domingo, 30 de enero de 2011

Capítulo 21

Apenas dejamos atrás la ciudad detuve el coche y abrí la guantera.

-¿Qué necesitas?-Preguntó Juan de Dios.

-Un mapa, quiero ver la ruta hacia Azuqueca, no debe estar demasiado lejos de aquí.

-¿Has probado a encender el GPS?

Miré la pantalla táctil en el salpicadero y tórpemente busqué el GPS pulsando un icono tras otro. Tras un rato que se hizo eterno encontré el navegador GPS y lo inicié. Natalia se había tranquilizado y jugaba con cochecito de plástico que movía por carreteras imaginarias. Para mi sorpresa el mapa apareció y nuestra posición quedó marcada en la pantalla con un triángulo parpadeante.

-Anda... si funciona. -Murmuré.

-Hombre, las cosas aquí abajo están mal, pero supongo que los satélites seguirán funcionando un tiempo con las órdenes automatizadas.

-Ayúdame a buscar una ruta. - Le dije apartándome un poco para que pudiese ver bien la pantalla.

Seguí sus instrucciones y al poco teníamos dos rutas, una de ellas, directa a través de la autopista, de apenas 21 kilómetros hasta nuestro destino, y otra que nos alejaba hacia el pueblo de Loeches para luego bajar la carretera del monte Gurugú hasta el sur de Alcalá de Henares que sumaba 41 kilómetros. En circunstancias normales, no habríamos invertido más de media hora de reloj en ninguna de ellas, pero estas no eran circunstancias normales.

-La carretera del Gurugú es bastante mala, tiene mucha curva, y es incluso peligrosa. - Comentó Juan de Dios.

-Ya... Pero no termino de fiarme de la autopista. ¿Y si está colapsada?

-Siempre podemos dar la vuelta. -dijo encogiéndose de hombros.

Miré el depósito y comprobé que estaba mucho mas bajo que cuando habíamos salido.

-¿Pero qué coño...? -Exclamé en voz alta.

-Has dicho una palabrota. -Me amonestó Natalia. Juan de Dios se rió entre dientes.

-Si, perdona. ¿Me perdonas?- Ella asintió y me dio un beso en la mejilla. Aquello me hizo sonreír un poco. -Creo que perdemos gasolina, voy a mirar el depósito.

-No me jodas... - farfulló Juan de Dios tratando de taparse la boca al darse cuenta de lo que decía.

-Otra palabrota y os voy a lavar la boca con jabón. - dijo Natalia. Nos echamos todos a reír y por unos instantes volví a sentir algo parecido a la alegría. Alegría de no estar solo, alegría de que en medio de todo lo que nos estaba ocurriendo, aún hubiese algo de inocencia. Y entonces, me permití recuperar algo de mi aprecio por la raza humana.

Bajé del coche y comprobé que junto al depósito había un agujero de bala en medio de una abolladura. El impacto era demasiado recto y demasiado ancho para que lo hubiese hecho Eduardo con la pistola... Cerré los ojos maldiciendo mi suerte. El agujero lo había hecho yo mismo al disparar a ciegas en el garaje. Abrí el maletero y busqué trapos. Encontré uno sucio de grasa y lo apelmacé en el agujero.

-Tenemos una fuga, un balazo. - Comenté. Juan de Dios me miró consternado.- He tapado como he podido el agujero, pero hemos perdido mucha gasolina. Tendremos que arriesgarnos en la autopista.

-¿Y si está colapsada?

-Pues nos tocará volver andando...-me mordí la lengua tras decirlo.- Quiero decir... Sin coche.

-No te disculpes, al menos yo voy a ir sentado todo el camino.- Me puso la mano en el hombro con solidaridad e hizo una mueca. 

Entré en una rotonda esquivando coches a bastante velocidad, no quería aminorar bajo ninguna circunstancia, subí la rampa de acceso a la autopista sorteando coches parados. Golpeé a un zombie solitario que cayó con un sonido sordo. Natalia cerraba los ojos mientras yo daba volantazos.

-¿Sabes alguna canción? -Pregunté mientras me afanaba en esquivar maletas y otros efectos personales. - Vamos, seguro que sabes alguna. Cántame algo, por favor...

La niña vaciló y después empezó cantar con voz temblorosa, tanto que la letra apenas se entendía. Juan de Dios tarareaba de fondo, tratando de mantener a Natalia ocupada mientras yo esquivaba un grupo de zombies solitarios que avanzaban entre hileras de coches detenidos. El sol era ya un horno que abrasaba la autopista emborronando el horizonte. Los destellos de los cristales y el metal de los vehículos me hacían entrecerrar los ojos. Si hubiese podido los hubiera cerrado del todo para no ver aquello.

La luz de reserva se encendió y supe que no llegaríamos con el todo terreno. Tal vez  el depósito tenía otro agujero, o simplemente era el orificio de salida del que había tapado, pero seguíamos perdiendo combustible. Continuamos por el arcén, a veces empujando con el poderoso todo terreno otros coches para hacernos hueco. Alguna criatura solitaria se tambaleaba entre los coches, llenos de cadáveres secos y quemados por el sol. Juan de Dios entretenía a Natalia en la parte de atrás para que no viese el espectáculo. Y entonces lo que había supuesto que era un grupo de esas cosas se giró y comenzaron a saltar agitando los brazos.

-La madre de... -No terminé la blasfemia. A unos doscientos metros un grupo de personas saltaba y gritaba.

-¿Qué hacemos? - Preguntó Juan de Dios.

-Están haciendo demasiado ruido y atrayendo a esas cosas... - Detuve el coche.- Cúbreme.

Bajé del coche cubriéndome con la puerta y el fusil en la mano. Me acordé entonces de que no estaba cargado. En la bolsa quedaban dos cargadores más, 64 cartuchos que tendría que aprovechar al máximo. Recargué el arma y salí despacio del coche. El grupo de gente comenzó a correr hacia mí gritando y haciendo aspavientos. Pude contar ocho, tres mujeres, cuatro hombres y una chica de unos 16 años.

-¡Eh! ¡Aquí! - gritaban desde la distancia mientras corrían hacia mi.

-¡Quietos!¡No avancen más!- respondí tras encañonarlos.-Hemos tenido problemas con ladrones y asaltantes...

-Nosotros no somos ladrones. -Contesto uno de ellos, un hombre de mi edad, rubio, que llevaba una camiseta negra y unos vaqueros. No se di fue el tono de su voz o el modo en que lo dijo, pero supe en ese momento que me iba a dar problemas.

-¿Alguno de ustedes está herido? ¿Lo han mordido o arañado? -Pregunté mientras llegaban a una veintena de metros de donde yo estaba.

-No, no... estamos bien. -Me contestó una mujer cincuentona que abrazaba con fuerza a la chica joven.

No sabía que hacer, ni que pensar. Bajé el arma. Y me acerque con cuidado, estreché la mano de los hombres que parecieron aliviados. A parte del rubio, había un hombre mayor pero en forma, calvo y de aspecto resuelto. El otro era un tipo delgaducho con barba canosa. Las mujeres esperaban un poco rezagadas. La mujer que protegía a la adolescente, una cría bastante guapa de pelo negro y ojos azules, se acercó a mi y me abrazó.

-Gracias por parar. ¿Eres policía o soldado?

-No, no señora. Estaba con ellos, en una base en la sierra, pero... - No terminé la frase. Todos bajamos la cabeza.

El rubio avanzó hacia el coche a grandes zancadas.

-¡Vamos, al coche!

-¡Eh!¡Espera!- Traté de advertir.

Abrió la puerta lateral ignorando mis palabras. Levantó las manos y retrocedió con una extraña expresión, mezcla de sorpresa y miedo. Juan de Dios lo encañonaba con la pistola desde el interior del coche.

-Baja la pistola, Juan de Dios... -Juan de Dios bajó el arma resignado y  el rubio mudó su expresión de miedo por una mueca burlona. Retrocedió riendo.

-¿Pero qué broma es esta? ¿Un tullido y una niña?

-¡Cállate David! - le gritó el hombre calvo. - Me llamo Rubén, y estas son mi mujer, Laura, y mi hija Sara.

Hice una inclinación de cabeza como saludo.

-El coche ya no irá mucho más lejos...- Expliqué.

-¿Qué le pasa?- Me interrogó el tal David con insolencia.

-Nos han disparado...-hice una pausa para que comprendieran bien mis palabras.- Y han dado al depósito, no le queda gasolina.

-Pues menuda mierda.- dijo David.

-Me dirijo a Azuqueca, allí hay una base...- Dije ignorando el comentario.

-Creo que ya no... -Me interrumpió el hombre delgado. Se acercó y me estrechó la mano. - Me llamo Julián Torres... Y soy camionero... escuché por la radio que los de la base de Azuqueca se retiraban...

Mi cara debió cambiar de color, las rodillas me temblaron y temí caer en cualquier momento. Juan de Dios bajó la plataforma especial y se deslizó fuera del coche. Natalia corrió tras él y me cogió la mano.

-¿Estás bien?- Me preguntó Juan de Dios. - Su mujer estaba en Azuqueca...

Un murmullo de lástima salió de los labios de aquella gente. Los más rezagados, una pareja de treintañeros que parecían bastante asustados y otra mujer joven en la veintena, se acercaron despacio.

-Los estamos atrayendo... -dijo él . Eso me hizo salir de mi enajenación. Tenía que comprobar lo que había ocurrido. No iba a abandonar estando tan cerca.

Regresé al coche y me cargué una mochila. Le dí otra a Juan de Dios que la pudo en su regazo.

-¿Tienes comida?-Preguntó la mujer más joven observando las mochilas. Yo miré a Juan de Dios y él asintió.

-Si, y agua también. Pero no ahora, nos están rodeando. -Efectivamente cada vez había más zombies y cada vez más cerca, quedarse quietos tanto tiempo había sido un error. Me acerqué a la chica que seguía con su madre. -¿Te llamas Sara, verdad?

Tardó unos segundos en reaccionar. Me miró un poco confusa.

-Si, si...

-Sara, ¿Te importa coger de la mano a Natalia y ayudarme a cuidar de ella? - La chica miró a sus padres y luego a la pequeña Natalia que devolvía su mirada con ojos curiosos. Luego asintió y separándose de su madre se acercó a Natalia y sonriendo la cogió de la mano.

-Oye, ¿Me das un arma?-preguntó David.

-No.-Contesté tajante.

-Pero le has dado una pistola al tullido.

-Y el tullido te la va a meter por el culo como no te calles.- Contestó agraviado Juan de Dios. La situación quedó tensa por unos instantes. Yo desempaqueté el fusil de Gema de una de las mochilas, cogí uno de los cargadores y se lo extendí a Rubén.

-¿Hizo usted "la mili"?

-Eh... si, en El Goloso, en el 74.

-Pues vuelve a ser un soldado. Tiene 32 cartuchos, y no hay más. Así que no los desperdicie. -Me alejé carretera arriba, me colgué el fusil al hombro y recogí del suelo lo que parecía una muleta. La descargué encima del primer zombie que apareció y su cabeza se quebró con un sonido sordo. -Si se le acercan, los despacha así. Moveos, llegaremos hasta Azuqueca a pie.

El grupo comenzó a moverse rápidamente, con Rubén empujando la silla de Juan de Dios.

-¿Y qué piensas hacer allí? Ya no hay soldados.- Protestó Julián.

-Averiguar a donde han ido. Y seguirlos.