos. La escalera era estrecha y me sentí incómodo, si había que luchar cuerpo a cuerpo lo tendría difícil. Me sorprendió que mi mente evaluase así las situaciones, estaba espabilando. La parte superior tenía un pasillo estrecho con tres puertas a cada lado. En el pequeño rellano había una maceta con una planta moribunda que me provocó un repentino golpe de lástima... ¿Las plantas de mi piso? Todo eso quedaba muy lejos.
Las primeras puertas no estaban cerradas con llave, y daban a pequeños cuartos de aspecto sórdido con una cama, un espejo, una pequeña cómoda y un cuarto de baño diminuto. Abrí el agua en uno de ellos pero no obtuve nada. Daniel registró mientras la cómoda, lo vi sonrojarse mientras sacaba de los cajones un buen número de juguetes sexuales, preservativos y lubricantes.
-Coge lo que necesites... -Bromeé.
-Ah... -se sonrojó tanto que pensé que iba a explotar.- Es que Mayte y yo somos católicos...
Me sentí un poco estúpido en ese momento y luego rompí a reír. Me miró y estalló también en una carcajada. Y así pasamos un buen rato riéndonos de un chiste sin gracia.
-Oye... tengo una pregunta... no quiero sonar ofensivo ni nada, es sólo curiosidad. -Asintió enjugándose las lágrimas. - ¿Cómo encaja todo esto de los muertos vivientes con el catolicismo?
-No lo se... llevo días haciéndome esa pregunta. No se si es el Juicio Final... Sólo se que tengo que aferrarme a la idea de que Dios existe, para poder superar toda esta mierda.
Nos miramos en silencio. Sabía perfectamente cómo se sentía... porque yo me aferraba a la imagen de mi mujer, de Helena, para no volverme loco en medio de todo aquello.
-Terminemos de registrar esto y volvamos abajo.
La última habitación era un despacho abarrotado de papeles y carpetas. En la pared del fondo, unos monitores (ahora apagados), servirían para controlar al dueño la actividad del local. Me pregunté si espiaban a los clientes por unos instantes. Eché un vistazo a los papeles, por pura curiosidad sin saber muy bien por qué. Daniel carraspeó impaciente, mientras me esperaba en la puerta echando vistazos rápidos al pasillo. Dejé los papeles y registré los cajones. En uno de los ellos encontré un reluciente revolver. Tras manipularlo durante unos segundos conseguí abrir el tambor y comprobar que estaba cargado.
-Esto nos puede ser útil. No le digas a nadie que tenemos otro arma. Se la daremos a alguien de confianza. - Un leve movimiento de cabeza me indicó que estaba de acuerdo.- Ahora volvamos abajo.
Volvimos a las angostas escaleras y nos anunciamos antes de aparecer por el salón (no me apetecía que confundiesen con un zombie y me pegaran un tiro).
Cuando llegamos abajo comprobé satisfecho que habían hecho un buen trabajo gracias a la supervisión de Juan de Dios y de Laura. En una mesa habían amontonado una gran cantidad de latas de refresco y botellas de agua. En otra cercana habían dejado un botiquín que parecía contener analgésicos, vendajes, pomadas para las quemaduras, yodo y algunos productos que no identifiqué a primera vista. Natalia comía ganchitos de una bolsa pequeña sentada en uno de los sofás. Le hice un gesto con la mano y ella me saludó distraida, concentrada en su golosina.
-¿Hay más de eso? - dije señalando.
-Si, hay un saco entero, están algo rancios, pero son comestibles. Parece que compraban al por mayor. - Me sonrió Laura indicándome la barra. Allí efectivamente encontré algunos sacos de frutos secos, de los que venden en las grandes superficies para mayoristas.
-Los frutos secos nos pueden venir muy bien... - Comentó Daniel. - Son muy energéticos. Cuando hacíamos senderismo siempre llevábamos...
Quedó taciturno un momento, y supe como se sentía. Tan sólo habían pasado unos días desde que todo se había ido a la mierda, pero para nosotros, los supervivientes, nuestras vidas pasadas parecían perdidas en un limbo, borrosas y casi como parte de un sueño extraño. ¿Volveríamos a la normalidad? ¿Cómo se puede, tras sufrir lo que hemos sufrido, retomar el hilo de una vida? ¿Podríamos alguna vez volver a la normalidad? Demasiadas ideas en la cabeza. Me senté junto a Natalía, realmente cansado y entrecerré los ojos.
-Estoy agotado.
Ella dejó los gusanitos y se recostó junto a mi. Juan de Dios me sonrió en la distancia.
-Descansa un poco, te has dado una paliza abriendo paso hasta aquí. Te lo has ganado. Deja que nosotros hagamos guardia por turnos.
Recordé el revolver que había conseguido arriba y se lo tendí a Juan de Dios.
-No te quedes desarmado... No me fío de ese capullo. - Lo cogió y lo guardó bajo la camiseta en silencio sin preguntar de dónde lo había sacado.
El calor y el cansancio hicieron efecto, poco a poco cerré los ojos y antes de darme cuenta me había quedado dormido. Una vez más me despertaron los gritos...
-Hagámoslo fuera. -Dijo con voz entrecortada Juan de Dios.
Julian me miró y yo asentí. Se acercó a la puerta y trasteó con el destornillador para abrir el pestillo. Con un chasquido la puerta se abrió y la brisa nocturna inundó el compartimento. Salté a tierra y mis ojos tardaron unos instantes en adaptarse a la oscuridad. No percibí movimiento alguno entre los coches ni en la distancia. Busque la silla de ruedas ensangrentada y la puse de pie. Julián me ayudó a bajar a Juan de Dios, que ya respiraba de forma acelarada, y a sentarlo en la silla. Hizo amago de bajar del camión y negué con la cabeza.
-No... coge el fusil y monta guardia aquí. No hay que dejarlas solas. -Asintió con un "Si" mudo y entrecerró la puerta del camión. Yo empujé la silla hasta el borde la carretera y después, saliendo del arcén, por una pequeña cuesta de tierra no demasiado empinada, hasta un campo seco y lleno de maleza. Empujar la silla por aquel suelo era difícil y constantemente nos quedábamos atorados. Por mi mente cruzó la idea de que mi regreso no sería así. Volvería solo. Y me sentí enormemente desgraciado. Un poco más adelante había una colina con algunos árboles. Juan de Dios pareció leer mi pensamiento.
-Allí, junto a los árboles... -Cada vez le costaba más hablar. Tenía mucha fiebre y los ojos enrojecidos por los derrames. El vendaje improvisado que cubría su brazo derecho, donde le habían mordido, estaba sucio y supuraba una sustancia negruzca y maloliente. Ya era uno de ellos. Los dos sabíamos lo que había que hacer. Tras un esfuerzo que me pareció titánico llegamos a la pequeña colina y allí me senté en el suelo, en la fría tierra, junto a él.
-Esto es una putada... - dije tratando de contener las lágrimas. Él simplemente me sonrió y me puso la mano sobre el hombro. Pasaron los minutos en silencio. Dos amigos contemplando la luna en un páramo perdido, sin otra que hacer más que esperar la muerte. Aquello me resultó patético. De pronto Juan de Dios comenzó a convulsionar. Me arrojé sobre la silla y lo sujeté como pude. El ataque, de apenas unos segundos, duró horas en mi mente mientras esperaba el fin en cualquier momento. Con la misma rapidez que había empezado el brote cesó, Juan de Dios se relajó y supe entonces que era la hora.
-Cuida de esa gente... eres... buena persona... Si ves a mi mujer... dile... que la perdono... -Fueron sus últimas palabras. Su respiración se apagó, sus ojos se cerraron y la cabeza cayó inerte a un lado.
Cogí la pistola de la parte de atrás de mi cinturón y la puse sobre su frente. La mano tembló sólo unos instantes, mientras encontraba en mi interior la fuerza y convicción necesarias para hacer lo que debía hacerse. ¿Por qué yo? ¿Por qué debía enterrar a otro amigo en una oscura cuneta? No tenía tiempo para hacerme muchas preguntas. Juan de Dios regresaría como no muerto en unos instantes y yo le había prometido que no permitiría que eso sucediese. Me quité las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano.
-Adios, amigo. -Murmuré. Y entonces apreté el gatillo.
Unas horas antes las cosas no parecían ir tan mal...
Me interné por la puerta de servicio del club tras David, maldiciendo y maldiciéndole por estúpido, no sabíamos si había alguna de esas cosas dentro. Atravesé un pasillo angosto y sucio, dejé atrás una puerta cerrada con candado y entré en una cocina sucia y poco iluminada. Los cacharros estaban por el suelo y la sangre seca por todas partes indicaban que en el lugar había tenido lugar una pelea encarnizada. Mala señal, muy mala. Apenas podía ver en la penumbra del lugar y el olor a putrefacción era insoportable.
Una mano me palpó el hombro y estuve a punto de descerrajar un disparo de fusil cuando me percaté que era Rubén, me tendió una pequeña linterna, antigua, de pila de petaca. Tardé un par de segundos en encenderla e iluminar la escena, estaba peor de lo que creía. Había mucha sangre y restos que no sabía decir si eran humanos.
-Empiezo a arrepentirme de haber entrado aquí... -Murmuré. Y Rubén asintió. No había rastro de David en la cocina, así que avancé con cuidado por el resbaladizo suelo hasta una puerta doble al fondo de la cocina. De pronto un estruendo de cacharros tras de mí me hizo girar tenso como una cuerda de guitarra, el grupo estalló en gritos, en medio del caos iluminé con la linterna mientras trataba de hacerme escuchar sobre los gritos.
-¡Tranquilos! - Grité, consiguiendo que se callaran por un instante.
-He sido... yo- dijo Daniel. - Perdonad, he tropezado.
Un murmullo de alivio se escuchó en el grupo. Yo maldije una vez más. Si había alguien en casa, ya sabía que estábamos allí. Les hice una seña para que se mantuviesen en silencio y me dirigí de nuevo a la puerta de la cocina. Escuché ruido al otro lado. Y crucé con velocidad con el fusil por delante, como había visto en las películas.
-¡Tranquilo, Rambo! - Me dijo David cuando entré en la zona del bar, una gran sala llena con una barra sucia rodeada de taburetes, unas mesas con sillas de madera y unos sillones negros al fondo llenos de quemaduras de cigarrillo. El olor a humedad y alcohol me saturó por un momento. Al menos no era olor a muerte. David hizo un movimiento raro y me dio la impresión de que ocultaba algo en la parte de atrás de la camiseta, pero sin estar seguro preferí dejar la cosa estar. - Estaba comprobando las máquinas...
-Querrás decir la caja... -señaló acertadamente Julián.
David se separó de la registradora y se encogió de hombros. Agarró una botella de Johnny Walker y se sirvió una copa en un vaso de tubo.
-¿Y qué? Los dueños están muertos y el dinero está ahí, cada uno hemos cogido lo que hemos necesitado ¿O es que tú no has buscado en los coches? Ahora no nos hagamos los santos...
-Todos hemos tenido que hacer cosas desagradables para seguir vivos, aquí no se ha librado nadie... -Zanjé la cuestión.- No me importa si has cogido el dinero, para mi no vale una mierda. Pero espero que si encontráis comida, agua o medicinas, las compartáis con el grupo y se administren de manera...
-No esperarás que te demos lo que encontremos ¿No? ¿Te crees que por llevar un arma ya estás al mando?- me interrumpió.
-¿Me quieres dejar hablar? - le grité.- Yo no he dicho que lo vaya administrar yo, he dicho que se deberían administrar y racionar.
-¿Acaso crees que alguien va a decidir algo en tu contra mientras lleves ese fusil? - Levantó más la voz.
-David, no digas tonterías... -contestó la novia de Daniel, Mayte, hablando por primera vez.- Nos ha salvado la vida, nos ha dado su agua, nos ha protegido hasta aquí. ¿Qué pasa contigo?
-Si, si hubiese querido hacernos daño o robarnos podría haberlo hecho en la carretera... Al contrario...nos han dado cosas y nos han traído hasta aquí a salvo...- Añadió Sara cogiendo en brazos a Natalia.
-¡Nos ha traído aquí en contra de nuestra voluntad y poniéndonos en peligro a cada paso por traer a ese tullido! -Gritó una vez más David. -¡Ni siquiera tiene un plan! ¡No sabe donde vamos!
-Eres un gilipollas- Dijo Julian. David intentó cogerlo de la pechera y Rubén le sujetó.
-Si no se lo dices tú, se lo diré yo, creo que tienen que saberlo. -Dijo Rubén mirándome fíjamente. Al principio no sabía a qué se refería, hasta que, soltando a David, que parecía haberse calmado, se señaló el hombro. El resto de la gente pareció intuir algo y se apartó de mí. Suspiré con resignación y hubo un pequeño brote de pánico.
-¿Te han mordido? - Prguntó Laura apartándose por reflejo y pegándose a su marido.
-Si, la primera noche de todo esto. - Asentí. Julian dió un brinco hacia atrás y cayó de culo en el suelo derribando un taburete. El resto dieron pasos atrás hasta que Juan de Dios los tranquilizó.
-¡Tranquilos! Es inmune. No puede transformarse en esas cosas. - Dijo él trantando de calmar los ánimos. No lo consiguió. - ¿No os dáis cuenta? Su cuerpo produce anticuerpos, repele la infección o lo que sea...
-Es cierto.- Añadió Rubén tranquilizando a su esposa.- La gente mordida muere en horas de la infección.
-¿Puede... haber una vacuna? - Preguntó Julián mientras Daniel le ayudaba a levantarse del suelo.
-Estaba en un programa de investigación en un hospital militar en la sierra para encontrar una vacuna o una cura... El laboratorio tuvo un problema de seguridad... Algunas de esas cosas se escaparon, cundió el pánico...
-Eso es una bola, no hay vacuna... si te muerden estás jodido.- Exclamó David que se negaba a no tener razón. Me quité la mochila y la camiseta y me iluminé la cicatriz con la linterna. La herida estaba perfectamente sanada, aunque aún se apreciaban las marcas que habían dejado los dientes al desgarrar mi carne. -Eso... eso te lo ha podido hacer cualquiera...
-No seas capullo... -Contestó Julián. - ¿Hay más como tú?
-La niña, dije señalando a Natalia. Su padre también lo era.
-¿Dónde está su padre? -preguntó inocentemente Sara.
-Lo maté. -Concluí la conversación. David tragó de golpe el fondo de su copa y se alejó lo que pudo de mí. Se hizo un incómodo silencio que duró demasiado, hasta que Rubén lo rompió con un carraspeo.
-Bueno... tenemos que terminar de asegurar este sitio ¿No?
-Si, sería mejor que el grupo principal se quedase aquí con una de las armas y que una o dos patrullas registren el sitio...
-Yo quiero hacer algo útil. -Dijo Daniel.
Juan de Dios le entregó la pistola.
-Yo no puedo subir escaleras... me quedaré aquí con el resto.
-Yo me quedaré en la planta de abajo y veré como está esto...- Comentó Rubén mientras se colgaba el fusil a la espalda.
-De acuerdo, Daniel y yo subiremos a la parte de arriba y nos aseguraremos de que el sitio es seguro... Deberíamos ver si hay bebidas isotónicas o refrescos con azucar por aquí. Olvidad el alcohol, deshidrata más.
-Creo que he visto un botiquín en la cocina...- dijo Mayte mordiéndose el labio. - Si alguien viene conmigo podemos mirar si tiene algo útil...
Julián asintió y le hizo una seña para acompañarla.
-Bueno... Natalia... quédate con Sara y haz todo lo que te diga. Volveré en un rato. - la niña hizo un mohín. - ¿Te he mentido alguna vez?
La niña negó con la cabeza y yo la guiñé el ojo.
-Eres el padre del año ¿No? Creía que habías matado a su padre de verdad. - comentó David.
Sin darme cuenta quité el seguro del fusil. El chasquido hizo que todos quedasen en silencio.
-Cuando acabes tu copa... ¿Qué tal si ayudas un poco en vez de tocar los cojones? - Sin darle tiempo a contestar me giré y encaré la escalera que llevaba al piso superior. Respiré hondo y me alejé contando hasta diez.
Daniel me siguió cogiendo torpemente la pistola. De pronto me imaginé muriendo de forma estúpida tiroteado por un chaval inexperto al que yo mismo había dado un arma. De puro ridículo la situación me arrancó una sonrisa. Después me percaté que yo había aprendido a disparar hacía unos días. Mi mundo se había convertido en una carrera por la supervivencia y las armas, algo que antes sólo veía en las películas, eran ahora algo cotidiano. Me había familiarizado con el tacto del gatillo y el olor de la pólvora. Negué con la cabeza, pensando que debería estar en casa jugando con una videoconsola en vez de en un oscuro motel de carretera jugándome la vida frente a una horda de no muertos.
Las escaleras, cubiertas de moqueta oscura que no había sido correctamente limpiada en la vida crujieron mientras subíamos. La escalera era estrecha y me sentí incómodo, si había que luchar cuerpo a cuerpo lo tendría difícil. Me sorprendió que mi mente evaluase así las situaciones, estaba espabilando. La parte superior tenía un pasillo estrecho con tres puertas a cada lado. En el pequeño rellano había una maceta con una planta moribunda que me provocó un repentino golpe de lástima... ¿Las plantas de mi piso? Todo eso quedaba muy lejos.
Las primeras puertas no estaban cerradas con llave, y daban a pequeños cuartos de aspecto sórdido con una cama, un espejo, una pequeña cómoda y un cuarto de baño diminuto. Abrí el agua en uno de ellos pero no obtuve nada. Daniel registró mientras la cómoda, lo vi sonrojarse mientras sacaba de los cajones un buen número de juguetes sexuales, preservativos y lubricantes.
-Coge lo que necesites... -Bromeé.
-Ah... -se sonrojó tanto que pensé que iba a explotar.- Es que Mayte y yo somos católicos...
Me sentí un poco estúpido en ese momento y luego rompí a reír. Me miró y estalló también en una carcajada. Y así pasamos un buen rato riéndonos de un chiste sin gracia.
-Oye... tengo una pregunta... no quiero sonar ofensivo ni nada, es sólo curiosidad. -Asintió enjugándose las lágrimas. - ¿Cómo encaja todo esto de los muertos vivientes con el catolicismo?
-No lo se... llevo días haciéndome esa pregunta. No se si es el Juicio Final... Sólo se que tengo que aferrarme a la idea de que Dios existe, para poder superar toda esta mierda.
Nos miramos en silencio. Sabía perfectamente cómo se sentía... porque yo me aferraba a la imagen de mi mujer, de Helena, para no volverme loco en medio de todo aquello.
-Terminemos de registrar esto y volvamos abajo.
La última habitación era un despacho abarrotado de papeles y carpetas. En la pared del fondo, unos monitores (ahora apagados), servirían para controlar al dueño la actividad del local. Me pregunté si espiaban a los clientes por unos instantes. Eché un vistazo a los papeles, por pura curiosidad sin saber muy bien por qué. Daniel carraspeó impaciente, mientras me esperaba en la puerta echando vistazos rápidos al pasillo. Dejé los papeles y registré los cajones. En uno de los ellos encontré un reluciente revolver. Tras manipularlo durante unos segundos conseguí abrir el tambor y comprobar que estaba cargado.
-Esto nos puede ser útil. No le digas a nadie que tenemos otro arma. Se la daremos a alguien de confianza. - Un leve movimiento de cabeza me indicó que estaba de acuerdo.- Ahora volvamos abajo.
Volvimos a las angostas escaleras y nos anunciamos antes de aparecer por el salón (no me apetecía que confundiesen con un zombie y me pegaran un tiro).
Cuando llegamos abajo comprobé satisfecho que habían hecho un buen trabajo gracias a la supervisión de Juan de Dios y de Laura. En una mesa habían amontonado una gran cantidad de latas de refresco y botellas de agua. En otra cercana habían dejado un botiquín que parecía contener analgésicos, vendajes, pomadas para las quemaduras, yodo y algunos productos que no identifiqué a primera vista. Natalia comía ganchitos de una bolsa pequeña sentada en uno de los sofás. Le hice un gesto con la mano y ella me saludó distraida, concentrada en su golosina.
-¿Hay más de eso? - dije señalando.
-Si, hay un saco entero, están algo rancios, pero son comestibles. Parece que compraban al por mayor. - Me sonrió Laura indicándome la barra. Allí efectivamente encontré algunos sacos de frutos secos, de los que venden en las grandes superficies para mayoristas.
-Los frutos secos nos pueden venir muy bien... - Comentó Daniel. - Son muy energéticos. Cuando hacíamos senderismo siempre llevábamos...
Quedó taciturno un momento, y supe como se sentía. Tan sólo habían pasado unos días desde que todo se había ido a la mierda, pero para nosotros, los supervivientes, nuestras vidas pasadas parecían perdidas en un limbo, borrosas y casi como parte de un sueño extraño. ¿Volveríamos a la normalidad? ¿Cómo se puede, tras sufrir lo que hemos sufrido, retomar el hilo de una vida? ¿Podríamos alguna vez volver a la normalidad? Demasiadas ideas en la cabeza. Me senté junto a Natalía, realmente cansado y entrecerré los ojos.
-Estoy agotado.
Ella dejó los gusanitos y se recostó junto a mi. Juan de Dios me sonrió en la distancia.
-Descansa un poco, te has dado una paliza abriendo paso hasta aquí. Te lo has ganado. Deja que nosotros hagamos guardia por turnos.
Recordé el revolver que había conseguido arriba y se lo tendí a Juan de Dios.
-No te quedes desarmado... No me fío de ese capullo. - Lo cogió y lo guardó bajo la camiseta en silencio sin preguntar de dónde lo había sacado.
El calor y el cansancio hicieron efecto, poco a poco cerré los ojos y antes de darme cuenta me había quedado dormido. Una vez más me despertaron los gritos...
holaaa, soy el eliminado capitanpintaroja, y si me has eliminado es que habre echo algo malo, te lo juro por tos mis zombis que no era mi intencion, disculpas, disculpas, disculpas, bien¡ una vez pedido perdon te agradezco enormemente que hayas decidido poner un nuevo capitulo me tienes enganchadilllo es la primera vez que leo uno con gente inmune, sigue asi porfa, gracias por escribir
ResponderEliminarMuy bueno, ahora ya estoy enganchado a es te y a otro que me encontre hace tiempo:
ResponderEliminarhttp://earthuszombi.wordpress.com
A ver si os gusta a vosotros.
Por favor sigue.
Muy buena la historia, lastima que no postees con continuidad, saludos.
ResponderEliminarHola jose, acabo de llegar a tu relato y queria decirte que esta muy bien, te invito a que te pases por el mio y me des tu opinion. voy a enlazarte un saludo y continua asi...
ResponderEliminarwww.opascual.blogspot.com
Ehnorabuena por el blog, me encanta la historia. Espero que la sigas.
ResponderEliminarAprovecho para dejar el link de mi blog zombie:
http://zombielahistoria.blogspot.com.es/
Hola, he descubierto tu web por medio de eternamente joven. Estoy escribiendo un relato de zombis. Me gustaría incluir un enlace a tu página en mi Blog: http://earthuszombi.wordpress.com/
ResponderEliminarDime algo. Saludos.
Eeeeep!
ResponderEliminarSi, ya sé que estas muy liado con mil doscientas treinta cosas (te sigo en otros blogs) pero....
Ya hace casi un año del último capítulo!!!
Queeereeeeemoooossss ccceeeeeerrrrreeeeeebbbbrrrrroooooosssss....
Mhhh... Ay, no!,
Queremos seguir leyendo!
Saludos!
No se si llegarás a leer esto pero he visto un blog llamado deadworldthesurvivor.blogspot en la que te fusila la historia descaradamente.
ResponderEliminarLo he leído Jack. No me paso mucho, pero quiero continuar la historia en cuanto disponga de más tiempo. Muchas gracias por el aviso.
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